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EL APOCALIPSIS DEL APÓSTOL SAN JUAN

TRADUCCIÓN y NOTAS ACLARATORIAS por  Mons. Juan Straubinger [1883 - 1956] (1)

Doctor Honoris Causa por La Universidad de Müenster, Alemania
Profesor de la Sagrada Escritura en el Seminario Mayor San José
Archdiósesis de La Plata, Argentina         


PRÓLOGO

CAPÍTULO 1


TÍTULO Y BENDICIÓN

1 Revelación de Jesucristo, que Dios, para manifestar a sus siervos las cosas que pronto deben suceder, anunció y explicó, por medio de su Ángel, a su siervo Juan: 2 el cual testifica la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo, todo lo cual ha visto. 3 Bienaventurado el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecí­a y guardan las cosas en ella escritas pues el momento está cerca..


LOS DESTINATARIOS

4 Juan a las siete Iglesias que están en Asia: gracia a vosotros y paz de Aquel que es, y que era, y que viene; y de los siete Espí­ritus que están delante de su trono; 5 y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el Soberano de los reyes de la tierra. A Aquel que nos ama, y que nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, 6 e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para el Dios y Padre suyo; a Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén. 7 Ved, viene con las nubes, y le verán todos los ojos, y aun los que le traspasaron; y harán luto por Él todas las tribus de la tierra. Sí­, así­ sea. 8 "Yo Soy el Alfa y la Omega", dice el Señor Dios, el que es, y que era, y que viene, el Todopoderoso.


VOCACIÓN DEL APÓSTOL

9 Yo Juan, hermano vuestro y copartí­cipe en la tribulación y el reino y la paciencia en Jesús, estaba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. 10 Me hallé en espí­ritu en el dí­a del Señor, y oí­ detrás de mí­ una voz fuerte como de trompeta, 11 que decí­a; "Lo que vas a ver escrí­belo en un libro, y enví­alo a las siete Iglesias: A Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea".


VISIÓN PREPARATORIA

12 Me volví­ para ver la voz que hablaba conmigo. Y vuelto, vi siete candelabros de oro, 13 y, en medio de los candelabros, alguien como Hijo de hombre, vestido de ropaje talar, y ceñido el pecho con un ceñidor de oro. 14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; 15 sus pies semejantes a bronce bruñido al rojo vivo como en una fragua; y su voz como voz de muchas aguas. 16 Tení­a en su mano derecha siete estrellas; y de su boca salí­a una espada aguda de dos filos; y su aspecto era como el sol cuando brilla en toda su fuerza. 17 Cuando le ví­, caí­ a sus pies como muerto; pero Él puso su diestra sobre mí­ y dijo: "No temas; Yo voy el primero y el último, 18 y el viviente; estuve muerto, y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. 19 Escribe, pues, lo que hayas visto; lo que es, y lo que debe suceder después de esto. 20 En cuanto al misterio de las siete estrellas, que has visto en mi diestra, y los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete Iglesias, y los siete candelabros son siete Iglesias"


NOTAS Asociadas al Capí­tulo I

1. "Revelación de Jesucristo"  ¿por ser recibida de Cristo o porque tiene a Cristo por objeto? Para resolver esta cuestión hay que observar que el término Revelación (en griego Apocalipsis) en el lenguaje del Nuevo Testamento se aplica generalmente a la manifestación de Jesucristo en la Parusí­a o segunda venida (Rom. 2, 5; 8, 9; I Cor. 2, 7; II Tes. 1, 7; Luc. 17, 30; I Pedr. 1, 7 y 13; 4, 13). Allo en su comentario admite ambos sentidos: Jesucristo da esta revelación, y Jesucristo es el objeto de la misma. La segunda acepción corresponde más al sentido escatológico y a la idea del inminente juicio de Dios, que prevalece a través de este Libro. Por medio de su ángel: cf. Dan. 9 y 10; Zac. 1 y 2, etc., donde también un ángel es intermediario de la divina Revelación.

3. A causa de la bienaventuranza que aquí­ se expresa, el apocalipsis era, en tiempos de fe viva, un libro de cabecera de los cristianos, como lo era el Evangelio. Para formarse una idea de la veneración en que era tenido por la Iglesia, bastará saber lo que el IV Concilio de Toledo ordenó en el año 633: "La autoridad de muchos concilios y los decretos sinodales de los santos Pontí­fices romanos prescriben que el Libro del Apocalipsis es de Juan el Evangelista, y determinaron que debe ser recibido entre los Libros divinos, pero muchos son los que no aceptan su autoridad y tienen a menos predicarlo en la Iglesia de Dios. Si alguno, desde hoy en adelante, o no lo reconociera, o no lo predicara en la iglesia durante el tiempo de las Misas, desde Pascua a Pentecostés, tendrá sentencia de excomunión" (Enchiridion Biblicum No. 24). El momento está cerca: esto es, el de la segunda Venida de Cristo. Véase 22, 7 y 10; I Cor. 7, 29; Fil. 4, 5; Hebr. 10, 37; Sant. 5, 8; I Juan. 2, 18. Si este momento, cuyo advenimiento todos hemos de desear (II Tim. 4, 8), estaba cerca en los albores del cristianismo ¿cuánto más hoy, transcurridos veinte siglos? Sobre su demora, véase II Pedr. 3, 9 y nota.

4. Las destinatarias de las siguientes cartas son las siete comunidades cristianas enumeradas en el v. II. Los siete espí­ritus parecerí­an los mismos de Tob. 12, 5. Llama la atención, sin embargo, que sean mencionadas antes que Jesucristo (v. 5). San Victorino, cuyo comentario es el más antiguo de los escritos en latí­n, ve en estos siete espí­ritus, como en las siete lámparas (4, 5), los dones del Espí­ritu Septiforme.

5. Véase 3, 14; 19, 16; Col. 1, 18; I Juan 1, 7; 2, 2, etc.

6. Hizo de nosotros un reino, etc: cf. 5, 10. Es lo mismo que nos anuncia, desde el Antiguo Testamento, Daniel: "Después recibirán el reino los santos del Altí­simo y los obtendrán por siglos y por los siglos de los siglos (Dan. 7, 18). Lo mismo expresa la Didajé (alrededor del año 100 d.C) cuando dice: "Lí­brala (a tu Iglesia) de todo mal, consúmala por tu caridad; y de los cuatro vientos reúnela santificada en tu Reino que para ella preparaste" Cf. Ef. 1, 22 s.

7. Viene con las nubes: Así­ lo vemos en 14, 14 ss. a diferencia de 19, 11 ss. donde viene en el caballo blanco para el juicio de las naciones. Según algunos, la nube serí­a la señal de la cosecha. Según algunos, la nube serí­a la señal de la cosecha y la vendimia final de Israel (Mal. 3, 2 s. y nota; Mat. 3, 10 y nota), por medio de sus ángeles, conforme al anuncio de Mat. 24, 30-31, confirmado a Caifás (Mat. 26, 64), a quién Jesús dijo como aquí­ que lo verí­an ellos mismos que le traspasaron. S. Juan trae iguales palabras en Juan 19, 37, citando a Zac. 12, 10 donde se anuncia como aquí­ que entonces harán duelo por Él. Cf. Ez. 36, 31; Os. 3, 5, etc.

8. Alfa y Omega : primera y última letras del alfabeto griego. Algunos manuscritos añaden: el principio y el fin (cf. v. 17; 22, 13 y nota). Después de Cristo no habrá otro, pues Él es el mismo para siempre (Hebr. 13, 8). El que es, traducción del nombre de Yahvé (Éx. 3, 14).

9. Observa Allo que las palabras tribulación y reino se pueden tomar en sentido escatológico. La paciencia es el lazo entre ambos. Por medio de paciencia y esperanza pasamos de la tribulación a su Reino glorioso (8, 24).

10. En el dí­a del Señor : el artí­culo usado en el texto griego nos hace pensar en un dí­a determinado y conocido. De ahí­ que, aunque muchos vierten simplemente un Domingo, otros lo refieran, como el v. 7, al gran dí­a de juicio que lleva en la Biblia el nombre del Dia del Señor (S. 117, 24 y nota; Is. 13, 6; Jer. 46, 10; Ez. 30, 3; Sof. 2, 2; Mal. 4,5; Rom. 2, 5; I Cor. 5,5; I Tes. 5, 2, etc.), entendiendo que el vidente fué transportado en espí­ritu a la visión anticipada del gran dí­a. Cf 4.1 y nota. La trompeta, en los escritos apocalí­pticos, tiene significado escatológico. Cf. 8, 6 ss.; I Cor. 15, 52; I Tes. 4, 16.

11. Escrí­belo: Pirot hace notar que esta visión corresponde a las visiones inaugurales de los grandes profetas (Is. 6; Jer. 1; Ez. 1-3) y la diferencia está en que aquellos habí­an de ser predicadores orales, en tanto que Juan debe escribir (cf. v. 19), lo cual denota la importancia de lo escrito en el Nuevo Testamento (cf. Juan 5, 47 y nota). Las siete ciudades se hallan todas en la parte occidental del Asia Menor, con Éfeso como centro. No se sabe quién fundó esas iglesias. Algunos suponen que fue S. Pedro (I Pedro 1, 1), y otros que pudo S. Pablo llegar a fundarlas cuando anduvo por Éfeso y Colosas en esa región. Estaban también en ella otras importantes Iglesias como la de Tróade (Hech. 20, 5 s; II Cor. 2, 12) y la de Hierápolis cuyo obispo era a la razón Papí­as, discí­pulo de S. Juan, y que habí­a sido fundada probablemente , como también la de Laodicea, por Epafras, colosense de origen pagano y coadjutor de S. Pablo (Col. 4, 13). ¿Por qué no se menciona aquí­ estas Iglesias? Fillion responde: "es el secreto de Dios".

12. Los siete candelabros son las siete Iglesias (v.20). Desde la antigí¼edad ven muchos comentaristas en el número siete un sí­mbolo de lo perfecto y universal, de manera que las siete Iglesias representarí­an una totalidad (S. Crisóstomo, S. Agustí­n, S. Gregorio, S. Isidoro). Muchos consideran que las siete Iglesias corresponden a otros tantos perí­odos de la historia de la Iglesia universal (cf. 1, 19 y nota). Su más conocido representante en la patrí­stica es S. Victorino de Pettau, quien en su comentario caracteriza los siete perí­odos de la siguiente manera: 1) el celo y la paciencia de los primeros cristianos; 2) la constancia de los fieles en las persecuciones; 3) y 4) perí­odos de relajamiento; 5) peligro por parte de los que son cristianos solamente de nombre; 6) humildad de la Iglesia en el siglo y firme fe en las Escrituras; 7) las riquezas y el afán de saberlo todo cohibe a muchos para seguir el recto camino. Este sistema, con más o menos variantes, se mantuvo durante la edad media y encontró, en un escrito atribuido a Alberto Magno, la siguiente exposición: Éfeso: el perí­odo de los apóstoles, persecución por los judí­os; Esmirna: perí­odo de los mártires, persecución por los paganos; Pérgamo: perí­odo de los herejes; Tiatira: Perí­odo de los confesores y doctores y herejí­as ocultas; Sardes perí­odo de los santos sencillos, durante el cual se introducen las riquezas y el escándalo de malos cristianos que aparentan piedad; Filadelfia: abierta maldad de cristianos; Laodicea: perí­odo del Anticristo. En la Edad moderna han difundido este modo de interpretación el santo sacerdote Bartolomé Holzbauser, Manuel Viciano Rosell y otros.

13. Nótese que el Hijo del hombre (Jesús) lleva la vestidura de rey y sacerdote. Cf. Dan. 10, 5 ss., donde el profeta narra una visión semejante aésta. De ahí­ que algunos exégetas vean en aquel "varón" al Hijo del hombre. Véase Dan. 7, 13; Zac. 6, 12 y notas.

14. Ojos como llama (cf.2,18). Nada falta en la Biblia para nuestro consuelo. La sobriedad del evangelio no nos da, si exceptuamos la Transfiguración (Marc. 9, 1 ss. y paralelos), ningún detalle sobre la hermosura de Jesús, pero en cambio lo encontramos suplido con este y otros datos que nos ayudan a imaginar triunfante al hermosí­simo entre los hombres (S. 44, 3 y nota) que por amor nuestro llegó a perder toda belleza (Is. 52, 14; 53, 2), y nos revelan también nuevas palabras de su boca como las que vemos en este Libro y en los Salmos, etc. Véase nuestra introducción al Salterio.

16. La espada de dos filos es figura del poder de la Palabra de Dios. La misma imagen se encuentra en 19, 15 y Hebr. 4, 12. Cf. II Tes. 2,8.

17. El primero y el último : tí­tulo que indica la divinidad de Jesús, Véase v. 8; 22, 13; cf. Is. 44, 6; 48, 12.

18 El viviente: otro nombre que señala a Cristo (Hebr. 7, 16 y 23 ss.) Porque Él murió y resucitó, es el Señor de la muerte y retiene las llaves de la muerte y del infierno.

19. Parece seréste un texto llave: a) Lo que hayas visto o sea la visión de los vv. 12-18 (que en el v. 11 es llamado lo que vas a ver , y en efecto lo vio desde que se volvió en el v.12 hasta que se desmayó en el v. 17); b) lo que es : lo contenido en las siete cartas a las Iglesias (v. 11) que empiezan en el cap. 2; c) Lo que debe suceder después serí­a el objeto de la nueva visión que empieza en el cap. 4, la que tiene lugar a través de una puerta abierta en el cielo, y en la cual se le muestra la gran revelación escatológica que resulta del libro de los siete sellos. De acuerdo con esto dice Crampon que "las siete cartas que siguen tienen ciertamente relación con la situación de la Iglesia de Asia en el momento en que fueron dictadas a S. Juan, el cual habí­a recibido la orden de escribir "lo que es", y sólo después de terminar esas cartas fué admitido a conocer "lo que debe suceder después de esto" (4,1). Ello no obstante, el mismo autor admite con S. Victorino y S. Andrés de Cesarea que, dado el carácter simbólico del número siete y la advertencia general que se repite al fin de cada carta,éstas pueden ser destinadas a todas lasépocas. Cada carta tendrí­a así­ un interés permanente, pues siempre sus enseñanzas hallan aplicación parcial en tal tiempo o tal lugar. Ello explica quizá la insistencia con que se anuncia en cada una de ellas la venida del Señor (2, 1 y nota). En la última (a Laodicea) esa venida se presenta como más inminente: "Estoy a la puerta y golpeo" (3, 20), por lo cual cuanto dejamos dicho no se opone a que cada carta pueda acaso, retratar, como vimos en el v.12 y nota, sucesivos perí­odos de la Iglesia en general.

20. Aquí­ ángeles significa los espí­ritus representantes de las siete Iglesias. Cf. Ecli. 5,5; Mal. 2, 7 s.No puede tratarse de los ángeles custodios de las Iglesias, pues vemos que más adelante casi todos son reprendidos, lo que no se concibe en los espí­ritus puros que "cumplen la Palabra de Dios". Cf. Dan. 10, 13 y nota. Pirot observa que "la tradición latina ha visto en ellos a los obispos, pero en el Apocalipsis un ángel no representa nunca a un ser humano y por otra parte las advertencias tienen en vista a las Iglesias en sí­ mismas" (cf. 10, 1 y nota). También se ha supuesto que los ángeles fuesen mensajeros enviados a Juan desde esas Iglesias, pero en tal caso el de Éfeso serí­a el propio de Juan y tendrí­a que escribiese a sí­ mismo.



LAS SIETE CARTAS

CAPÍTULO II

CARTA A LA IGLESIA DE ÉFESO

1 Al ángel de la Iglesia de Éfeso escrí­bele: "Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que anda en medio de los siete candelabros de oro: 2 Conozco tus obras, tus trabajos y tu paciencia, y que no puedes sufrir a los malos, y que has probado a los que se dicen apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos. 3 Y tienes paciencia y padeciste por mi nombre, y no has desfallecido. 4 Pero tengo contra ti que has dejado tu amor del principio. 5 Recuerda, pues, de donde has caí­do, y arrepiéntete, y vuelve a las primeras obras; si no, vengo a ti, y quitaré tu candelabro de su lugar, a menos que te arrepientas. 6 Esto empero tienes: que aborreces las obras de los Nicolaí­tas, que yo también aborrezco. 7 Quien tiene oí­do escuche lo que el Espí­ritu dice a las Iglesias: Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida que está en el Paraí­so de Dios."

A LA IGLESIA DE ESMIRNA

8 Al ángel de la iglesia de Esmirna escrí­bele: "Estas cosas dice el primero y el último, el que estuvo muerto y volvió a la vida: 9 Conozco tu tribulación y tu pobreza -pero tú eres rico- y la maledicencia de parte de los que se llaman judí­os y no son más que la sinagoga de Satanás. 10 No temas lo que vas a padecer. He aquí­ que el diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel; es para que seáis probados; y tendréis una tribulación de diez dí­as. Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida. 11 Quien tiene oí­do escuche lo que el Espí­ritu dice a las Iglesias: El vencedor no será alcanzado por la segunda muerte".

A LA IGLESIA DE PÉRGAMO

12 Al ángel de la Iglesia de Pérgamo escrí­bele: "El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto: 13 Yo sé donde moras: allí­ donde está el trono de Satanás: y con todo retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los dí­as en que Antipas, el testigo mí­o fiel, fué muerto entre vosotros donde habita Satanás. 14 Pero tengo contra ti algunas pocas cosas, por cuanto tienes allí­ a quienes han abrazado la doctrina de Balaam, el que enseñaba a Balac a dar escándalo a los hijos de Israel, para que comiesen de los sacrificios de los í­dolos y cometiesen fornicación. 15 Así­ tienes también a quienes de manera semejante retienen la doctrina de los Nicolaí­tas. 16 Arrepiéntete, pues; que si no, vengo a ti presto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca. 17 Quién tiene oí­do escuche lo que el Espí­ritu dice a las Iglesias: Al vencedor le daré del maná oculto; y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo que nadie sabe sino aquel que la recibe."

A LA IGLESIA DE TIATIRA

18 Al ángel de la Iglesia de Tiatira escrí­bele: "Esto dice el Hijo de Dios, el que tiene ojos como llamas de fuego, y cuyos pies son semejantes a bronce bruñido: 19 Conozco tus obras, tu amor, tu fe, tu beneficencia y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras. 20 Pero tengo contra ti que toleras a esa mujer Jezabel, que dice ser profetisa y que enseña a mis siervos y los seduce para que cometan fornicación y coman lo sacrificado a los í­dolos. 21 Le he dado tiempo para que se arrepienta, mas no quiere arrepentirse de su fornicación. 22 He aquí­ que a ella la arrojo en cama y a los que adulteren con ella, (los arrojo) en grande tribulación, si no se arrepienten de las obras de ella. 23 Castigaré a sus hijos con la muerte, y conocerán todas las Iglesias que Yo soy el que escudriño entrañas y corazones; y retribuiré a cada uno de vosotros conforme a vuestras obras. 24 A vosotros, los demás que estáis en Tiatira, que no seguí­s esa doctrina y que no habéis conocido las profundidades, como dicen ellos, de Satanás: no echaré sobre vosotros otra carga. 25 Solamente, guardad bien lo que tenéis, hasta que Yo venga. 26 Y al que venciere y guardare hasta el fin mis obras, le daré poder sobre las naciones, 27- y las regirá con vara de hierro, y serán desmenuzados como vasos de alfarero- 28 como Yo lo recibí­ de mi Padre; y le daré la estrella matutina. 29 Quien tiene oí­do, escuche lo que el Espí­ritu dice a las Iglesias."


NOTAS Asociadas al Capí­tulo II

1. Al ángel: palabra de sentido oscuro (1, 20 y nota). En cuanto al estilo de las siete cartas, los expositores hacen notar que todas llevan la misma estructura y la misma distribución de los elementos constitutivos: indicación del destinatario, examen del estado de la Iglesia, exhortación y promesa. Nótese también al comienzo de cada carta la referencia a alguno de los atributos de Cristo mencionados en su descripción de 1, 12- 16 y la fórmula cada vez más apremiante en que Jesús anuncia su Venida: Vengo a ti (2, 5); vengo a ti presto (2, 16); hasta que Yo venga (2, 25); vendré como ladrón (3, 3); mira pronto vengo (3, 11); estoy a la puerta y golpeo (3, 20).

2. Los que se dicen apóstoles y no lo son : Según Battifol, Zahn y otros, se trata de los mismos jefes de los nicolaí­tas (vv.6 y 14). S. Pablo ya en su tiempo los caracteriza como disfrazados de apóstoles de Cristo (II Cor. 12, 11) y los llama irónicamente superapóstoles (II Cor. 11, 5 y 13) porque quieren ir más adelante que Él (II Juan 9; cf. Col. 2,8 y 16 y notas). S. Juan enseña a defenderse de ellos en I Juan 4, 1 ss.

5. Quitaré tu candelabro : te expulsaré de entre los santos y daré tu sitio a otro. ¡Cuántas veces no hemos visto análogas remociones! Paí­ses enteros que antes se llamaban cristianos son ahora musulmanes. Cf. S. 74, 9; Mat. 21, 41.

6. Nicolaí­tas (cf. v. 15): créese que fuera una secta de falso ascetismo, que prohibí­a el matrimonio, el vino y el consumo de carne (véase Hech. 6, 5; Col. 2, 16 y notas). S Ireneo dice que viví­an indiscretamente, por lo cual se duda, dice Allo, si su abuso consistí­a en entregarse a los placeres de la carne, o a la inversa, a una maceración excesiva. Algunos la explican por su etimologí­a, de nikao (conquistar) y laos (pueblo) y piensan que el nicolaí­smo era odioso a Dios porque pretendí­a dominar a las almas so capa de religiosidad, contrariando lo enseñado por Jesús en Mat. 23, 8 (cf. v. 2 y nota). Observa Pirot a este respecto que el sentido de esa palabra en griego equivale al de Balaam en hebreo. Cf v. 14 y nota.

7.El árbol de la vida: literalmente el leño (xylon) lo mismo que en 22, 2. Así­ también llaman los LXX al que estaba en el Paraí­so (Gén. 2, 9; 3, 25). El árbol de la vida es Cristo, dice S. Beda y de Él se priva el soberbio que, como Adán, pretende poseer la ciencia (la gnosis dicen los LXX) del bien y del mal. Sobre esos gnósticos, cf. III Juan 9 y nota. "La referencia a las imágenes de Gén. 2, 9 (árbol de vida del Paraí­so) recuerda uno de los temas favoritos del apocalí­ptico, el del retorno a los orí­genes: habrá al fin de los tiempos una nueva creación (Is. 41, 4; 43, 18s; 44, 6), nuevos nombres (Is. 62, 2), una reedición de la paz entre hombres y animales (Ez. 34, 25)" (Pirot).

10. Fiel hasta la muerte: esto es, no sólo hasta el fin (Mat. 10, 22, 24, 13), sino hasta exponer la vida y darla si es necesario como lo hizo Jesús (véase Juan 10, 11 y nota). Tal es el caso de los mártires, cuya virtud no consiste en desear la muerte (cf. Hech. 9, 24 s.; II Cor. 5, 3 s. y notas) sino en la fidelidad con que dan testimonio de Cristo. "No padecer ni morir, dice Santa Teresa de Lisieux, sino lo que Dios quiera". Esta es la espiritualidad- evangélica, la verdadera infancia espiritual, que no presume de las propias fuerzas (cf. Juan. 13, 37 s; 18, 25 ss.), ni pretende, como dice Job, hacer favores a Dios, ni piensa que Él se complace en nuestros dolores (S.102, 13 y nota), antes cree a Jesús cuando nos revela que el primero en el Reino será el que más se parezca a los niños (Mat. 18, 1ss), los cuales no son heroicos sino que son confiados y por lo tanto dóciles. Cf.  S. 130, 1 y nota. Sobre la presunción, véase Kempis L.3, cap. 7, 2 s.

11. La segunda muerte es el estanque de fuego y azufre (20, 14; 21, 8). En 20, 6 se menciona la misma bienaventuranza prometida aquí­.

12. La ciudad de Pérgamo, situada en el norte del Asia Menor, era famosa por el culto de los Césares y por sus esplendí­simos templos, entre ellos el de Asclepio (Esculapio), que atraí­a a muchos peregrinos, y un suntuoso y blasfemo altar de Júpiter como salvador (Zeus Soter), levantado en una altura de trescientos metros sobre la ciudad.

13. Donde está el trono de Satanás : Aunque esta iglesia era quizá la que estaba dominada por el obispo Diótrefes que combatí­a a S. Juan (cf. la introducción a las Epí­stolas joaneas), esta expresión parece aquí­, con mayor amplitud, referirse al espí­ritu mundano, pues el mismo Juan nos enseña que el mundo todo está asentado sobre el maligno (I Juan 5, 19), el cual es su prí­ncipe (Juan 14, 30). Algunos lo explican refiriéndolo al culto de Júpiter o al de Esculapio (v. 12 y nota) cuyo emblema era una serpiente, suponiendo queésta podrí­a simbolizar a Satanás (cf. 20,2). Otros piensan en la persecución que habí­a en Pérgamo.

14.s. Sobre Balaam (Num. 24, 3; 25, 2; 31, 16), véase Judas 11 y nota. La doctrina de Balaam , muy de acuerdo con la de los Nicolaí­tas (v. 6; Hech. 6, 5 y notas), es la del que enseñó a los hijos de Israel a fornicar con los extranjeros y está aplicada aquí­ en sentido religioso (como la Jezabel del v. 20) a la fornicación espiritual, que ya no es con los í­dolos como en el antiguo Israel (Os. 14, 4 y nota) sino con los poderosos de la tierra (17, 2; 18, 3), es decir, a la que vive en infiel maridaje con el mundo (Sant. 4, 4), olvidando su destino celestial y la fugacidad de su tránsito por la peregrinación de este siglo (Gál. 1, 4 y nota).

16. La espada de mi boca: véase 1, 16 y nota

17. Maná oculto : cf. S. 77, 24 imagen que significa nueva vida espiritual. Piedrecita blanca señal de elección. En piedras blancas ("albo lapillo") se escribí­an para memoria los nombres de los que habí­an de ser coronados en el certamen. Nombre nuevo: cf. 3, 12; 22, 4; Is 62, 2; 65, 15. "El nombre nuevo en la Biblia es como un nuevo ser: "El nombre escrito, probablemente el del Verbo (19, 13), será gustado por cada uno de los fieles vencedores; su experiencia de Cristo será í­ntima y personal" (Gelin).

20. Jezabel, nombre de la mujer del rey Acab, la cual hizo idolatrar al pueblo de Israel (III Rey. 16, 31). Aquí­ se da este nombre como sí­mbolo aplicándolo, según Pirot, a una profetisa que, ocupando sin duda en esa Iglesia una situación oficial, predica el error nicolaí­ta (vv. 6 y 14 s)". Sobre lo sacrificado a los í­dolos, cf. v. 24 y nota.

22. Adulteren: en el sentido de idolatrí­a y falsa doctrina Cf. v. 14 y nota.

24. Las profundidades de Satanás : Los gnósticos pretendí­an dar una ciencia de los secretos divinos - de ahí­ su nombre- y en realidad eran impostores y sus llamados misterios y su ciencia secreta eran inventos de Satanás que llenaban a los adeptos de soberbia e impiedad. Véase 22, 10; II Juan 9 y notas. Otra carga: Pirot recuerda aquí­ la abstención de los sacrificios a los í­dolos (v. 20), prohibición judí­a que se extendió a los gentiles en Hech. 15, 20 y 28 s. S. Pablo les habí­a prevenido que en cuestión de comidas sólo se trataba de evitar el escándalo a otros que juzgan (Rom. cap. 14; I Cor. cap. 8). Más tarde en Col. 2, 16 dice claramente: "Nadie, pues, os juzgue en comida o en bebida". ¿Qué alcance tení­an entonces estas advertencias de S. Juan, hechas muchos años después de Pablo y que parecí­an judaizantes? No es fácil explicarlo. Véase también I Cor. 10, 14-30; Hebr, 13, 9. Fillion se inclina a pensar que significa no participar en los castigos que recibirá Jezabel.

26. s. Allo refiere esto al triunfo de Cristo que se cumplirá en la Parusí­a. Cf. S. 2, 8 s. 109, 5 ss; 149, 6 ss. y notas.

28. Como yo lo recibí­, etc . Es lo que Jesús prometió personalmente a los suyos en Luc. 22, 29 s. La estrella matutina (la Vulgata dice Lucifer: el lucero; cf. S. 109, 3 y nota) es sí­mbolo de Cristo y de su gloria. Véase 22, 16. Así­ lo anunció Balaam, como la estrella de Jacob (Num. 24, 15-19). Es decir, pues, que aquí­ Cristo se nos promete Él mismo (22, 12 y nota). Pero ¿acaso el árbol de la vida (v.7), el maná oculto (v. 17) no son también figuras de Él? Porque Él será nuestro verdadero premio. Cf. 3, 4 s.

29. Esta advertencia, que en las tres primeras cartas iba antes de enunciar el premio, en las cuatro últimas va después.




CAPÍTULO III

A LA IGLESIA DE SARDES

1 Al ángel de la Iglesia de Sardes escrí­bele: "Esto dice el que tiene los siete espí­ritus de Dios y las siete estrellas: Conozco tus obras: se te tiene por viviente, pero estás muerto. 2 Ponte alerta y consolida lo restante, que está a punto de morir; porque no he hallado tus obras cumplidas delante de mi Dios. 3 Recuerda, pues, tal como recibiste y oí­ste; y guárdalo, y arrepiéntete. Si no velas vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora llegaré sobre ti. 4 Con todo, tienes en Sardes algunos pocos nombres que no han manchado sus vestidos; y han de andar conmigo vestidos de blanco, porque son dignos. 5 El vencedor será, vestido así­, de vestidura blanca, y no borraré su nombre del libro de la vida; y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. 6 Quien tiene oí­do escuche lo que el Espí­ritu dice a las Iglesias.

A LA IGLESIA DE FILADELFIA

7 Al ángel de la Iglesia de Filadelfia escrí­bele: "Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, que cierra y nadie abre: 8 Conozco tus obras. He aquí­ que he puesto delante de tí­ una puerta abierta que nadie puede cerrar; porque no obstante tu debilidad, has guardado mi Palabra y no has negado mi Nombre. 9 He aquí­ que Yo te entrego algunos de la sinagoga de Satanás, que dicen ser judí­os y no lo son, sino que mienten; he aquí­ que Yo los haré venir y postrarse a tus pies, y reconocerán que Yo te he amado. 10 Por cuanto has guardado la palabra de la paciencia mí­a, Yo también te guardaré de la hora de la prueba, esa hora que ha de venir sobre todo el orbe, para probar a los que habitan sobre la tierra. 11 Pronto vengo; guarda firmemente lo que tienes para que nadie te arrebate la corona. 12 Del vencedor haré una columna en el templo de mi Dios, del cual no saldrá más; y sobreél escribiré el nombre de Dios, la nueva Jerusalén, la que desciende del cielo viniendo de mi Dios, y el nombre mí­o nuevo. 13 Quien tiene oí­do escuche lo que el Espí­ritu dice a las Iglesias".

A LA IGLESIA DE LAODICEA

14 Al ángel de la Iglesia de Laodicea escrí­bele: "Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios: 15 Conozco tus obras: no eres ni frí­o ni hirviente. ¡Ojalá fueras frí­o o hirviente! 16 Así­, porque eres tibio, y no hirviente ni frí­o, voy a vomitarte de mi boca. 17 Pues tú dices: "Yo soy rico, yo me he enriquecido, de nada tengo necesidad", y no sabes que tú eres desdichado y miserable y mendigo y ciego y desnudo. 18 Te aconsejo que para enriquecerte compres de Mí­ oro acrisolado al fuego y vestidos blancos para que te cubras y no aparezca la vergí¼enza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos a fin de que veas. 19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo. Ten, pues, ardor y conviértete. 20 Mira que estoy a la puerta y golpeo. Si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré aél y cenaré conél, yél conmigo. 21 Al vencedor le haré sentarse conmigo en mi trono, así­ como Yo vencí­ y me senté con mi Padre en su trono. 22 Quien tiene oí­do escuche lo que el Espí­ritu dice a las Iglesias."


NOTAS Asociadas al Capí­tulo III

 3. Cf. 16, 15; I Tes. 5, 2; II Pedro 3, 10.

4. Sardes era centro de la industria textil. De ahí­ la imagen tomada de las vestiduras. Andar vestido de blanco significa participar en el triunfo del mismo Cristo ( cf. 2, 28 y nota). Nombres: personas.

5. El vencedor: véase 2, 7 y nota; 2, 17; 3, 21. Sobre el libro de la vida véase 13, 8; 20, 12 y 15; 21, 27; cf. 32, 33; S. 68, 29; Dan. 12, 1.

7. El que tiene la llave de David: el poder supremo. Véase 1, 18 y nota. Esta expresión reviste sentido mesiánico (cf. 5, 5; 22, 16). Fillion observa que es "tomada de Is. 22, 22, donde se lee: Yo daré (a Eliacim) la llave de la casa de David. Manera de decir que este personaje será el primer ministro del rey. Jesucristo nos es, pues, presentado aquí­ ejerciendo las funciones de Primer Ministro en el Reino de Dios". Que abre y nadie cerrará: Cristo tiene el poder y la autoridad suprema para admitir o excluir a cualquiera de la nueva ciudad de David y de la nueva Jerusalén. En Filadelfia se adoraba al dios de las puertas (Jano), que tení­a una llave en sus manos. El Apóstol alude a ese í­dolo, diciendo: sólo Cristo tiene la llave para abrir y cerrar la puerta del Reino.

8. Una puerta abierta al apostolado que Dios nos prepara (I Cor. 16, 9; II Cor 2, 12; Col. 4, 3). La promesa de que nadie podrá cerrarla es tanto más preciosa cuanto que se trata de un tiempo de apostasí­a muy avanzada, pues se anuncia ya la gran persecución (v. 10). La debilidad nos muestra la humildad del Apóstol que, como S. Pablo, está reducido a ser "basura de este mundo" (I Cor. 4, 13) y que, sin espí­ritu de suficiencia propia, cuenta sólo con la gracia, al revés de los de Laodicea que se creí­an ricos y eran miserables. Cf. 2, 9 y 3, 17.

9. "Palabras tomadas de Is 60, 14, que anuncian, según la mayorí­a de los intérpretes, la conversión de los judí­os de Filadelfia" (Fillion). Cf. Rom. 11, 25 s.

10. La palabra de la paciencia mí­a . Así­ dice el griego literalmente (cf. v. 8). Según Pirot: mi consigna de paciencia (cf. 1,9; 13, 10; 4, 12); según Holtzmann, la paciente esperanza en la venida de Cristo (Hebr. 6, 12; Sant. 5, 7; II Pedro 3, 3-12). Como anota Pirot, "este v. abre las perspectivas de la vasta persecución de que tratará el cap. 13". En efecto, si se considera las Iglesias en el orden cronológico (1, 12 y nota), la de Filadelfia precede a la última en la cual se consumarí­a con el Anticristo el misterio del mal. Por eso algunos suponen (cf. v. 15 y nota) que este perí­odo de Filadelfia, es semejante al nuestro y que aéste se refieren las grandes promesas hechas a los que guardan la Palabra de Dios en medio del general olvido de ella.

11. Cf. v. 20; 22, 10 y nota.

12. Columna: Así­ fueron llamados Pedro, Juan y Santiago en la Iglesia de Dios (Gál. 2, 9; I Tim. 3, 15). Pero aquí­ se tratarí­a no ya de la formación de esa Iglesia (Ef. 2, 20; I Pedro 2, 5), ni de la Jerusalén celestial, pues su Templo será Dios mismo (21, 22), sino de sostener la verdadera fe en tiempos de apostasí­a (cf. Mat. 24, 24; Luc. 18, 8; II Tes. 2, 3). Sobre la nueva Jerusalén, véase el cap. 21. El nombre mí­o nuevo: véase v. 14; 2, 17 y notas. Fillion cita a 19, 12 y dice que "el Cristo lleva un nombre nuevo porque ha entrado en su gloria nueva que durará para siempre".

14. El Amén: voz hebrea que significa: verdad, en este caso la Verdad misma: Jesucristo. En Is. 65, 6 se dice: el Dios de Amén". Véase v. 7, donde Cristo es llamado "el Veraz", como en 6, 10; y 19, 11 donde se le da el nombre de "Fiel y Veraz". Cf. Juan 1, 14; I Juan 5,7.

15. La primera Encí­clica del S. P. Pio XII reproduce este tremendo pasaje y dice: "¿No se le puede aplicar (a nuestraépoca) esta palabra reveladora del Apocalipsis?"

17. Es lo contrario de la bienaventuranza de los pobres en espí­ritu (Mat. 5, 3 y nota). Cf. v. 8 y nota; 18,7.

18. El divino Salvador emplea una imagen bien conocida por la industria cosmética de Laodicea, el colirio. Así­ también ven algunos en la tibieza una alusión a las tibias aguas de sus termas, las que en tal caso serí­an imagen de ese estado espiritual falto de amor e ideal en que esa iglesia se arrastra en una mediocridad contenta de sí­ misma" (Pirot) y que según S. Agustí­n es peligrosí­simo para el alma y termina por conducirnos "al abismo de todos los excesos" (S. Jerónimo).

19. Cf. Prov. 3, 12; Hebr. 12, 6.

20. Allo señala aquí­ una referencia especial a la Eucaristí­a, cosa que otros no consideran verosí­mil (cf. Fillion) aunque el pasaje se presta a ser comentado espiritualmente como lo hace Bossuet o Ballester Nieto (Cf. Juan 14, 23). Sales recuerda los movimientos de la gracia y cita oportunamente al Conc. Trid. para recordar que el hombre con sus fuerzas naturales "no puede hacer ningún bien útil para la salvación". De acuerdo con los paralelos citados por Merk (Marc. 13, 35; Sant. 5, 9; Luc. 12, 36; 22, 29 s.) lo que aquí­ se indica es, con mayor apremio, lo mismo que en las cartas precedentes.

21s. Pirot, confirmando lo que expresamos en la nota anterior, dice: "Aquí­, como en las cartas anteriores, la promesa es escatológica (cf. 20, 4)." Sobre el trono véase el capí­tulo siguiente. Los que vencieren en esta iglesia final serán probablemente los mártires del Anticristo (13, 7), y este trono parece ser entonces el de 20, 4.




LOS SIETE SELLOS

CAPÍTULO IV

EL TRONO DE DIOS

1 Después de esto tuve una visión y he aquí­ una puerta abierta en el cielo, y aquella primera voz como de trompeta que yo habí­a oí­do hablar conmigo dijo: "Sube acá y te mostraré las cosas que han de suceder después deéstas." 2 Al instante me hallé (allí­) en espí­ritu y he aquí­ un trono puesto en el cielo y Uno sentado en el trono. 3 Y Aquel que estaba sentado era a la vista como la piedra de jaspe y el sardónico; y alrededor del trono habí­a un arco iris con aspecto de esmeralda. 4 Y en torno del trono, veinticuatro tronos; y en los tronos veinticuatro ancianos sentados, vestidos de vestiduras blancas y llevando sobre sus cabezas coronas de oro. 5 Y del trono salí­an relámpagos, voces y truenos; y delante del trono habí­a siete lámparas de fuego encendidas, que son los siete espí­ritus de Dios; 6 y delante del trono algo semejante a un mar de vidrio, como cristal; y en medio ante el trono, y alrededor del trono, cuatro vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. 7 El primer viviente era semejante a un león, el segundo viviente semejante a un becerro, el tercer viviente con cara como de hombre, y el cuarto viviente semejante a un águila que vuela. 8 Los cuatro vivientes, cada uno con seis alas, están llenos de ojos alrededor y por dentro, y claman dí­a y noche sin cesar, diciendo: "Santo, santo, santo el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, y que es, y que viene." 9 Y cada vez que los vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, 10 los veinticuatro ancianos se prosternan ante Aquel que está sentado sobre el trono y adoran, al que vive por los siglos de los siglos; y deponen sus coronas ante el trono, diciendo: 11 "Digno eres Tú, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria y el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas y por tu voluntad tuvieron ser y fueron creadas."


NOTAS Asociadas al Capí­tulo IV


1. Las cosas que han de suceder empezarán en el cap. 6 con la apertura de los sellos, después de esta visión. Igual expresión usan Dan. 2, 29 y 45 y tal parece ser el objeto principal del Apocalipsis en cuanto profecí­a, según se ve en 1, 1 (cf. 1, 19 y nota). Para los que ven figurado en Laodicea el último perí­odo de la Iglesia (cf. 1, 12; 3, 15 y notas), aquí­ empieza el tiempo de la gran tribulación anunciada para el final. Algunos suponen que la puerta abierta en el cielo y el llamado con voz de trompeta aluden a I Tes. 4, 14-17. 2 ss. Me hallé en espí­ritu, exactamente como en 1, 10, lo cual confirmarí­a lo que allí­ señalamos. Sobre la visión de Dios, cf. Ez. 1, 22 ss. y nota. Todo este capí­tulo, lo mismo que el siguiente, se inspira en los Profetas, especialmente Is. 6; Ez. 1; Dan.7. El rapto de Juan al cielo durará hasta el fin del cap.9.

3. No puede dudarse que aquí­ se nos muestra, en su excelsa y serena majestad, la Persona del divino Padre, Cf. 5, 7 y nota.

4 ss. Los veinticuatro ancianos que están sentados alrededor del trono de Dios parecen simbolizar el Antiguo y el Nuevo Testamento: los doce Patriarcas y los doce Apóstoles, que -por su parte- representarí­an a todos los santos del cielo. En la explicación mí­stica de S. Cirilo Alejandrino significarí­a el trono elevado, la soberaní­a de Dios; el jaspe, su paz inmutable; el arco iris, su eternidad; los sitiales de los veinticuatro ancianos, su sabidurí­a; las siete lámparas, el gobierno universal de su Providencia; los resplandores y el trueno, la omnipotencia de su voluntad; el mar de cristal, su inmensidad; tiene cubiertos el rostro y los pies por las alas de los Serafines para darnos a entender su misteriosa infinitud. En esta plenitud esplendorosa nada impresiona tanto a los Serafines cubiertos de ojos como su santidad, pues ella los deja suspensos de admiración. Por eso repiten sin cesar el canto jubiloso: Santo, Santo, Santo eres Señor Dios de los Ejércitos. En efecto, dios es llamado con frecuencia el Santo de Israel, porque este nombre incluye todos los demás. Cuando el Salmista quiere describir el esplendor de la generación eterna del Hijo de Dios, dice únicamente que procede del Padre en el esplendor de la santidad (S.109,3). Todas las otras perfecciones de Dios reciben de la santidad su brillo más subido, su última consagración.

5. Relámpagos, voces y truenos son señales del poder de Dios (Éx. 19, 16; S. 28, 3 ss.). Las siete lámparas son los siete Espí­ritus que vimos en 1, 4. En adelante no se habla más de ellos (cf.5,11) y se los considera identificados con los siete ojos del Cordero (3, 1; 5, 6). Señalamos aquí­, a tí­tulo de curiosidad, una reciente hipótesis de Greslebin, según la cual este capí­tulo del Apocalipsis serí­a lo que se representa en la puerta del templo del sol en Tiahuanaco. Su autor cree haber encontrado veinticuatro coincidencias entre el texto bí­blico y las esculturas precolombinas de dicho templo.

8. Los cuatro vivientes aparecen como seres celestiales semejantes a aquellos que vieron los Profetas como Serafines (Is. 6, 2 s.) y Querubines (Ez. 1, 5 ss.). El libro de Enoc (71, 7) añade los Ofanim. Los innumerables ojos (v. 6; Ez. 1, 18) significan su sabidurí­a; las alas, la prontitud con que cumplen la voluntad de Dios. Más tarde se comenzó a tomar los cuatro animales como sí­mbolos de los cuatro Evangelistas. Su himno es el Trisagion (Is. 6, 3; cf. Enoc 39, 12). Que viene: aquí­ se trata del Padre (v. 3). Cf. 21, 3.

9. ss. Pirot hace notar que en adelante "el Trono será colocado, según la tradición de Is.6, 1, en el interior de un Templo celestial (7, 15), prototipo del terrestre (Éx. 25, 40; Hebr. 8, 5) con un altar de los holocaustos (6, 9), un altar de los perfumes (8,3) y sin duda un Santo de los santos con su Arca de la Alianza (11, 19)". Añade que "esta porción del Templo será sin duda la residencia de la divinidad".



CAPÍTULO V

EL LIBRO DE LOS SIETE SELLOS

1 Y vi en la diestra de Aquel que estaba sentado sobre el trono un libro, escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. 2 Y vi a un ángel poderoso que, a gran voz, pregonaba: "¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? 3 Y nadie en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podí­a abrir el libro, ni aún fijar los ojos enél. 4 Y yo lloraba mucho porque nadie era hallado digno de abrir el libro, ni de fijar enél los ojos. 5 Entonces me dijo uno de los ancianos: "No llores. Mira: el León de la tribu de Judá, la raí­z de David, ha triunfado, de suerte que abra el libro y sus siete sellos". 6 Y vi que en medio delante del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos estaba de pie un Cordero como degollado, que tení­a siete cuernos y siete ojos, que son los siete espí­ritus de Dios en misión por toda la tierra. 7 El cual vino y tomó (el libro) de la diestra de Aquel que estaba sentado en el trono.

ADORACIÓN DEL CORDERO

8 Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cí­tara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. 9 Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: "Tú eres digno de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios (hombres) de toda tribu y lengua y pueblo y nación; 10 y los has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra." 11 Y miré y oí­ voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos; y era el número de ellos miriadas de miriadas y millares de millares; 12 los cuales decí­an a gran voz: "Digno es el Cordero que fué inmolado de recibir poder, riqueza, sabidurí­a, fuerza, honor, gloria y alabanza." 13 Y a todas las creaturas que hay en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos oí­ que decí­an: "Al que está sentado en el trono, y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos." 14 Y los cuatro vivientes decí­an: "Amén". Y los ancianos se postraron y adoraron.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo V

1. Casi todos los intérpretes antiguos entienden por este Libro la Sagrada Escritura, principalmente el Antiguo Testamento, cuyas figuras y profecí­as referentes a Cristo eran antes difí­ciles de entender. Así­ por ej. Orí­genes ve descubiertos enél los acontecimientos predichos en el Antiguo Testamento, los cuales tan sólo después de la Resurreción comenzaron a ser comprendidos. Allo opina más bien que en el libro se contiene "toda la escatologí­a" (cf. 4, 1 y nota). Los siete sellos que lo cierran señalan su carácter arcano (cf. Is. 29, 11; Ez. 2, 9). El misterioso número siete se repetirá en las siete trompetas (8,2) las siete copas (15, 1ss.) y también en los siete truenos (10, 3), etc. Cf. v. 6 y nota.

5. El León de la tribu de Judá: Cristo, como hijo de David de la tribu de Judá. Véase la profecí­a de Jacob acerca de Judá en Gén. 49, 9 y las notas a Ez. 21, 27 y Am. 3, 4. La raiz de David (cf. 22, 16): tí­tulo también mesiánico, tomado de Is. 11, 10. Cf. Rom, 15, 12; Ef, 1, 10; Apoc. 11, 15; S. 95-99.

6.El Cordero inocente y santo de Juan 1, 29 es aquí­ el poderoso e irritado. Cf. 6, 16 s. (Lagrange, Pirot). Los siete cuernos representan la plenitud del poder; Los siete ojos , la plenitud del saber (cf. 1, 4; 4, 5; Zac. 3, 9 y notas). En el cielo conserva aún el Redentor las señales gloriosas de su Muerte (cf. Luc. 24, 39; Juan 20, 27), según lo expresa S. Juan con las palabras Cordero como inmolado (cf. I Cor 5, 7; usado en la liturgia de Pascua). Por eso Él es el único que se hizo digno de abrir el Libro (v. 9). Cf. Luc. 24, 26 y 46 s. Un fresco del benedictino chileno Dom Pedro Subercaseaux, reproducido en nuestra edición popular del Evangelio, ha representado, con gran acierto, en un ambiente de transparente luminosidad, esta escena que hoy se vive en el Santuario celestial. (Hebr. 10, 19s. y nota), poniendo en los brazos del Padre a Jesús crucificado (el Cordero inmolado) que le ofrece su Sangre para interceder por nosotros (Hebr. 7, 24s.) y que lleva, aunque está vivo, la lanzada que le dieron después de muerto (Juan 19, 33 s.) con lo cual se indica que se trata del Señor ya en el cielo, glorificado por el Padre después de su Resurrección y Ascensión. Cf. Marc. 16, 11; S. 2, 7 y notas.

7. El gran artista Alberto Durero, en una de sus célebres ilustraciones del Apocalipsis, combina este pasaje en que el Cordero recibe el Libro de los Siete Sellos de manos de su Padre Dios, con el pasaje del profeta Daniel (cap. VII), donde el Hijo del hombre recibe del "Anciano de Dí­as" la potestad eterna en virtud de la cual todos los pueblos le servirán. Es de admirar la fusión que el artista hace de ambas escenas, al punto de que los millares y millones de seres que en Daniel rodean el trono del Anciano de Dí­as, son sustituidos por la misma asamblea de los seres animados y de los veinticuatro ancianos que rodean esta escena del Apocalipsis. Se advierte también, debajo del trono, hacia la izquierda, la figura siniestra de Satanás que sale huyendo, con lo cual el autor muestra una vez más su conocimiento de las Escrituras, al relacionar nuevamente con Daniel (que profetiza el levantamiento del "gran Prí­ncipe San Miguel", en el capí­tulo doce) la derrota de la antigua serpiente o dragón, Satanás, y su precipitación a la tierra, que el Apocalipsis anuncia como resultado del triunfo de San Miguel (véase Apoc. 12, 7 ss.). Cf. 13, 2 y nota.

9. Un cántico nuevo  ¡Y tan nuevo! Como que celebra no ya sólo la obra de la Redención, como lo hizo el mismo Juan en 1, 5 y 6, sino también, por fin, la plena glorificación del Redentor en la tierra (Hebr. 1, 6 y nota) vanamente esperada desde que Él se fué. Cf. 14, 3; S. 95, 1 y 97, 1 y notas.

10. Reino y sacerdotes, Véase 1, 6; I Pedro 2, 9 y notas. Cf. Éx. 19, 6; Is. 61, 6; Rom. 8, 23.

11. Millares de millares: Cf. v. 7 y nota; Dan. 7, 10.

12. Nótese la septiforme alabanza de los ángeles, que nos recuerda que Jesús, completa la obra de la creación con los siete dones del Espí­ritu Santo. Vemos siempre reaparecer los números mí­sticos o sagrados, especialmente 7 y 4 (v. 1 y nota). Aquí­ los habitantes del cielo dividen el pensamiento en siente miembros y los de la creación natural en cuatro (v. 13).



CAPÍTULO VI

LOS CUATRO CABALLOS

1 Y vi cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, y oí­ que uno de los cuatro vivientes decí­a, como con voz de trueno: "Ven." 2 Y miré, y he aquí­ un caballo blanco, yél que lo montaba tení­a un arco, y se le dió una corona; y salió venciendo y para vencer. 3 Y cuando abrió el segundo sello, oí­ al segundo ser viviente que decí­a: "Ven." 4 Y salió otro caballo, color de fuego, y al que lo montaba le fué dado quitar de la tierra la paz, y hacer que se matasen unos a otros; y se le dió una gran espada. 5 Y cuando abrió el tercer sello, oí­ al tercero de los vivientes que decí­a: "Ven". Y miré, y he aquí­ un caballo negro; y el que lo montaba tení­a en su mano una balanza. 6 Y oí­ como una voz en medio de los cuatro vivientes que decí­a: "A un peso el kilo de trigo; a un peso, tres kilos de cebada; en cuanto al aceite y al vino no los toques". 7 Y cuando abrió el cuarto sello, oí­ la voz del cuarto viviente que decí­a: "Ven." 8 Y miré, y he aquí­ un caballo pálido, y el que lo montaba tení­a por nombre "La Muerte"; y el Hades seguí­a en pos deél; y se les dió potestad sobre la cuarta parte de la tierra para matar a espada y con hambre y con peste y por medio de las bestias de la tierra.

LA VOZ DE LOS MÍRTIRES

9 Y cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados por la causa de la Palabra de Dios y por el testimonio que mantuvieron; 10 y clamaron a gran voz, diciendo: "¿Hasta cuándo, oh Señor, Santo y Veraz, tardas en juzgar y vengar nuestra sangre en los habitantes de la tierra?" 11 Y les fué dada una túnica blanca a cada uno; y se les dijo que descansasen todaví­a por poco tiempo hasta que se completase el número de sus consiervos y de sus hermanos que habí­an de ser matados como ellos.

EL DÍA DE LA IRA DE DIOS

12 Y vi cuando abrió el sexto sello, y se produjo un gran terremoto, y el sol se puso negro como un saco de crin, y la luna entera se puso como sangre; 13 y las estrellas del cielo cayeron a la tierra, como deja caer sus brevas la higuera sacudida por un fuerte viento. 14 Y el cielo fué cediendo como un rollo que se envuelve, y todas las montañas e islas fueron removidas de sus lugares. 15 Y los reyes de la tierra y los magnates y los jefes militares y los ricos y los fuertes y todo siervo y todo libre se escondieron en las cuevas y entre los peñascos de las montañas. 16 Y decí­an a las montañas y a los peñascos: "Caed sobre nosotros y escondednos de la faz de Aquel que está sentado en el trono y de la ira del Cordero; 17 porque ha llegado el gran dí­a del furor de ellos y ¿quién puede estar en pie?"


NOTAS Asociadas al Capí­tulo VI

 1. Vi cuando el Cordero abrió: Así­ se dice también en la apertura del sexto sello, a diferencia de los demás (cf. v. 12 y nota). Charles ha mostrado "que la sucesión de los sellos corresponde a las de las señales del fin en el pequeño apocalipsis sinóptico de Marc. 13, Mat. 24, Luc. 21" ¡Ven! Este llamado, que en el original no está seguido por las palabras: y verás (como en la Vulgata), no se dirige a Juan sino al primero de los cuatro jinetes, como una orden de ponerse en marcha, del mismo modo que en los vv. 3, 5 y 7.

2ss. Este primer jinete serí­a, en la opinión antigua, el mismo Cristo. Según Allo, si no es el Verbo mismo, como en 19, 11, es por lo menos el curso victorioso del Evangelio a través del mundo. Así­ lo vio también Loisy, dice Gelin, pero, si así­ fuera, ¿cómo conciliar ese triunfo del Evangelio con todo el cuadro catastrófico de la escatologí­a apocalí­ptica y las palabras de Jesús en Mat. 24, 9 ss., Luc. 18, 8; Juan 15, 20 s.; 16, 2 s., etc? Buzy y otros ven aquí­ al ángel de la guerra, en tanto que Fillion hace notar que, faltando todaví­a muchas calamidades antes de la Venida de Cristo en el cap. 19 (cf. II Tes. 2, 3 ss.), este guerrero cuyo caballo blanco imita al de Jesús en 19, 11, "personifica la ambición y el espí­ritu de conquista que ocasionan tantos dolores". Adherimos a esta opinión que hoy parece ser comprobada en lo espiritual y aun en lo temporal por la historia contemporánea, y hacemos notar a nuestra vez, frente a opiniones tan diversas, cuán lejos se está de haber agotado el estudio de la Sagrada Biblia y cuán necesario es por tanto proseguirlo según las exhortaciones de Pí­o XII en la Encí­clica "Divino Afflante". Los cuatro caballos recuerdan la visión de Zac. 1, 8; 6, 1 ss. donde, como bien dice Pirot. simbolizan calamidades contra los enemigos del pueblo de Israel y no es verosí­mil que en los tres septenarios - sellos, trompetas, copas (cf. 5, 1 y nota)- sólo un elemento sea heterogéneo. ¿No hemos de ver, pues, con varios modernos, en este jefe conquistador semejante al de Daniel (Dan. 7, 21 y 25; 9, 26 s., etc.), al mismo Anticristo del cap. 13?. Los colores de los caballos señalan, en la terminologí­a de los apocalí­pticos, los cuatro rumbos o partes del mundo: blanco, el oriente; bermejo, el norte; negro el sur; pálido, el oeste; y al mismo tiempo simbolizan los grandes acontecimientos y plagas que provocan sus jinetes. El caballo color de fuego significa la guerra; el negro, el hambre; en el pálido, el nombre de la muerte representarí­a la peste (Fillion, Buzy, Gelin), mientras el Hades o Scheol, personificado como en 20, 14, sigue detrás para recoger las ví­ctimas.

4. Cf. Is. 34, 5; Mat.24, 6s. Otra gran matanza se ve también en la 6ª trompeta (9, 15 ss.), pero es dirigida por ángeles.

6. A un peso (equivale de un denario), es decir, trece veces más del precio normal (cf. Ez. 4, 16). Pirot hace notar que esta carestí­a no era desconocida en tiempos de S. Juan por haber sido cada vez más descuidado el cultivo del trigo a causa de que el Estado romano se habí­a hecho comprador y distribuidor del cereal y los pequeños propietarios se dedicaron a plantar viñas, de lo cual resultó un precio ruinoso para el vino, hasta que Dominicano, según Suetonio, prohibió aumentar los viñedos y mandó destruir por lo menos la mitad de lo existente.

9 s. Degollados: es el mismo término empleado para el Cordero en 5, 6. Estas almas, separadas del cuerpo, son representadas descansando en el cielo debajo de un altar semejante al de los holocaustos en el Templo de Jerusalén, lugar que les es dado sin duda por cuanto han sido sacrificadas como ví­ctimas de holocausto. ¿Sonéstos cristianos, o también israelitas del A. T? No lo dice como en otros pasajes (cf. 7, 4 ss.). Una de las grandes llaves para entender el Apocalipsis es esta distinción, que a veces es difí­cil y a veces la olvidamos considerando el Apocalipsis un Libro exclusivo de los cristianos de la gentilidad, pues desde que S. Pablo anunció a los judí­os rebeldes que la salvación pasaba a los gentiles (Hech. 28, 28), Israel como tal desapareció de los escritos neotestamentarios, salvo en la gran carta paulina a los Hebreos, cuya fecha no ha podido fijarse con exactitud y que algunos creen anterior a ese episodio. Como bien observa Pirot, Juan es aquí­ lo que los judí­os llamaban un paitán, es decir, que habla continuamente con palabras de los profetas, al punto de que tiene más citas del A.T. que versí­culos (cf. introducción). Debe, pues tenerse en cuenta el carácter especial de este Libro, que es una profecí­a escatológica en la que Juan -declarado- "Apóstol de la circuncisión", como Pedro y Santiago (Gál. 2, 8-9)- hace actuar ya el misterio de la conversión de Israel, que S. Pablo y el mismo Juan anunciaron para los últimos tiempos (Rom. 11, 25 s.; Juan 19, 37; Zac. 12, 10; Apoc. 1, 7) y nos presenta, entre otros misterios, la misión de Elí­as, que es para Israel (Mal. 4, 5 s. y nota) y del cual dijo Jesús: "Ciertamente Elí­as vendrá y lo restaurará todo" (Mat. 17, 11). Así­, pues, muchos puntos aún oscuros se aclararí­an sin duda el dí­a en que pudiéramos distinguir netamente los que se refieren y los que no se refieren a Israel (cf. 7, 2 y 8 y notas). Sobre el altar celestial, cf. 4, 9 y nota; 8. 3; Hebr. 13, 10.

10. Santo y veras, es decir, Cristo. Véase 3, 7; 19, 11; Zac. 1, 12; S. 78, 10 s. Un autor moderno hace notar que esta súplica de los mártires, el primero de los cuales es S. Esteban, que murió pidiendo de los cuales es S. Esteban, que murió pidiendo perdón para sus verdugos, está concebida en la forma de las imprecaciones de los Salmos. Ello se explica porque aquí­ se trata del tiempo de la justicia, como antes fué el de la misericordia (cf. Is. 61, 1 s. y nota). De ahí­ también el nuevo aspecto del Cordero (5, 6 y nota). Lo que desean estos santos es la resurrección de sus cuerpos (S. Gregorio Magno) como se verifica en la visión del cap. 20, comprendiendo sin duda a todos los que sufrirán el martirio bajo el Anticristo (20, 4). Entretanto vemos aquí­ (lo mismo que en IV Esdr. 4, 35) cómo las almas, aun de los salvados, suspiran por la plenitud de su destino (cf. Filip. 3, 20 s.). Combinando el presente pasaje con 12, 7-17; II Cor. 5, 8 y II Pedro 3, 9, puede explicarse la causa que demora la Venida de Cristo. Cf. II Tes. 2, 6 ss.

11. La túnica blanca (o estola) es como una prenda cierta del triunfo definitivo (cf. 3, 4; 7, 9; 19, 14). Pero estas oraciones de los santos son las mencionadas en 8, 3-5, como causa de las tribulaciones que caerán sobre la tierra en el séptimo sello para apresurar el final (cf. v. 12 ss.; 8, 1 y notas). Esto confirma, a la luz de S. Pablo, lo que hemos dicho más arriba sobre el primer jinete (v. 2 ss.), pues lo que detiene la liberación de estas almas es la necesidad de que primero venga la apostasí­a -o "el misterio de la iniquidad que ya obra" desde entonces (II Tes. 2, 7) -y luego se haga manifiesto el Anticristo (ibid. v. 3); y es necesario queéste se revele abiertamente (ibí­d. v. 8), dando lugar para que pueda ser eliminado por la manifestación de la Parusí­a (ibí­d. v. 8; cf. 19, 19 ss.). De ahí­ que el ven del primer sello (v. 1 s.) sea "el momento esperado y decisivo para la consumación del misterio de Dios" (10, 7) lo mismo que vemos en 13. 1.

12 ss. Algunos consideran que este sello, el 6º en orden de colocación en el libro, no es abierto sino después del 7º (8, 1), porque la gran tribulación (7º sello) es necesariamente anterior a las catástrofes cósmicas que aquí­ se anuncian y que preceden inmediatamente a la Parusí­a (v. 17). El Señor dice en efecto que el oscurecimiento del sol, etc., se verificará "inmediatamente después" de la tribulación (Mat. 24, 29; Marc. 13, 24); que la Parusí­a vendrá a continuación de aquellos fenómenos (Luc. 21, 25); que las persecuciones contra los justos serán "antes de todo eso" (Luc. 21, 11-12). Es de observar que S. Juan, a diferencia de los otros sellos, dice aquí­ "yo vi cuandoél abrió", lo cual podrí­a ser una visión anticipada del fin. Y parece confirmarlo el hecho de que en 7, 14 (bajo el 6º sello) nos muestra ya a elegidos y a los que vienen de la gran tribulación, como si las calamidades del 7º sello hubiesen ya pasado. Según ello,éstas serí­an la respuesta de Dios a la oración clamorosa de los santos del 5º sello (6, 9-11); y así­ lo vemos en 8, 3-5. Quedarí­a también explicado así­ el silencio de media hora en el cielo (8,1), fenómeno que nadie aclara y que consistirí­a simplemente en que cesaba de oí­rse aquel clamor de los santos (6, 10). La media hora serí­a el poco de tiempo de reposo que se les indicó en 6, 11. Gelin, que ha observado este fenómeno (cf. 8, 1 y nota), dice: "Juan utiliza el esquema sinóptico en el cual parece haber querido introducir este orden general: plagas sociales (1º a 5º) y luego las cósmicas (6º). Ha encerrado varias plagas en el 6º sello para poder derivar hacia el 7º, que está vací­o, la segunda serie de calamidades." Pero no se entiende cómo podrí­an continuar estas pruebas si la Parusí­a tiene lugar al fin del 6º sello. En todo caso, los acontecimientos escatológicos, de que habla San Pablo (I Tes. 4, 15 s.) no podrán ser anteriores a la gran tribulación o perí­odo del Anticristo, como dice cierta exégesis protestante, sino que se refieren, como está anunciado, únicamente a la Parusí­a, en la cual los muertos y "los que quedemos", seremos, cuando Él descenderá del cielo (ibid. v. 16), arrebatados a su encuentro para estar con Él siempre (ibid. v. 17) y no sólo por un perí­odo. Esto explicarí­a, finalmente, la existencia de justos sobre la tierra en tiempos del Anticristo (cf.13, 7; 20, 4), de modo que la promesa que Jesús hace a sus amigos de escapar a todas las calamidades (Luc. 21, 36), repetida a la Iglesia de Filadelfia (3, 10), ha de explicarse como una especial protección, mediante la cual "no perecerá ni un cabello de nuestra cabeza" (Luc. 21, 18). Véase p. ej., 12, 6 y 14. En cuanto a los sucesos aquí­ anunciados, véase los vaticinios de Jesucristo sobre la destrucción de Jerusalén y el fin del siglo en Mat. cap. 24 y en Luc. cap. 21. Cf. Is. 24, 19 ss.; Os.10, 8; Joel, 2, 30-31; 3, 12-15; Amós 8, 9 s.

16. Sobre la ira del Cordero, véase 5, 6 y nota. En cuanto al gran dí­a del furor, algunos suponen que es contra Israel como en Am. 5, 18, porque en 7, 1-8 se trata de sellar a aquellos de las doce tribus que habrí­an de librarse de ese dí­a. Sin embargo, en el v. 15 se ve que se trata más bien de reyes de todas las naciones como en S. 109, 5 s. ¿Quién puede estar en pie? Cf. S. 1, 5 y nota.



CAPÍTULO VII

LOS ESCOGIDOS SON MARCADOS

1 Después de esto vi cuatro ángeles que estaban de pie en los cuatro ángulos de la tierra y detení­an los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre árbol alguno. 2 Y vi a otro ángel que subí­a del Oriente y tení­a el sello del Dios vivo, y clamó a gran voz a los cuatro ángeles, a quienes habí­a sido dado hacer daño a la tierra y al mar; 3 y dijo: "No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado a los siervos de nuestro Dios en sus frentes." 4 Y oí­ el número de los que fueron sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel; 5 de la tribu de Judá doce mil sellados, de la tribu de Rubén doce mil, de la tribu de Gad doce mil, 6 de la tribu de Aser doce mil, de la tribu de Neftalí­ doce mil, de la tribu de Manasés doce mil, de la tribu de Simeón doce mil, de la tribu de Leví­ doce mil, de la tribu de Isacar doce mil, 8 de la tribu de Zabulón doce mil, de la tribu de José doce mil, de la tribu de Benjamí­n doce mil sellados.

LOS REDIMIDOS ADORAN A DIOS Y AL CORDERO

9 Después de esto miré, y habí­a una gran muchedumbre que nadie podí­a contar, de entre todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, que estaban de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos de túnicas blancas, con palmas en sus manos; 10 y clamaban a gran voz diciendo: "La salud es de nuestro Dios que está sentado en el trono y del Cordero." 11 Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios, 12 diciendo: "Amén, la alabanza, la gloria, la sabidurí­a, la gratitud, el honor, el poder y la fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén." 13 Y uno de los ancianos, tomando la palabra, me preguntó: "Estos que están vestidos de túnicas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?" 14 Y yo le dije: "Señor mí­o, tú lo sabes." Yél me contestó: "Estos son los que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus vestidos, y los blanquearon en la sangre del Cordero. 15 Por eso están delante del trono de Dios, y le adoran dí­a y noche en su templo; y el que está sentado en el trono fijará su morada con ellos. 16 Ya no tendrán hambre ni sed; nunca más los herirá el sol ni ardor alguno; 17 porque el Cordero, que está en medio, frente al trono, será su pastor, y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida; y Dios les enjugará toda lágrima de sus ojos,"


NOTAS Asociadas al Capí­tulo VII

2 ss. Este sello recuerda la orden de Dios dada en Ez. 9, 4. Cf. también 9, 4; 14, 1; 22, 4; Éx. 12, 23; Is. 44, 7. Las cifras 12.000 y 144.000 pueden ser simbólicas, para significar una gran muchedumbre, si bien no podemos asegurarlo, pues, como dice S. Crisóstomo, "cuando la Escritura alegoriza, nos advierte ella misma que alegoriza". Cf. 21, 16 y nota. No concuerdan los exegetas en la explicación de este pasaje, aunque todos reconocen que el sello es la señal de elección y salvación. La diferencia consiste en puntualizar cuáles sean los salvados y explicar el carácter de su salvación contra las calamidades de la tierra y del mar (cf. 12, 14 ss.). Orí­genes cree que se refiere a todos los cristianos, en tanto que otros ven aquí­ solamente los salvados del judaí­smo, los que con la predicación de Elí­as se convertirán a la fe (Scí­o, Nácar-Colunga, etc. Véase v. 8; cf. 6, 9 s. y notas; 12, 1 ss.) Tampoco hay unanimidad sobre si los 144.000 de este capí­tulo son los mismos que los del cap. 14, 3. En general se cree que no, pues de aquellos no se dice que sean de Israel y además aparecen sobre el monte Sión, como quitados de la tierra, en tanto que aquí­ vemos una escena terrestre. Cf. Hebr. 12, 22 ss.

4. Aparecen aquí­, primera y última, respectivamente, como abrazando a las demás tribus, las de Judá y Benjamí­n, que antes formaban juntas el Reino meridional de Judá y que en la visión de Ezequiel ocupan la parte central de la Tierra Santa abrazando entre ambas la porción del prí­ncipe (cf. Ez. 48, 22).

5. La tribu de Judá es la primera nombrada por ser la del Mesí­as.

6. Manasés ocupa aquí­ el sexto lugar que corresponderí­a a la tribu de Dan. Se trata quizá de un error de copia, pues el v. 4 se refiere a todas las tribus de los hijos de Jacob, y sabemos que Manasés no era hijo sino nieto, y no tendrí­a por qué aparecer aquí­, pues ya figura su padre José, ni se explicarí­a en todo caso su mención sin la de su hermano Efraí­n. No tiene fundamento serio la antigua creencia de que esta ausencia de la tribu de Dan respondí­a a que de ella hubiese de salir el Anticristo, pues se apoyaban en textos como Gén. 49, 17 y Jer. 8, 16 que nada tienen que ver al respecto.

8. "Todos ellos, dice Jí¼nemann, son israelitas convertidos al fin del mundo y sellados con el martirio y ví­ctimas del Anticristo". Integrarí­an así­ el número de los mártires de 6, 11 y de allí­ que su elección aquí­ siga inmediatamente al clamor de aquéllos (6, 9), pues se hace antes de los grandes cataclismos (v. 3; cf. 6, 12 ss. y nota). Según esto, a "las reliquias de Israel" o grupo fiel de los hebreos que formaron la Iglesia en sus comienzos (Rom. 11, 5) corresponderí­a también este otro grupo fiel de los últimos tiempos, convertido aquí­ "por pura gracia" (Rom. 11, 6), quizá antes de la predicación de los dos testigos (cap. 11) y en todo caso antes de la conversión total de Israel (Rom. 11, 25 ss.).

9. Si los vv. 4-8 se refieren exclusivamente a los salvados del pueblo judí­o, aquí­ se alude en cambio a innumerables cristianos que vienen "de todas las naciones", o sea de la gentilidad, por lo cual los intérpretes refieren a los cristianos todo este capí­tulo. La Liturgia, aplica los vv. 9- 12 como Epí­stola en la Misa de Todos los Santos. Según Tertuliano se tratarí­a de los salvados en tiempos del Anticristo (cf. 12, 6 y 14 y nota a los vv. 2 ss.) Las túnicas blancas y palmas y lo dicho en el v. 19 sobre la tribulación los vincula con los sacrificados de 6, 11, por donde parecerí­a que aquí­ se ha completado el número que allí­ se anuncia. No puede negarse, sin embargo, la concordancia del v. 17 con 21, 4 ni la del v. 15 con 21, 3 y 22, 3 que parecen tener un alcance más general.

14. Cf. 6, 12 ss y nota. Sobre esta tribulación , véase las palabras de Jesús en su discurso escatológico (Mat. 24, 31). Cf Dan. 12, 1 y notas.

16 s. Véase 21, 4; S. 22, 2; Is. 25, 8; 49, 10; Jer. 2, 13; Ez. 34, 11 ss. "Jesucristo será su pastor que los llenará de bienes, los apartará de todo mal y los conducirá a la misma fuente de la vida que es la visión pura de Dios" (Scí­o).



CAPÍTULO VIII

EL SÉPTIMO SELLO

1 Y cuando abrió el séptimo sello, se hizo en el cielo un silencio como de media hora. 2 Y vi a los siete ángeles que están en pie ante Dios y les fueron dadas siete trompetas. 3 Y vino otro ángel que se puso junto al altar, teniendo un incensario de oro, y le fueron dados muchos perfumes, para ofrecerlos con las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono. 4 Y el humo de los perfumes subió con las oraciones de los santos de la mano del ángel a la presencia de Dios. 5 Entonces el ángel tomó el incensario, lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó sobre la tierra. Y hubo truenos y voces y relámpagos y un terremoto.


LAS SIETE TROMPETAS

LAS CUATRO PRIMERAS TROMPETAS

6 Y los siete ángeles que tení­an las siete trompetas se aprestaron a tocarlas. 7 Y el primero tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la tierra, y fué incendiada la tercera parte de la tierra; y fué incendiada la tercera parte de los árboles, y fué incendiada toda hierba verde. 8 Y tocó la trompeta el segundo ángel, y algo como una gran montaña en llamas fué precipitada en el mar, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. 9 Y murió la tercera parte de las creaturas vivientes que estaban en el mar, y la tercera parte de las naves fué destruida. 10 Y tocó la trompeta del tercer ángel, y se precipitó del cielo una grande estrella, ardiendo como una antorcha: cayó en la tercera parte de los rí­os y en los manantiales de las aguas. 11 El nombre de la estrella es Ajenjo; y convirtióse la tercera parte de las aguas en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas porque se habí­an vuelto amargas. 12 Y tocó la trompeta el cuarto ángel, y fué herida la tercera parte del sol y la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas, de manera que se obscureció la tercera parte de ellos, y el dí­a perdió la tercera parte de luz y lo mismo la noche. 13 Y vi y oí­ cómo volaba por medio del cielo un águila que decí­a con poderosa voz: "¡Ay, ay, ay de los moradores de la tierra, a causa de los toques de trompeta que faltan de los tres ángeles que todaví­a han de tocar!".


NOTAS Asociadas al Capí­tulo VIII

1. Véase la probable explicación de este silencio en la nota a 6, 12 ss. Según ello, esta escena serí­a la continuación del 5º sello y el silencio serí­a el de los santos que allí­ clamaban y ahora esperan los acontecimientos que se describen de aquí­ en adelante. Según otros, el silencio serí­a simplemente la interrupción de las alabanzas de 4, 8 ss., 5, 8 ss., mas no explican el motivo de ella. Pirot reconoce que "aquí­ esperábamos el desenlace final y sólo vemos un final de acto", y añade que "la apertura del 7º sello permite la introducción de una nueva serie de catástrofes", cosa que no parece posible según las expresiones de nuestra citada nota de 6, 12 ss. Cf. v. 3 y nota.

2. En Tob. 12, 15 se habla también de los siete ángeles. El libro de Enoc (20, 2-8) los nombra así­: Uriel, Rafael, Raguel, Miguel, Saraquiel, Gabriel, Remeiel. Las trompetas son señal de juicio (Is. 27, 13; Joel 2, 1; Mat. 24, 31; I Cor. 15, 52; I Tes. 4, 16).

3. Véase 5, 8 y nota. Los perfumes que el ángel recoge aquí­ son las oraciones de los santos que piden la venganza de su sangre en 6, 9 s. Sin ello serí­a difí­cil explicarse cómo las oraciones de los santos de la tierra pueden producir tales calamidades sobre ella.

5. Del fuego del altar; . de los perfumes (cf. Is. 6, 6). Lo arrojó: cf. Ez. 10, 2. Los truenos , etc., marcan el final de los ellos y también el de las trompetas (11, 19) y el de las copas (16, 18).

6 ss. Las siete trompetas son otras tantas plagas y recuerdan las de Egipto (Éx. caps. 7 ss.). S. Ireneo y Lactancio las interpretan en sentido literal. S. Agustí­n sólo como metáfora de grandes azotes y castigos.

7. Cf. Éx. 9, 24: Joel 3, 3.

8. s. Cf. Éx. 7, 20; Sof. 1, 3.

10. La caí­da de esta estrella , que simboliza a un ángel con nombre de amargura (v. 11; cf. Enoc 86, 1 ss.) hace pensar en la palabra de Jesús que comparó la caí­da de Satanás con la de una estrella (Luc. 10, 18). Véase 9, 1 y nota. Cf. 12, 9 ss.

11."En IV Esdr. 5,9 se señala un cambio semejante como signo del fin - <en las aguas dulces se encontrará sal> - así­ como a la inversa el mismo Mar Muerto se convertirá en sano en los tiempos mesiánicos (Ez. 47, 8). Pirot.

13. Los tres ayes indican que las tres plagas que siguen serán más espantosas que las cuatro que preceden (9, 12; 11, 14; 12, 12; cf. Ez. 9, 8). El águila representa probablemente un ángel, como lo dicen expresamente algunos códices griegos.



CAPÍTULO IX

LA QUINTA TROMPETA

1 Y tocó la trompeta el quinto ángel, y vi una estrella que habí­a caí­do del cielo a la tierra, y le fué dada la llave del pozo del abismo. 2 Abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como el humo de un gran horno, y a causa del humo del pozo se obscurecieron el sol y el aire. 3 Del humo salieron langostas sobre la tierra y les fué dado poder, semejante al poder que tienen los escorpiones de la tierra. 4 Y se les mandó que no dañasen la hierba de la tierra, ni verdura alguna, ni árbol alguno, sino solamente a los hombres que no tuviesen el sello de Dios en la frente. 5 Les fué dado no matarlos, sino torturarlos por cinco meses; y su tormento era como el tormento que causa el escorpión cuando pica al hombre. 6 En aquellos dí­as los hombres buscarán la muerte, y no la hallarán; desearán morir, y la muerte huirá de ellos. 7 "Las langostas eran semejantes a caballos aparejados para la guerra, y sobre sus cabezas llevaban algo como coronas parecidas al oro, y sus caras eran como caras de hombres. 8 Tení­an cabellos como cabellos de mujer y sus dientes eran como de leones. 9 Sus pechos eran como corazas de hierro, y el estruendo de sus alas era como el estruendo de muchos carros de caballos que corren al combate. 10 Tení­an colas semejantes a escorpiones, y (en ellas) aguijones; y en sus colas reside su poder de hacer daño a los hombres durante los cinco meses. 11 Tienen por rey sobre ellas al ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abaddón y que lleva en griego el nombre de Apollyon. 12 El primer ay pasó; ved que tras esto vienen aún dos ayes.

LA SEXTA TROMPETA

13 Y tocó la trompeta el sexto ángel, y oí­ una voz procedente de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios, 14 y decí­a al sexto ángel que tení­a la trompeta: "Suelta a los cuatro ángeles encadenados junto al gran rí­o Éufrates." 15 Y fueron soltados los cuatro ángeles que estaban dispuestos para la hora y el dí­a y el mes y el año, a fin de exterminar la tercera parte de los hombres. 16 Y el número de las huestes de a caballo era de doscientos millones. Yo oí­ su número. 17 En la visión miré los caballos y a sus jinetes: tení­an corazas como de fuego y de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de su boca salí­a fuego y humo y azufre. 18 De estas tres plagas murió la tercera parte de los hombres, a consecuencia del fuego y del humo y del azufre que salí­a de las bocas de aquellos. 19 Pues el poder de los caballos está en su boca y en sus colas; porque sus colas, semejantes a serpientes, tienen cabezas, y con ellas dañan. 20 Mas el resto de los hombres, los que no fueron muertos con estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos y no cesaron de adorar a los demonios y los í­dolos de oro y de plata y de bronce y de piedra y de madera, que no pueden ver ni oí­r ni andar. 21 Ni se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerí­as, ni de su fornicación, ni de sus latrocinios.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo IX

1. Aunque hay otras opiniones sobre ángeles buenos, parece claro que esta estrella es la que cayó en la tercera trompeta (8, 10 y nota). Aquí­ Satanás se pone en campaña, abriendo el pozo del abismo , lo cual parece ser lo mismo que desencadenar a los demonios. Cf. Luc. 8, 31. En 20, 1 ss., lo veremos a él encerrado en ese abismo.

3 ss. También en el Antiguo Testamento las langostas son anunciadas como ejecutoras de los juicios de Dios contra los moradores de la tierra. Véase Éx. 10, 12-15; Sab. 16, 9; Jer 51, 14; Joel 1, 4 ss; 2, 2 ss. El encargo que se les da en los vv. siguientes, y su descripción, muestran que son demonios. Ya en la antigua Babilonia, p. ej., en la leyenda de Gilgamesch algunos demonios son representados en forma de hombres- escorpiones.

4 s. Que no tuviesen el sello de Dios: cf. 7, 2 ss. y nota; Luc. 21, 36. Por cinco meses : se ha observado que las plagas de langosta suelen extenderse en Asia por espacio de cinco meses. Cf. Is 2, 19; Os. 10, 8; Luc. 23, 30.

9. El ruido de una manga de langostas es parecido al de los carros de guerra, como dice ya el profeta Joel al describir una plaga de langostas que devastaba a Palestina (Joel 2, 5). Muchos han creí­do ver aquí­ alguna monstruosa arma de guerra ultramoderna. Pero no ha de olvidarse que salieron del pozo del abismo (v.2).

11. Abaddon, equivalente de infierno, significa en hebreo exterminio o ruina (en griego: apó eia). Cf. Job. 26, 6. Así­ se llama también el jefe del infierno, cuyo oficio consiste en la destrucción de los hombres, porque "los ángeles buenos o malos suelen tomar su nombre de aquel ministerio en que se ocupan" (S. Gregorio Magno).

12. Sobre los tres ayer, cf. 8, 13 y nota.

14. El Éufrates era el lí­mite oriental del Imperio Romano y del mundo civilizado. Véase 16, 12.

15. Puede tratarse muy bien de cuatro ángeles malos, pues están encadenados (cf. Tob. 8, 3). Las innumerables tropas de a caballo que producen tan enormes matanzas parecerí­an simbolizar las grandes guerras mundiales, que ya nos hemos acostumbrado a ver como caracterí­sticas de nuestro tiempo (cf. 6, 2 y nota). Las cifras, como en todo el Apocalipsis, significan la inmensa magnitud de las catástrofes, aun cuando no se las tome en sentido aritmético, si bien ante los pavorosos "progresos" de la humanidad en esa materia, ya no nos sorprenden tales cifras que a los antiguos parecí­an siempre simbólicas.

20. Ni siquiera con estos castigos en que perece una tercera parte de los hombres (v. 18) se obtiene el arrepentimiento de los malos que quedan con vida. La tremenda comprobación se repite en 18, 9 y 11. Sólo en 11, 13, cuando los dos testigos resucitados suben al cielo a la vista de todos se habla de un arrepentimiento cuyo alcance ignoramos. Dolorosa confirmación de la pertinacia humana, que empezó en el Paraí­so y no terminará nunca mientras pueda tomar el partido de Satanás contra Cristo, como se ve en 16, 14; 19, 19 y hasta en 20, 7. Bien lo anunció ya el mismo Jesús (cf. Luc. 18, 8; Am. 4, 8 y nota).



CAPITULO X

EL LIBRO PROFÉTICO

1 Y vi a otro ángel poderoso que descendí­a del cielo, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza. Su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego. 2 Tení­a en su mano un librito abierto, y puso su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra; 3 y clamó con gran voz, como un león que ruge; y cuando hubo clamado, los siete truenos levantaron sus voces. 4 Y cuando hubieron hablado los siete truenos, iba yo a escribir; mas oí­ una voz del cielo que decí­a: "Sella lo que dijeron los siete truenos y no lo escribas". 5 Entonces el ángel que yo habí­a visto de pie sobre el mar y sobre la tierra, alzó su mano derecha hacia el cielo, 6 y juró por Aquel que vive por los siglos de los siglos -que creó el cielo y cuanto hay en él, y la tierra y cuanto hay en ella, y el mar y cuanto hay en él- que ya no habrá más tiempo, 7 sino que en los dí­as de la voz del séptimo ángel, cuando él vaya a tocar la trompeta, el misterio de Dios quedará consumado según la buena nueva que Él anunció a sus siervos los profetas.

EL APÓSTOL COME EL LIBRO

8 La voz que yo habí­a oido del cielo me habló otra vez y dijo: "Ve y toma el libro abierto en la mano del ángel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra" 9 Fuí­, pues, al ángel y le dije que me diera el librito. Y él me respondió: "Toma y cómelo; amargará tus entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel." 10 Tomé el librito de la mano del ángel y lo comí­; y era en mi boca dulce como la miel, mas habiéndolo comido quedaron mis entrañas llenas de amargura. 11 Me dijeron entonces: "Es menester que profetices de nuevo contra muchos pueblos y naciones y lenguas y reyes."


NOTAS Asociadas al Capí­tulo X

1. Juan habí­a sido raptado al cielo en 4, 2. Se considera que desde este momento está de nuevo en la tierra. Vemos que entre la sexta trompeta (9, 13) y la última (11, 15) hay una interrupción en el Libro, como entre el 6º y el 7º sellos (6, 12 ss. y notas). Otro ángel poderoso: como el de 5.

2. Según observa Fillion. su aspecto recuerda el de Jesús transfigurado (1, 16: Mat. 17, 2), por donde se ve que no podrí­a simbolizar a ningún personaje humano, cosa que no sucede nunca ni en el Apocalipsis ni en toda la Biblia (cf. 1, 20 y nota), y que se confirma por toda su actitud en este capí­tulo (cf. v. 6 s). El que sea poderoso ha hecho pensar que pudiera tratarse de Gabriel, cuyo nombre significa fuerza de Dios.

3 s. Los truenos, que según la Biblia indican la voz de Dios (S. 28, 1 ss.; Juan 12, 28 s.), suenan como para ratificar la autoridad del ángel, que tal vez se dirigió a ellos, pero además del ángel, que tal vez se dirigió a ellos, pero además expresan algo inteligible, puesto que Juan se disponí­a a escribirlo (v, 4), según se le ordenó al principio (1, 11 y 19). La prohibición de hacerlo esta vez -cosa excepcional en todo el Apocalipsis (cf. 1, 3; 22, 10; Dan. 12, 4 y 9) - no le es dada por la misma voz de los truenos, ni por la del ángel, sino por una voz del cielo, la misma del v. 8. "¿Qué misterio encierra esta reserva absoluta, inesperada para los desaprensivos?"

5 s. Alzó su mano: para jurar. No habrá más tiempo: o sea más plazo, pues va a terminar la presente dispensación temporal y a cumplirse los anuncios escatológicos de los profetas (v. 7). Cf. Luc. 21, 24.

7. El misterio de Dios quedará consumado: "Desde ahora se sabe que el momento de la consumación será marcado por la séptima trompeta (3er. ay: 11, 15-19), que introduce todo el perí­odo final. Este perí­odo verá el advenimiento efectivo y reconocido de la soberaní­a divina. Satanás y sus agentes los Anticristos serán destruidos (11, 17-18)... Plan grandioso llamado, en razón de su carácter secreto, el misterio de Dios. Se halla en Ef. 1, 9-11 y Col 2.2 la misma expresión y concepción: el plan divino comporta la unificación de todas las cosas bajo el Cristo que las reúne (anakefalaiósastai)... La demora para ese final, fuertemente marcada aún en 6, 11 y 7, 1-3, desaparece ya" (Pirot). Sobre esto, que S. Pablo llama por antonomasia el misterio, véase Mat. 24. 14; Rom 16, 25; Ef. 1, 1ss.; 3, 1-12; Col. 1, 26; I Pedro 1, 10 ss. y las notas respectivas. Cf. Hech. 3, 20 s.; 15, 14 ss. y notas. Sobre la séptima trompeta cf. 11, 15.

8 ss. La voz del cielo: cf. v. 3. El libro en el v. 2 es llamado librito. Comer el libro recuerda a Ez. 2, 8 s; 3, 1 y simboliza que el Apóstol ha de enterarse por completo de su contenido. Su gusto dulce (cf. Jer. 15, 16) y luego amargo, significa la dulzura de la divina Palabra y el horror del santo Apóstol al contemplar en espí­ritu, como en 17, 6 y como Jesús en Getsemaní­, los abismos de la apostasí­a y sus castigos. Scí­o ve en este libro el Evangelio que hubiese de ser predicado de nuevo (v, 11) con la buena nueva del Reino, precisamente antes de la consumación mencionada en el v. 7 (Mat. 24, 14). Los modernos ven más bien las profecí­as que siguen desde la séptima trompeta (cf. 11, 15, etc), lo cual en definitiva es un desarrollo de lo anunciado por Jesús en sus predicaciones escatológicas. Pirot considera, en este sentido, que el librito debe comprender las visiones que siguen y "que tienen el color polí­tico de los caps 11 a 20; en particular los reyes aludidos no pueden ser sino los de 17. 10 y 12"

11. Es menester que profetices de nuevo: Apoyados en este texto, en Juan 21, 22 s. y en Mat 16, 28, creí­an algunos que S. Juan el Apóstol y Evangelista no habí­a muerto todaví­a y que vendrí­a personalmente, como los dos testigos del cap. 11, para predicar y morir. Así­ S. Hilario, S. Ambrosio, S. Gregorio Nacianceno, S. Francisco de Sales, etc. Si bien los teólogos modernos no atribuyen mayor importancia a esta interpretación, algunos autores piensan, como Nácar-Colunga, que: "Esta nueva profecí­a mira a las naciones y a israel mismo, que deben sufrir un juicio divino antes de cumplirse el misterio de Dios o sea el misterio del Mesí­as". Por su parte González Maeso da por seguro que si San Juan no viene personalmente a cumplir esa predicción, su profecí­a será entonces leí­da en todos los pueblos y naciones para dar cumplimiento a la promesa divina". Véase 14, 6 y nota.vv



CAPÍTULO XI

LOS DOS TESTIGOS

1 Fuéme dada una caña, semejante a una vara, y se me dijo: "Levántate y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran allí­". 2 Mas el atrio exterior del templo déjalo fuera, y no lo midas, por que ha sido entregado a los gentiles, los cuales hollarán la Ciudad santa durante cuarenta y dos meses. 3 Y daré a mis dos testigos que, vestidos de sacos, profeticen durante mil doscientos sesenta dí­as. 4 Estos son los dos olivos y los dos candelabros que están en pie delante del Señor de la tierra. 5 Y si alguno quisiere hacerles daño, sale de la boca de ellos fuego que devora a sus enemigos. Y el que pretenda hacerles mal, ha de morir de esta manera. 6 Ellos tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva durante los dí­as en que ellos profeticen; tienen también potestad sobre las aguas, para convertirlas en sangre, y herir la tierra con toda suerte de plagas cuantas veces quisieren. 7 Y cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará guerra, los vencerá, y les quitará la vida. 8 Y sus cadáveres (yacerán) en la plaza de la gran ciudad que se llama alegóricamente Sodoma y Egipto, que es también el lugar donde el Señor de ellos fué crucificado. 9 Y gentes de los pueblos y tribus y lenguas y naciones contemplarán sus cadáveres tres dí­as y medio, y no permitirán que se dé sepultura a los cadáveres. 10 Y los habitantes de la tierra se regocijan a causa de ellos, hacen fiesta, y se mandarán regalos unos a otros, porque estos dos profetas fueron molestos a los moradores de la tierra. 11 Pero, al cabo de los tres dí­as y medio, un espí­ritu de vida que vení­a de Dios, entró en ellos y se levantaron sobre sus pies, y cayó un gran temor sobre quienes los vieron. 12 Y oyeron una poderosa voz del cielo que les decí­a: "Subid acá." Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos. 13 En aquella hora se produjo un gran terremoto, se derrumbó la décima parte de la ciudad y fueron muertos en el terremoto siete mil nombres de hombres; los demás, sobrecogidos de temor, dieron gloria al Dios del cielo. 14 El segundo ay pasó; ved que el tercer ay viene pronto.

LA SÉPTIMA TROMPETA

15 Y tocó la trompeta el séptimo ángel, y se dieron grandes voces en el cielo que decí­an: "El imperio del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Cristo; y Él reinará por los siglos de los siglos." 16 Y los veinticuatro ancianos que delante de Dios se sientan en sus tronos, se postraron sobre sus rostros y adoraban a Dios, 17 diciendo: "Te agradecemos, Señor Dios Todopoderoso, que eres y que eras, por cuanto has asumido tu gran poder y has empezado a reinar. 18 Habí­anse airado las naciones, pero vino la ira tuya y el tiempo para juzgar a los muertos y para dar galardón a tus siervos, los profetas, y a los santos y a los que temen tu Nombre, pequeños y grandes y para perder a los que perdieron la tierra." 19 Entonces fué abierto el Templo de Dios, el que está en el cielo, y fue vista en su Templo el arca de su Alianza; y hubo relámpagos y voces y truenos y terremoto y pedrisco grande.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XI

1. Fillion inicia el comentario de este capí­tulo haciendo notar que "es en él donde hallamos indicada la suerte que espera "es en él donde hallamos indicada la suerte que espera al pueblo judí­o" y observa que la mención del Templo de Dios (v. 2) nos muestra al Templo de Jerusalén y la operación de medir recuerda la de Ezequiel (cf, Ez. 40, 3 ss; 41, 13; 42, 16), siendo de notar que no puede tratarse del Templo histórico, pues éste habí­a sido destruido por los Romanos el año 70, es decir, casi treinta años antes que S. Juan escribiera el Apocalipsis. " El Templo de Dios, que hasta ahora era el templo celestial se aplica al templo de Jerusalén (v. 1); esta ciudad es llamada la Ciudad Santa (v. 2), expresión que designa a la Jerusalén celestial en 21, 2 y 10; 22, 19; asimismo se llama a Jerusalén la gran ciudad (v. 8), designación técnica de Roma (16, 19; 17, 18; 18, 10); en fin, los habitantes de la tierra (v.10) son los Palestinos, en tanto que la expresión se aplica de ordinario al conjunto de los gentiles" (Pirot). Una caña: cf. 21, 15; Zac. 2, 2.

2. A los gentiles: así­ lo anuncia Jesús en Luc. 21, 24, añadiendo que ello será hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido. Cuarenta y dos meses, espacio que corresponde a los 1260 dí­as del v. 3 y de 12, 6; a los tres tiempos (años) y medio de 12, 14 y a los cuarenta y dos meses de 13, 5 (cf. v. 6 y nota). Buzy, citando a Dan. 9, 27, hace notar que este hecho pertenece a la última semana de Daniel. Gelin observa igualmente que el texto viene de Dan. 7, 25 y 12, 7. Cf. Dan. 12, 11 y 12.

3. Los intérpretes antiguos ven en los dos testigos a Elí­as y a Enoc, que habrí­an de venir para predicar el arrepentimiento (cf. Ecli. 44, 16; 48, 10; 49, 16 y notas). Hoy se piensa más bien en Moisés y Elí­as (Simón- Prado), los dos testigos de la Transfiguración (Marc. 9, 1 ss y notas) que representan "la Ley y los Profetas"; y es evidente la semejanza que por sus actos tienen con aquéllos estos dos testigos (v. 5 s. y notas), siendo de notar que Moisés, según una leyenda judí­a que trae Josefo, habrí­a sido arrebatado en una nube en el monte de Abar. Por otra parte, y sin perjuicio de lo anterior, Bossuet ve en los dos testigos la autoridad religiosa y la civil y en tal sentido es también evidente la relación que ellos tienen con "los dos olivos" de Zacarí­as, que son el prí­ncipe Zorobabel y el sacerdote Jesús hen Josedec (véase Zac. 4, 3 y 11 s.; Ecli, 49, 13 ss. y notas). Ello podrí­a coincidir con los muchos vaticinios particulares sobre el "gran monarca" que lucharí­a contra el Anticristo de consuno con la autoridad espiritual, ya que también las dos Bestias del Apocalipsis presentan ambos aspectos: el polí­tico en la Bestia del mar (13, 1ss) y el religioso en el falso profeta que se pondrá a su servicio (13, 11 ss.).

4. Los dos olivos: alusión evidente a Zac. 4. Véase la nota anterior.

5. Alusión a Elí­as (IV Rey, 1, 10 y 12)

6. Alude igualmente a Elí­as, en cuyo tiempo no hubo lluvia (III Rey. 17, 1) y a Moisés que convirtió el agua del Nilo en sangre (Éx. 7, 19). Algunos han pensado sin embargo que Moisés y Elí­as son más bien las dos alas referidas en 12, 14. Con respecto al primero, dice un autor que la cifra de tres años y medio (los 42 meses del v. 2) "ha tomado la significación alegórica de tiempo de crisis, sentido de tal modo tradicional que Sant. 5, 17 y Luc. 4, 25 se sirvieron de él para señalar la duración de una sequí­a que en realidad no duró sino tres años". Notemos que el texto que narra el fin de aquella sequí­a en III Rey. 18, 1 se armoniza muy bien con los citados, si se entiende según la versión más exacta, que Dios ordenó la lluvia "pasados ya muchos dí­as del año tercero" o sea cuando estaban muy excedidos los tres años. Así­ lo entendieron sin duda tanto Jesús como el Apóstol Santiago al hablar de este episodio en los citados pasajes.

7. La bestia que sube del abismo simboliza al Anticristo y su aparición se anticipa aquí­, pues sólo se trata de ella en el cap. 13. Ello muestra de nuevo que dicho capí­tulo se vincula cronológicamente al presente.

8. En la plaza: más exacto que en las plazas (Vulgata). Sodoma y Egipto, figuras del mundo enemigo de Dios, son aquí­ nombres dados a esa Jerusalén pisoteada (v, 2). Véase Is. 1, 10; Jer. 23, 14; Éz. 16, 46.

10. El mundo, adulado por sus falsos profetas, se llena de júbilo creyendo verse libre de aquellos santos cuyos anuncios no podí­an soportar (cf. Juan 7, 7; 15, 18 ss.). Pronto se verá su error, como lo demuestran las plagas que siguen.

13. Dieron gloria: cf. 14, 7 y 16, 9. Contraste con 9, 20 s. "Se admite bastante comúnmente que este rasgo anuncia la conversión futura de los judí­os, predicha de igual modo por S. Pablo en Rom. 11, 25 ss. En el Nuevo Testamento el tí­tulo de Dios del cielo no aparece más que aquí­ y en 16, 11. Cf. Dan. 2, 18 y 44" (Fillion). Véase 7, 2 ss. y nota.

14. Sobre los tres ayes véase 8, 13 y nota. Después de la intercalación que separa como siempre las unidades 6º y 7º de cada serie (cf. 10, 1 y nota) sigue aquí­ el relato interrumpido en 9, 21. Ahora, dice Pirot, "va a realizarse el misterio de Dios (cf. 10, 7), su soberaní­a efectiva y la del Cristo que de antemano se ha visto como cumplida".

15. Cf. 9, 13; 10, 7 y nota. Ante el reino de Cristo que llega, los cielos prorrumpen en júbilo. Muchos expositores creen que aquí­ se trata del triunfo de Jesús sobre el Anticristo (cf. 19, 11-20) a quien Él matará "con el aliento de su boca y con el resplandor de su venida" (II Tes. 2, 8). Es decir, que este v. es el antí­poda de Juan 14, 30, donde Jesús declaró que el prí­ncipe de este mundo es Satanás (cf. Juan 18, 36). Entonces, después de la muerte del Anticristo, como comentan algunos SS.PP. e intérpretes, se convertirán los judí­os, "no habiendo más obstáculo al establecimiento del reino completo de Dios y de Cristo sobre el mundo" (Fillion). Cf. Dan. 7, 14 y nota. Pirot señala como caracterí­stica del estilo apocalí­ptico la falta de esperanza en el "siglo presente" para refugiarse en el "siglo futuro". Podrí­a extenderse esta caracterí­stica a todos los escritos del Nuevo Testamento, siendo evidente que tener esperanza significa no estar conforme con lo presente (cf. Gál 1, 4 y nota), pues quien está satisfecho con lo actual se arraiga aquí­ abajo (cf. Jer. 35, 10) y no desea que venga Cristo (22, 20). Lo que se teme no se espera, dice S. Pablo (Rom, 8, 24), y de ahí­ que a los mundanos parezca pesimista el Evangelio no obstante sus maravillosas promesas eternas, como aquellos "que no pueden perdonarle a Cristo que haya anunciado la cizaña hasta el fin (Mat. 13, 30 y 39 ss) en vez de traer un mensaje de perfección definitiva en esta vida" (cf. Luc. 18, 8). He aquí­ una piedra de toque para que probemos la realidad de nuestra propia fe (cf. I Pedro 1, 7), sin lo cual ella puede degenerar en una simple costumbre, tal vez con apariencia de piedad (II Tim. 5, 3), pero sin carácter sobrenatural, según lo que reprochó Jesús a Pedro y a los discí­pulos aun después de su Resurrección (Mat. 16, 23; Luc. 24, 25). La esperanza del Mesí­as, dice el Conc. Trid., no es menos para nosotros que para el antiguo Israel. Si ahora tuviésemos la plenitud, no vivirí­amos de esa esperanza. Pasajes como éste, llenos de espí­ritu de alegrí­a, de esperanza y amor, abundan en el Apocalipsis y nos muestran una vez más (cf. introducción a Isaí­as) que los libros proféticos no son frí­os anuncios de sucesos futuros - lo que ya bastarí­a para darles extraordinario interés -, sino también precioso alimento de nuestra vida espiritual. Comprendemos entonces que esta lectura sea llamada una bienaventuranza. Cf. 1, 3 y nota.

16. Sobre los ancianos véase 4, 4ss.

17. La Vulgata añade: Y que has de venir, palabras que el original griego no contiene ni aquí­ ni en 16, 5, lo cual se explica porque, como observan los comentadores, el advenimiento se da por realizado ya.

18. Habí­anse airado las naciones: eco retrospectivo del S. 2, 1. Fillion lo compara con S. 98, 1, en el cual se ve la ira de los enemigos del pueblo de Dios. Los capí­tulos que siguen muestran las plagas que caerán sobre ellos.

19. El arca de su alianza, oculta a los ojos de los mortales en el templo de Jerusalén, se manifestará a todos (15, 5), lo cual significa el triunfo final del Cordero que fué inmolado y que ahora será el León de Judá (5, 5), y los bienes provenientes de este triunfo cuya descripción se hará en los capí­tulos siguientes. Los terribles cuadros que van desfilando ante nuestros ojos, son otros tantos motivos de fe, amor y esperanza para los que tienen sus ojos fijos en Aquel que está simbolizado en el Arca del Testamento. Sobre ella, véase Ez. 41, 26 y nota. "Ella figuraba, dice Fillion, el trono del Señor en medio de su pueblo. Su aparición súbita, en el momento en que acaba de comenzar el Reino eterno de Dios, es muy significativa: la alianza está consumada para siempre entre el Rey celestial y su pueblo". Hubo relámpagos, etc., como sucede paralelamente al final de los sellos (8,5) y de las copas (16, 18).



LA LUCHA CON EL DIABLO Y ANTICRISTO

CAPÍTULO XII

LA MUJER Y EL DRAGÓN

1 Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas, 2 la cual, hallándose encinta, gritaba con dolores de parto y en las angustias del alumbramiento. 3 Y vióse otra señal en el cielo y he aquí­ un gran dragón de color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas. 4 Su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó a la tierra. El dragón se colocó frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo luego que ella hubiese alumbrado. 5 Y ella dió a luz a un hijo varón, el que apacentará todas las naciones con cetro de hierro; y el hijo fué arrebatado para Dios y para el trono suyo. 6 Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para que allí­ la sustenten durante mil doscientos sesenta dí­as.

EL DRAGÓN VENCIDO POR SAN MIGUEL

7 Y se hizo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles pelearon contra el dragón; y peleaba el dragón y sus ángeles, 8 mas no prevalecieron, y no se halló más su lugar en el cielo. 9 Y fué precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama el Diablo y Satanás, el engañador del universo. Arrojado fué a la tierra, y con él fueron arrojados sus ángeles. 10 Y oí­ una gran voz en el cielo que decí­a: "Ahora ha llegado la salvación, el poderí­o y el reinado de nuestro Dios y el imperio de su Cristo, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios dí­a y noche. 11 Ellos lo han vencido en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra, de la cual daba testimonio, menospreciando sus vidas hasta morir. 12 Por tanto alegraos, oh cielos, y los que habitáis en ellos. Mas ¡ay de la tierra y del mar! porque descendió a vosotros el Diablo, lleno de gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo".

EL DRAGÓN CONTINíšA LA PERSECUCIÓN DE LA MUJER

13 Cuando el dragón se vió precipitado a la tierra, persiguió a la mujer que habí­a dado a luz al varón. 14 Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande para que volase al desierto, a su sitio donde es sustentada por un tiempo y (dos) tiempos y la mitad de un tiempo, fuera de la vista de la serpiente. 15 Entonces la serpiente arrojó de su boca en pos de la mujer agua como un rí­o, para que ella fuese arrastrada por la corriente. 16 Mas la tierra vino en ayuda de la mujer, pues abrió la tierra su boca, y sorbióse el rí­o que el dragón habí­a arrojado de su boca. 17 Y se enfureció el dragón contra la mujer, y se fué a hacer guerra contra el resto del linaje de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús. 18 Y apostóse sobre la arena del mar.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XII

1 ss. " La mujer de las doce estrellas aparece en el cielo como una señal, es decir, una realidad prodigiosa y misteriosa... Esta personificación de la comunidad teocrática era como tradicional (Os. 2, 19-20; Jer, 3, 6-10; Ez. 16, 8) y la imagen de Sión en trande de alumbramiento no era desconocida del judaí­smo (Is. 66. 8). La maternidad mesiánica afirmada aquí­ (w. 2 y 5) lo es también en IV Esdr. 9, 43 ss.; 10, 44 ss." (Pirot). Sobre su frecuente aplicación a la Iglesia, dice Sales que en tal caso a la palabra iglesia debe ser tomada en su sentido más lato, de modo que comprenda ya sea el Antiguo, ya el Nuevo Testamento". Algunos restringen este simbolismo a Israel que se salva según el capí­tulo anterior (11, 1, 13 y 19; cf. 7, 2 ss. y nota), considerando que las doce estrellas son las doce tribus, según Gén. 37, 9, Gelin dice a este respecto que "en cuanto refugiada en el desierto (v. 6 y 14-16) la mujer no puede ser sino la comunidad judí­o-cristiana", pero no precisa si es la que se convierte al principio de nuestra era (cf. Rom. 9, 27; Gál. 6, 16) o al fin de ella (Rom. 11, 25 ss.) Cf. Miq. 5, 3 ss. En cuanto a la Iglesia en el sentido de Cuerpo Mí­stico de Cristo, ¿cómo explicar que ella diese a la luz al que es su Cabeza (Col. 1, 18), cuando, a la inversa, se dice nacida del costado del nuevo Adán (Juan 19, 34; Rom. 5, 14) como Eva del antiguo (Gén. 3, 20)? Ni siquiera podrí­a decirse de ella como se dice de Israel, que convirtiéndose a Cristo podrí­a darlo a luz "espiritualmente" como antes lo dió a luz según la carne (Rom. 9, 5), pues la Iglesia es Cuerpo de Cristo precisamente por la fe con que está unida a Él. Por otra parte, el misterio es más complejo aún si consideramos que empieza como una señal en el cielo (v. 1), o sea, fuera del espacio y también del tiempo (lo cual parece brindar amplio horizonte a la interpretación), mas luego vemos que el dragón, que también estaba en el cielo (vv. 3 y 7), es precipitado a la tierra (vv. 9 s. y 12) y sin embargo aún persigue a la mujer (v, 13) y ella huye al desierto (v. 14), dándose así­ a entender que también ella estaba entonces en la tierra, y aun que el parto habí­a sido ya aquí­, pues que el Hijo es arrebatado hacia Dios (v, 5) y ella habí­a huí­do al desierto ya en v. 6, la Liturgia y muchos escritores patrí­sticos emplean este pasaje en relación con la Santí­sima Virgen, pero es sólo en sentido acomodaticio, pues "la mención de los dolores del parto se opone a que se vea aquí­ una referencia a la Virgen Marí­a", la cual dió a la luz sin detrimento de su virginidad. Puede recordarse también la misteriosa profecí­a del Protoevangelio (Gén. 3, 15 s, ), donde se muestra ya el conflicto de este capí­tulo entre ambas descendencias (cf. Mat. 3, 7; 13, 38; 8, 44; Miq. 5, 3; Rom. 16, 20; Col. 2, 15; Hebr. 2, 14) y se anuncian dolores de parto como aquí­ (v. 2; Gén. 3, 16), lo cual parecerí­a extender el sí­mbolo de esta mujer a toda la humanidad redimida por Cristo, concepto que algunos aplican también a las Bodas de 19, 6 ss., que interpretan en sentido lato considerando derribado el muro de separación con Israel (Ef. 2, 14). Planteamos estas observaciones como materiales de investigación para que ahonden en ella los estudiosos (cf. Juan 21, 25 y nota) hasta que el divino Espí­ritu quiera descubrirnos plenamente este escondido misterio, que es grande pues de él depende quizá la solución de muchos otros. Dice un autor moderno que en nuestro tiempo hay mayores luces bí­blicas que en otros. Un tiempo así­ está anunciado en Dan. 12, 3-4. ¿Será el nuestro? (cf. 3, 8 y nota).

3. El dragón, llamado serpiente en el v. 14, es el mismo Satanás (vv. 7 y 10; 20, 2). ¡Siete diademas! Ellas indican, dice Fillion, su autoridad real. Son las que le corresponden como prí­ncipe de este mundo (Luc. 4, 5 ss; Juan 14, 30). Pero muchas más tendrá Jesús el dí­a de su triunfo (19, 12).

4. Estas estrellas ¿son los ángeles malos? No lo parece, pues éstos están aún en el cielo en el v. 7. El dragón, como rival, anhela destruir los planes de Dios desde Gén. 3, 15. Cf. I Pedr. 5, 8; Mat. 16, 18.

5. Fillion, recordando a Primasio, explica que se trata de un nacimiento espiritual y señala que la mención del cetro de hierro alude a 2, 27; 19, 15; S. 2, 9, por lo cual "el recién nacido no es el Cristo en su humillación tal como apareció en Belén, sino el Mesí­as omnipotente y rey del mundo entero" (11, 15 ss.). Su arrebato "para Dios y para el trono suyo" parece encerrar los misterios que se describen en S. 109, 1 ss. y Dan 7, 13 ss., o sea los de la glorificación de Cristo, tanto a la diestra del Padre cuanto en su triunfo final a la vista de las naciones (cf. 5, 7 y notas; S. 44, 71, 95-98, etc.). Los que ven en la mujer de Israel, como esposa repudiada y perdonada de Yahvé (Is. 54, 1 ss), sostienen que ella dará a la luz espiritualmente a Cristo el dí­a de su conversión (cf. 11, 13) después de haberlo dado a luz prematuramente, sin estar preparada para recibirlo, cuando " Él vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron" (Juan 1, 11). Cf. Is. 66, 7s.; Miq. 5, 2.

6. Véase v. 14 y 11, 2 y 3, donde este mismo tiempo es expresado en dí­as y en meses. Cf. Is. 26, 20; Os. 2, 14.

7. Como dice Mons. Ballester Nieto, "esta batalla no se ha de entender la misma que narra S. Pedro (II, 2, 4) que hubo en el cielo cuando la defección de Lucifer, sino una batalla que habrá en los últimos tiempos". Entretanto el dragón (cf. v. 10 y nota) espera el momento (Is. 27, 1; Judas 6), pues "según el principio apocalí­ptico de retorno a los orí­genes (cf. 2, 7 y nota) la lucha primordial se repetirá en los tiempos finales" (Pirot). Cf. Mat. 19, 28; Hech. 3, 21; Ef, 1, 10. A este respecto Iglesias hace notar que "todos los intentos de Satanás serán arruinar a Cristo y su obra. Toda la vida de la Iglesia será sufrir los dolores que necesita sufrir para que los tiempos mesiánicos traigan a los hombres la paz de Cristo en el reino de Cristo". "Miguel, en Hebreo Mi-ka-El (¿quién es como Dios?), uno de los principales ángeles, probablemente uno de los siete que están delante del trono de Dios (cf. 1, 4 y nota); es llamado arcángel en Judas 9; Daniel lo llama "uno de los principales jefes" (Dan. 10, 13) y dice que está especialmente encargado de los intereses del pueblo de Israel (Dan. 10, 21; 12, 1)" (Crampon). Cf. 20, 1; I Tes. 4, 16 y notas.

10. Ha llegado la salvación: En el N. T., como en el Antiguo, se entiende por salvación no el dí­a de la muerte de cada uno, sino el dí­a de la glorificación que recibirá Cristo ante las naciones y ante Israel (Luc. 21, 28; Rom. 8, 23). Lo mismo se dice aquí­ de su poderí­o (como en 11, 25; 19, 6, etc.) en que se cumplirá la promesa del S. 109, 3, pues Él está ahora como Sacerdote del Santuario celestial intercediendo por nosotros (Rom. 8, 34; Hebr. 7, 24 s.; 8, 1 ss.) "aguardando lo que resta" para el momento que aquí­ describe S. Juan (Hebr. 10, 12 s.; 2, 8). Acusador: Satán significa en hebreo, acusador o calumniador. Lo mismo significa en griego la voz del diablo. De nuestros hermanos: (Miq. 5, 2; cf. Mat, 25, 40). Fillion hace notar que el ejemplo del indicativo presente en el griego señala un hecho perpetuo. Sobre este hecho véase I Par. 21, 1-2; Job 1, 6 ss.; 2, 1 ss.; Zac. 3, 1 s., etc." Es notable que el espí­ritu del mal no tenga en ningún idioma nombre sustantivo sino adjetivo, a la inversa de Dios, cuyo nombre es Yahvé, el sustantivo por antonomasia, o sea "Él que es" (Éx. 3, 14). Es que el espí­ritu maligno es "el que no es"; quiere decir que no es un principio del mal que exista por sí­ mismo y que pueda hacer frente a Dios (como Ahrimán o Ormuzd en la religión persa de Zoroastro), sino una simple creatura rebelde a su creador. Cf. Judas 9; Zac, 3, 2; Is. 14; Ez. 28, 11 ss. y notas). El misterio del gran poder de Satanás está en que el hombre se le entregó voluntariamente, prefiriendo pertenecer a él antes que a Dios (cf. Sab. 2, 24 y nota).

11. Notemos las dos armas que dan el triunfo: la Sangre del Cordero y su Palabra. Cf. Mat. 4, 10 y nota.

12. Comienza el tercer ay. Las asechanzas de los poderes infernales crecerán, pues, y este lamento final recuerda la advertencia de 8, 13. La esencia de la historia se sintetiza durante todos los siglos en el combate que el dragón desencadena para destruir la obra de Cristo, pues desde antiguo está obrando el misterio de la iniquidad (II Tes. 2, 7). Pero ahora es arrojado a la tierra (v, 9) y multiplicará su furor porque queda poco tiempo antes de su encierro (20, 2 s.). Nos lo muestra el himno triunfal que aqui entonan los moradores del cielo (cf. 4, 8-11), en primer lugar sin duda las almas que allí­ clamaban en 6, 10. Dedúcese de aquí­ una verdad que nuestra pobre carne nos hace olvidar cada dí­a: si el incremento del mal en la tierra es condición indispensable y preanuncio de que se acerca la venida del Señor (II Tes, 2, 3; Mat. 24, 24; Luc. 17, 26-30; 18, 8, etc.), el espí­ritu lejos de turbarse y dejarse engañar (Mat. 24, 5-6), debe alegrarse ante la dichosa esperanza que se acerca (Tito 2, 13).

13. s Cf. v. 6 y nota. "No se trata de una segunda huí­da de la mujer al desierto. Los vv. 13 y 14 vuelven a tomar el v. 6 y lo desarrollan" (Buzy) Las dos alas del águila grande: sí­mbolo de la protección divina (cf. Ex. 19, 4; Is. 40, 31). Algunos piensan que las dos alas que se dan por conocidas, son dos personajes, probablemente Moisés y Elí­as, que representan la Ley y los Profetas. Cf. 11, 3; Os 11, 11. Al desierto. Cf. Os. 2, 14-20; 3, 5; 6, 1-3. Fundados en estos textos de Oseas, que era un profeta del reino de Israel, algunos dicen que podrí­a haber en esta mujer una alusión especial a esas diez tribus de la diáspora, que no habí­an conocido a Jesucristo porque cuando Él vino estaban ausentes por su cautiverio en Asiria (IV Rey, 17, 6). Cf. v. 19, 16 12; Is. 54, 1; Ez. 37, 19 ss; Juan 10, 16; IV Esdr. 13, 39 ss. Por un tiempo, etc. Serí­an tres años y medio, el mismo lapso que se halla en el v. 6 y en 11, 2 y 13, 5. Fillion observa que la expresión es tomada de Dan. 7, 25 y que su sentido es: "hasta la Parusí­a de Cristo". Cf. Dan. 12, 7.

17. Cf. 13, 10; 14, 12, 18, 10. Merk cita aquí­ Gén. 3, 5 y Fillion ve asimismo una evidente alusión a dicho texto. La persecución se extenderí­a a todos los santos (3, 7).

18. Apostóse: algunas fuentes griegas dicen apostéme.


CAPÍTULO XIII

LA BESTIA DEL MAR

1 Y del mar vi subir una bestia con diez cuernos y siete cabezas, y en sus cuernos diez diademas, y en sus cabezas nombres de blasfemia. 2 La bestia que vi era semejante a una pantera; sus patas eran como de oso, y su boca como boca de león; y el dragón le pasó su poder y su trono y una gran autoridad. 3 Y (yo ví­) una de sus cabezas como si se le hubiese dado muerte; mas fué sanada de su golpe mortal, y maravillóse toda la tierra (y se fué) en pos de la bestia. 4 Y adoraron al dragón, porque él habí­a dado la autoridad a la bestia; y adoraron a la bestia, diciendo: "¿Quién cómo la bestia? y ¿quién puede hacerle guerra?" 5 Y se le dió una boca que proferí­a altanerí­as y blasfemias; y le fué dada autoridad para hacer su obra durante cuarenta y dos meses. 6 Abrió, pues su boca para blasfemar contra Dios, blasfemar de su Nombre, de su morada y de los que habitan en el cielo. 7 Le fué permitido también hacer guerra a los santos y vencerlos; y le fué dada autoridad sobre toda tribu y pueblo y lengua y nación. 8 Y lo adorarán (al dragón) todos los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos, desde la fundación del mundo, en el libro de la vida del Cordero inmolado. 9 Si alguno tiene oí­do, oiga: 10 si alguno ha de ir al cautiverio, irá al cautiverio; si alguno ha de morir a espada, a espada morirá. En esto está la paciencia y la fe de los santos.

LA BESTIA DE LA TIERRA

11 Y vi otra bestia que subí­a de (bajo) la tierra. Tení­a dos cuernos como un cordero, pero hablaba como dragón. 12 Y la autoridad de la primera bestia la ejercí­a toda en presencia de ella. E hizo que la tierra y sus moradores adorasen a la bestia primera, que habí­a sido sanada de su golpe mortal. 13 Obró también grandes prodigios, hasta hacer descender fuego del cielo a la tierra a la vista de los hombres. 14 Y embaucó a los habitantes de la tierra con los prodigios que le fué dado hacer en presencia de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra que debí­an erigir una estatua a la bestia que recibió el golpe de espada y revivió. 15 Y le fué concedido animar la estatua de la bestia de modo que la estatua de la bestia también hablase e hiciese quitar la vida a cuantos no adorasen la estatua de la bestia. 16 E hizo poner a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos una marca impresa en la mano derecha o en la frente, 17 a fin de que nadie pudiese comprar ni vender si no estaba marcado con el nombre de la bestia o el número de su nombre. 18 Aquí­ la sabidurí­a: quien tiene entendimiento calcule la cifra de la bestia. Porque es cifra de hombre: su cifra es seiscientos sesenta y seis.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XIII

1. Esta primera bestia (cf, 11, 7; 17, 3 y nota) es, según sentencia común, el sí­mbolo de las potencias que luchan contra el Reino de Dios, o la encarnación que luchan contra el Reino de Dios, o la encarnación del Anticristo con sus secuaces. La unión de elementos tan disí­miles en la misma bestia significa que las tendencias más opuestas entre sí­ se unirán (cf. S. 2, 2) para destruir la obra del Redentor, engañando a los desprevenidos (II Tes. 2, 9 s.) con apariencia de piedad (II Tim 5, 3) y de paz (I Tes. 5, 3). La historia de la iglesia es ya una prueba de ello, porque "el misterio de la iniquidad" obra desde el principio como enseña S. Pablo (II Tes, 2, 6 s.). y el mismo S. Juan (I Juan 4, 3). Pero aquí­ se trata de la crisis final de este misterio, llevando a su colmo con el endiosamiento del hombre (II Tes. 2, 4) en forma no ya disimulada como hasta entonces en aquel misterio", sino abierta, desembozada y triunfante (vv. 4, 12, 15, etc.)

2. Pantera, oso, León: son las tres primeras bestias de la visión de Daniel (7, 3-7). Esta bestia del Apocalipsis recuerda también la cuarta de Daniel por los diez cuernos. Además reúne en sí­ el total de las siete cabezas de aquellas cuatro bestias. Sobre otros paralelismos con Daniel, cf. 5, 7 y nota.

3. La apostasí­a general no debe llenarnos de pasmo, pues es anunciada por Jesucristo y por los apóstoles como antecedente del Anticristo y preludio del triunfo de nuestro redentor (véase 12, 12 y nota). Siempre quedará un pequeño grupo de verdaderos y fieles cristianos, la "pequeña grey" (Luc, 12, 32), aun cuando se haya enfriado la caridad de la gran mayorí­a (Mat. 24, 12) al extremo de que si fuera posible serí­an arrastrados aún los escogidos (Mat. 24, 24). Jesús nos enseña que serán librados sus amigos (Luc, 21, 28 y 36); los que velen guardando sus palabras y profecí­as "como una lámpara en lugar oscuro hasta que amanezca el dí­a" (II Pedr. 1, 19).

5. Altanerí­as y blasfemias: Lo mismo se dice del pequeño cuerno en Dan. 7, 8 que, en sentir de muchos autores patrí­sticos y modernos, es el Anticristo o lo representa. Le fué dada autoridad: Dios permite esta persecución. Sin ello claro está que no se concebirí­a su momentánea victoria ni la fuerza con que vencerá a los santos (v. 7). Cuarenta y dos meses: véase 11, 2 y nota.

6. Los que habitan en el cielo: Cf. 6, 9 ss.; 7, 14 s. Mas la victoria final será de éstos (11, 15; 19, 20).

8. Escritos desde la fundación del mundo (cf. 17, 8; Ef. 1, 4). En la gran tribulación desencadenada por el Anticristo no perecerán, pues, todos; habrá quien permanezca fiel para la venida de Cristo (20, 4). Sobre el Libro de la vida, cf. 3, 5; 20, 12 y 15; 22, 19. Como observa un autor, para obtener esta gloria y poder del Anticristo sobre todo el mundo, que le serán dados por el dragón precipitado a tierra en 12, 9, el Anticristo habrá hecho sin duda ese acto de adoración del diablo que Jesús negó a éste en Luc. 4. 4-8 y a cambio del cual Satanás le prometí­a ese mismo poder y gloria que él tiene como prí­ncipe de este mundo (12, 3 y nota).

10. El texto está tomando de Jer. 15, 2 y 43, 11 y no se trata aquí­, como bien observa Pirot, de que el que a hierro mata a hierro muere (Gén. 9, 6; Mat. 26, 52), según se deduce de otras versiones, sino de que no hemos de rebelarnos contra las persecuciones, "las cuales en el plan divino están destinadas a manifestar y perfeccionar a los santos". Para un cristiano el lema no es, como para el mundo, fuerza contra fuerza (Mat. 5, 39; Rom. 12, 19; II Tim. 2, 24; I Pedr. 2, 23). Sino paciencia y firmeza en la fe. Cf. 14, 12; Hebr. 6, 12. De ahí­ que no sea en el terreno del mundo donde hemos de desafiarlos, pues vemos que en él siempre vencerán ellos. Nuestras armas son las espirituales según nos enseña Dios en la Sagrada Escritura (12, 11; II Cor. 10, 4; 13, 3 s.; I Cor, 2, 5; Ef. 6, 11-18; I Tes. 5, 8; I Tim. 1, 19; II Tim 2, 3-4.

11s. Esta segunda bestia, que tiene mucha semejanza con el pastor insensato de Zac. 11, 15 ss., sirve a la primera, y ambas sirven al dragón (cf. 16, 13; Mat. 24, 23 ss.). Tertuliano y S. Ireneo creen que esta segunda bestia simboliza un gran impostor que aparece con la mansedumbre de un cordero (cf. Mat. 7, 15 y nota), pero engaña por su astucia a los hombres a tal punto que los lleva a adorar a la primera bestia (v. 12). Cf, 11, 18; Sab. 13, 6 y nota; II Tes. 2, 9 ss. En 16, 13; 19, 20 y 20, 10 se le da el nombre de falso profeta. Es de notar que el Cordero en el Apocalipsis no tiene dos cuernos como éste sino siete (5, 6) cf. Zac. 3, 9 y 4, 10. Pirot recuerda también la advertencia de Jesús sobre los lobos que se vestirán de corderos y, luego de señalar interpretaciones que suponen haberse realizado esto en el siglo III con los sacerdotes del culto imperial romano, concluye expresando que se puede ver en la segunda Bestia "todo un sistema de pensamiento que sustituye al ideal divino un ideal terrestre -estatolatrí­a, culto de la humanidad- para hacerle adorar".

16 s. Alude al boycot económico por medio del cual serán sometidos los cristianos al sistema del terror, cosa que ya no nos toma de sorpresa en esta época. Según observan los expositores, se tratarí­a de marcas indelebles, es decir, tatuadas en la piel.

18. Cifra de hombre: Algunos como Sacy vierten: cifra de un nombre de hombre, lo que coincide con lo dicho en el v. 17. Cf. 15, 2. Los judí­os, y también los griegos, usaban las letras como signos numéricos. No es difí­cil encontrar nombres cuyas letras tengan el valor de 666, por lo cual se han propuesto muchos. Algunos piensan en Nerón, cuyo nombre y tí­tulo de César, ambos escritos y leí­dos como cifras, alcanzan a la suma 666, pero en idioma hebreo, y S. Juan escribió en griego. En todo caso no podrí­a tratarse de Nerón en persona sino como tipo del Anticristo, siendo de notar que buscar a éste en aquel remoto pesado no sólo serí­a romper la economí­a del proceso escatológico que nos presenta el Vidente inspirado, sino también quitar a este gran fenómeno toda su eficacia para las almas y aún todo valor como lección para la historia. He aquí­ por qué no nos detenemos a exponer y refutar, como algunos modernos, las supuestas fuentes de este divino Libro en los mitos paganos o en las leyendas judaicas extrabí­blicas, cosa que nos parece inconducente para el crecimiento sobrenatural en la fe, ya de suyo harto reñida con el orgullo propio de nuestra razón caí­da (véase la Introducción). Por lo demás no han faltado en griego muchos nombres propuestos, tanto concretos de personas, como abstractos, en el sentido de apostasí­a y endiosamiento del hombre, que son las caracterí­sticas fundamentales del Anticristo, en el doble aspecto religioso y polí­tico (cf. 11, 3 y nota). En sentido simbólico, así­ como sabemos que el número siete significa plenitud y el ocho es, como superabundante, el número de la bienaventuranza eterna, así­ también el seis serí­a el número de la imperfección repetido aquí­ tres veces para darle su máxima intensidad. Esta explicación es, entre otros, de S. Beda el Venerable y S. Alberto Magno. En tal caso las palabras cifra de hombre significarí­an un simple hombre, miserable e impotente como tal (cf. 15, 2) y cuyo poder le viene de prestado (cf. v. 5 y nota). Y si se leyera: la cifra del nombre del hombre parecerí­a quedar confirmado que el Anticristo será en su esencia la culminación del humanismo que desafí­a a Dios frente a frente (cf. II Tes. 2, 3 ss. y notas). Los mismos paganos tení­an una concepción semejante en el mito de Prometeo que, rival de los dioses, se atrevió a arrebatar el fuego del cielo. La rebelión del primer hombre no fué otra cosa que ese mismo instinto primario y monstruoso de disputar al Creador la divinidad -"seréis como dioses" (Gén. 3, 5) - sin ver que ésta es inesperable de su propio Ser. Y todo es obra del dragón, pues él fué el primero que quiso hacer lo mismo. Ciertos manuscritos como el Codex Laudianus traen la gematrí­a 616 en vez de 666, y algunos modernos han propuesto su aplicación a Diocleciano en forma ingeniosa pero meramente conjetural. No serí­a fácil entender cómo podrí­a quedar así­ anticuado, según se arriesgan a decir algunos, un Libro revelado cuyo contexto lo muestra como esencialmente escatológico, destinado a confortar las almas en los tiempos del fin (cf. 22, 10 y nota) y que termina precisamente fulminando sanciones tremendas para quien se atreva a quitarle cualquiera de sus palabras (22, 18 s.). Fillion lo dice bien claro: "La mayorí­a de esas soluciones nos retrotraen al pasado, pero el Anticristo pertenece al futuro".



CAPÍTULO XIV

EL CORDERO Y LAS VÍRGENES

1 Y miré, y he aquí­ que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban escrito en sus frentes el nombre de Él y el nombre de su Padre. 2 Y oí­ una voz del cielo, semejante a la voz de muchas aguas, y como el estruendo de un gran trueno; y la voz que oí­ se parecí­a a la de citaristas que tañen sus cí­taras. 3 Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro vivientes y de los ancianos; y nadie podí­a aprender aquel cántico sino los ciento cuarenta y cuatro mil, los rescatados de la tierra. 4 Estos son los que no se contaminaron con mujeres, porque son ví­rgenes. Estos son los que siguen al Cordero doquiera vaya. Estos fueron rescatados de entre los hombres, como primicias, para Dios y para el Cordero. 5 Y en su boca no se halló mentira, son inmaculados.

TRES HERALDOS DE LOS JUICIOS DE DIOS

6 Y vi a otro ángel volando por medio del cielo, que tení­a que anunciar un Evangelio eterno para evangelizar a los que tienen asiento en la tierra: a toda nación y tribu y lengua y pueblo. 7 Y decí­a a gran voz: "Temed a Dios y dadle gloria a Él, porque ha llegado la hora de su juicio; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas." 8 Siguióle un segundo ángel que decí­a: "Ha caí­do, ha caí­do Babilonia, la grande; la cual abrevó a todas las naciones con el vino de su enardecida fornicación." 9 Y un tercer ángel los siguió diciendo a gran voz: "Si alguno adora a la bestia y a su estatura y recibe su marca en la frente o en la mano, 10 él también beberá del vino del furor de Dios, vino puro, mezclado en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre, en la presencia de los santos ángeles y ante el Cordero. 11 Y el humo de su suplicio sube por siglos de siglos; y no tienen descanso dí­a ni noche los que adoran a la bestia y a su estatua y cuantos aceptan la marca de su nombre." 12 En esto está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. 13 Y oí­ una voz del cielo que decí­a: "Escribe: ¡Bienaventurados desde ahora los muertos que mueren en el Señor! Si, dice el Espí­ritu, que descansen de sus trabajos, pues sus obras siguen con ellos."

COMIENZO DEL JUICIO

14 Y miré y habí­a una nube blanca y sobre la nube uno sentado, semejante a hijo de hombre, que tení­a en su cabeza una corona de oro y en su mano una hoz afilada. 15 Y salió del templo otro ángel, gritando con poderosa voz al que estaba sentado sobre la nube: "Echa tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar, pues la mies de la tierra está completamente seca." 16 Entonces el que estaba sentado sobre la nube lanzó su hoz sobre la tierra y la tierra fué segada. 17 Y salió otro ángel del santuario celestial teniendo también una hoz afilada. 18 Y del altar salió otro ángel, el que tiene poder sobre el fuego, y llamó a gran voz al que tení­a la hoz afilada, diciendo: "Echa tu hoz afilada y vendimia los racimos de la vida de la tierra, porque sus uvas están maduras". 19 Y arrojó el ángel su hoz sobre la tierra y vendimió la viña de la tierra, y echó (la vendimia) en el lagar grande de la ira de Dios. 20 El lagar fué pisado fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre que llegó hasta los frenos de los caballos, por espacio de mil seiscientos estadios.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XIV

1 ss. El Cordero no está ya aquí­, como en 5, 6, sino "como un rey glorioso entre su corte resplandeciente" (Fillion). El número perfecto podrí­a indicar una cantidad completa, si bien no parecen ser éstos los mismos 144.000 de que se habla en 7, 4 ss. (cf. notas). Aquí­ se alude a seres virginales (v. 4) aunque no es fácil limitar a eso su calificación, pues es ampliada en el 5. Según algunos (Crampon, Pirot) se tratarí­a de todos los elegidos, seleccionados de entre los hombres (v. 4), y no de entre los creyentes. Otros, como Fillion, observan acertadamente que, faltando el artí­culo, no parece hablarse de ellos como de personajes conocidos y que los vv. 3-5 parecen designar a un grupo especial (primicias). En IV Esdr. 2, 42-48 hay una escena muy semejante a ésta. Cf. v. 6 y nota.

2 s. Cf. S. 67, 26 ss. y nota. Un cántico nuevo: así­ se anuncia en S. 95, 1 y 97, 1.

4 "Jesucristo dice de sus servidores que le seguirán adonde quiera que fuere y que estarán en donde Él estuviese. Pero ¿adónde le han de seguir y a qué? A gozarse con Cristo, de Cristo y en Cristo, por Cristo y sin perder a Cristo". (S. Agustí­n).

6. Los tres ángeles que se presentan en este capí­tulo serí­an, según sentir de muchos autores eclesiásticos, tres grandes predicadores, y este primero serí­a en tal caso Enoc (Ecli. 44, 16; cf. 11, 3). Pero más tarde se ha visto que nunca los ángeles son figura de hombres (cf. 1, 20; 10, 1). Por medio del cielo: cf. 8, 13. Un Evangelio eterno (cf. 10, 2 y 9): el Sagrado Libro del Evangelio, o tal vez solamente el decreto eterno de Dios que el ángel va a promulgar en el v. 7 como última advertencia antes del juicio de las naciones. Véase Mat. 24, 14. Algunos (cf. Nácar-Colunga) opinan que no se trata del juicio universal, sino del indicado en el v. 8. Pirot en cambio dice que "el ángel anuncia el juicio final", y así­ se ve en las penas del v. 10, pero no parece haber oposición, pues aquél es un juicio previo pero también escatológico. Cf. 19, 1-6.

8. Babilonia: nombre simbólico de Roma, como se ve en los caps. 17-18 y en I Pedr. 5, 13. El nombre de Babilonia simboliza el reino anticristiano, así­ como de Sión o Jerusalén el reino de Dios. Cf. 17, 18; 18, 2; Is. 21, 9; Jer. 50, 2; 51, 8.

9ss. La bestia: el Anticristo (cf. 13, 15), en lo cual se confirma su carácter escatológico que no permite confundirlo con ningún personaje de la historia antigua (cf. 13, 18 y nota). Así­ lo señalaba ya S. Agustí­n al presentar como cuatro hechos inseparables "la venida de Elí­as Tesbita, la conversión de los judí­os, la persecución del Anticristo y la Parusí­a de Cristo". Por donde vemos que en los misterios apocalí­pticos la parte de Israel es mayor de lo que solemos pensar (cf. v. 19 y nota) y que la inteligencia de lo que de ellos ha quedado escondido no depende tanto de la información sobre las circunstancias históricas en que fué escrita la profecí­a cuanto de los designios de Dios que, de ésta como de las demás, nos dice que esas cosas se entenderán a su tiempo (Jer. 30, 24). Así­ será sin duda con las voces de los siete truenos (10, 4 y nota) como con lo que se dijo a Daniel en Dan. 12, 9-10. Entonces "aumentará" el conocimiento (Dan. 12, 4; cf. nuestra introducción al Cantar de los Cantares). ¿No es esto el mayor móvil para mantener nuestra atención pí­a y ansiosamente vuelta hacia los misterios de la divina revelación? En la presencia, etc.: Cf. Is. 66, 24 y nota; Ecli. 7, 19. Es la gehenna de que habló Jesús (cf. Jer. 7, 31 s.; 19, 6 ss.; Enoc 67, 4 ss.).

11. Tomado de Is. 34, 10. Cf. Sab. 10, 7.

12. Cf. 12, 17; 13, 10.

13. Desde ahora: Pirot hace notar que ésta es la segunda de las siete bienaventuranzas del Apocalipsis y señala las otras en 1, 3; 16, 5; 19, 9; 20, 6; 22, 7 y 14 (cf. sobre los otros septenarios v. 20 y nota). La Vulgata pone esas palabras antes de: dice el Espí­ritu. Cf. Misa cotidiana de difuntos.

14 ss. Una nube blanca: véase 1, 7 y nota. Este Hijo de hombre (sin artí­culo) parece que no puede ser sino el Mesí­as (cf. 1, 13), como lo sostienen los más. Su corona atestigua que viene triunfante, como un dí­a lo anticipara (Mat. 16, 27s.; 17, 1 ss.; Marc 9, 1 ss, y nota). La intervención de ángeles que aquí­ vemos coincide con lo que Él anunció (Mat. 24, 30 s.) y no implica necesariamente que este gran Personaje sea uno de ellos según suponen algunos, pues no le vemos descender personalmente como en 19, 11 ss.; sino que Él los enví­a (Mat. 13, 39 y 41) y actúa desde la nube donde "todo ojo lo verá" (1, 7).

15 ss. Buzy opina que esta siega (vv. 15-16) es la de los elegidos (cf. Mat. 9, 37; Marc. 4, 29; Juan 4, 35 ss), en tanto que la vendimia (vv. 18-20) es la de los malos. Debe observarse sin embargo que no se habla aquí­ de mies madura, sino seca. Además, hay otras cosechas que son castigos (Is, 18, 4s.; Jer. 51, 33) y aun en Mat. 13, 39 vemos que la siega abarcará cizaña junto con trigo. La vendimia es figura sangrienta (v. 20), tanto para Israel (Lam. 1, 15) cuanto para las naciones (19, 15; Is, 63, 2 s.; Joel 3, 12 s.).

18. Del altar: es decir, siempre como eco de la oración de aquellos que pedí­an venganza en 6, 9 ss. Cf. 8, 3 y nota.

19. La viña de la tierra: Algunos, considerando que en la Biblia la viña es Israel (Jer. 2, 21; Ez. 15 y 17; Os. 10, etc.) y que por la tierra suele entenderse la Palestina o Tierra Santa, suponen que este juicio desde la nube (v, 14 y nota), previo al de 19, 11 ss., y que ocurre fuera de la ciudad de Jerusalén (v. 20), serí­a sobre Israel o quizá sobre Judá como prueba definitiva antes de su reconciliación (cf. Mal. 3, 2 s. y nota). Esta idea aclararí­a tal vez no pocas vacilaciones y desacuerdos de los expositores. Sin perjuicio de esto debe recordarse que de ese mismo lugar (el valle de Josafat, que significa Yahvé juzga) se habla también para el juicio de las naciones (Joel 3, 2 y nota).

20. El lagar pisado es en la Biblia imagen de la venganza divina (v. 15 ss y nota). Crampon observa que tanto este septenario de las siete señales (12, 1 y 3; 13, 13 y 14; 15, 1; 16, 14; 19, 20), como el de los siete sellos y el de las siete trompetas, nos conducen igualmente a la consumación del siglo, por lo cual deduce que hay entre todos un "paralelismo real", aunque cada uno nos revela distintos aspectos del plan de Dios. También son siete, dice Pirot, las menciones de la caí­da de Babilonia (v. 8; 16, 17-21; 17, 16; 18, 1-3; 4-8; 9-20; 21-24). Fuera de la ciudad: de Jerusalén (cf. nota anterior). ¡Un estadio equivale a 185 metros, por lo cual este lago de sangre humana se extiende a casi trescientos kilómetros!



LAS SIETE ÚLTIMAS PLAGAS LAS SIETE COPAS

CAPÍTULO XV


HIMNO DE LOS VENCEDORES DE LA BESTIA

1 Vi en el cielo otra señal grande y sorprendente: siete ángeles con siete plagas, las postreras, porque en ellas el furor de Dios queda consumado. 2 Y vi como un mar de cristal mezclado con fuego, y a los triunfadores que escaparon de la bestia y de su estatua y del número de su nombre, en pie sobre el mar de cristal, llevando cí­taras de Dios. 3 Y cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo. "Grandes y sorprendentes son tus obras, oh Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de las naciones. 4 ¿Quién no te temerá, Señor, y no glorificará tu Nombre?, pues sólo Tú eres santo; y todas las naciones vendrán, y se postrarán delante de Ti, porque los actos de tu justicia se han hecho manifiestos."

ENTREGA DE LAS COPAS

5 Después de esto miré, y fué abierto en el cielo el templo del tabernáculo del testimonio; 6 y del templo salieron los siete ángeles que tení­an las siete plagas, vestidos de lino puro y resplandeciente, y ceñidos alrededor del pecho con ceñidores de oro. 7 Y uno de los cuatro vivientes dió a los siete ángeles siete copas de oro, rebosantes de la ira del Dios que vive por los siglos de los siglos. 8 Y el templo se llenó del humo de la gloria de Dios y de su poder; y nadie pudo entrar en el templo hasta cumplirse las siete plagas de los siete ángeles.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XV

1 ss Sorprendente (thaumastón): voz no usada hasta ahora y que se repite en el cántico (v. 3). Veamos en el v. 2 que a esta séptima y última señal ha precedido la manifestación plena del Anticristo (cap. 13), pues figuran aquí­ los que escaparon de él. También este cántico llamado del Cordero parece inspirarse en el que entonó Moisés poco antes de morir (cf. Deut. 32) para celebrar las bondades de Dios con Israel. Véase también Núm. 10, 35 y S. 61, 7. Comp. 14, 3 y nota.

3 s. Rey de las Naciones. Los expositores señalan aquí­ un verdadero mosaico bí­blico: "El v. 3 se inspira en los Salmos 96, 2; 109, 2; 88, 14; I Par. 16, 9; Zac. 14, 9. El v. 4 en Jer. 10, 7; Éx. 9, 16; Miq. 7, 15-17" (Gelin). Cf. 14, 7; S. 64, 3; 85, 9. Como observamos en la introducción, el Apocalipsis tiene, en sus 404 versí­culos, 518 citas del Antiguo Testamento, y llama la atención de los expositores el hecho de que, no obstante la coincidencia de la escatologí­a apocalí­ptica con la del Evangelio y las Epí­stolas, y haber escrito Juan 30 años más tarde, no haya referencias expresas al Nuevo Testamento ni a las instituciones eclesiásticas nacidas de Él, ni a los presbí­teros, obispos o diáconos de la Iglesia, cosa que confirma sin duda su carácter estrictamente escatológico. Se han hecho manifiestos: es decir, ahora son visibles y evidentes.

3 s. "Así­ habí­an hecho los Israelitas cantando el feliz éxito de su salida de Egipto (Éx. 15, 2-19). El nuevo cántico celebra también una liberación; se dirí­a en cierto modo que el mar cristalino es simétrico del mar Rojo así­ como el libertador Moisés es figura de Cristo" (Pirot). Cf. Hech. 3, 22; 7, 37 y notas.

5. El templo de tabernáculo del testimonio: se abre como en 11, 19. En el Tabernáculo de la Alianza, llamado del testimonio (Núm. 9, 15; cf. Núm. 17, 10), se hallaba el Arca de la Alianza, "ese testimonio inmediato de Dios a su pueblo (véase Éx. 25, 16; 27, 21)" (Crampon). Cf. Éz. 41, 26 y nota.

6. Nueva presentación de los ángeles del v. 1, después del himno intermedio entre ambos. Así­ ocurre con los ángeles de las trompetas (8, 2 y 6) y la escena intermedia (8, 3-5). Lo mismo parece suceder en el cap. 12 donde el v. 4 es como un anticipo de los vv. 7-12 y el v.6 como un anticipo de los vv. 13-17.

7. Véase una entrega semejante en Ez. 10, 7. Sobre la copa o cáliz como sí­mbolo de la ira de Dios, cf. 16, 19; Is. 51, 17; Jer. 25, 15 y 17; 49, 12; Ez. 23, 32; Abd. 16, etc.

8. El humo significa la nube en que está Dios (Éx. 40, 32 ss.; III Rey 8, 10 s.; Is. 6, 4; Ez. 10, 4). El templo lleno de humo para que nadie pueda entrar hasta que las órdenes de Dios se cumplan, indica que sus juicios son ya irrevocables, pues que todo acceso y apelación ante Él quedan cerrados.



CAPÍTULO XVI

LAS SEIS PRIMERAS COPAS

1 Oí­ una gran voz procedente del templo que decí­a a los siete ángeles: "Id y derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios." 2 Fué el primero y derramó su copa sobre la tierra y se produjo una úlcera horrible y maligna en los hombres que tení­an la marca de la bestia y adoraban su estatua. 3 Y el segundo derramó su copa sobre el mar, el cual se convirtió en sangre como la de un muerto, y todo ser viviente en el mar murió. 4 El tercero derramó su copa en los rí­os y en las fuentes de las aguas y se convirtieron en sangre. 5 Y oí­ decir al ángel de las aguas: "Justo eres, oh Tú que eres y que eras, oh Santo, en haber hecho este juicio. 6 Porque sangre de santos y profetas derramaron, y sangre les has dado a beber: lo merecen." 7 Y oí­ al altar que decí­a: "Sí­, Señor, Dios Todopoderoso, fieles y justos son tus juicios." 8 El cuarto derramó su copa sobre el sol , al cual fué dado abrasar a los hombres  por su fuego. 9 Y abrasáronse los hombres con grandes ardores, y blasfemaron del Nombre de Dios, que tiene poder sobre estas plagas; mas no se arrepintieron para darle gloria a Él. 10 El quinto derramó su copa sobre el trono de la bestia, y el reino de ella se cubrió de tinieblas, y se mordí­an de dolor las lenguas. 11 Y blasfemaron del Dios del cielo, a causa de sus dolores y de sus úlceras, pero no se arrepintieron de sus obras. 12 El sexto derramó su copa sobre el gran rí­o Éufrates, y secóse su agua, para que estuviese expedito el camino a los reyes del oriente.

LAS RANAS

13 Y ví­ cómo de la boca del dragón y de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta salí­an tres espí­ritus inmundos en figura de ranas. 14 Son espí­ritus de demonios que obran prodigios y van a los reyes de todo el orbe a juntarlos para la batalla del gran dí­a del Dios Todopoderoso. - 15 He aquí­ que vengo como ladrón. Dichoso el que vela y guarda sus vestidos, para no tener que andar desnudo y mostrar su vergí¼enza.- 16 Y los congregaron en el lugar que en hebreo se llama Harmagedón.

LA SÉPTIMA COPA

17 El séptimo (ángel) derramó su copa en el aire, y salió una poderosa voz del templo, desde el trono (en el cielo) que decí­a: "Hecho está". 18 Y hubo relámpagos y voces y truenos, y se produjo un gran terremoto cual nunca lo hubo desde que hay hombres sobre la tierra. Así­ fué de grande este poderoso terremoto. 19 Y la gran ciudad fué dividida en tres partes, y las ciudades de los gentiles cayeron, y Babilonia la grande fué recordada delante de Dios, para darle el cáliz del vino de su furiosa ira. 20 Y desaparecieron todas las islas, y no hubo más montañas. Y cayó del cielo sobre los hombres granizo del tamaño de un talento; y los hombres blasfemaron de Dios por la plaga del granizo, porque esta plaga fué sobremanera grande.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XVI

1 ss. Las plagas de este capí­tulo, más terribles que las anteriores (cf. 15, 1) y que las que Dios descargó sobre los enemigos de su pueblo en Egipto (Éx. caps. 7-10), conservan mucha semejanza con éstas. Como en las trompetas, empiezan por tierra, mar, rí­os y sol; pero la calamidad es total, en tantos que allí­ era de un tercio, y en los sellos era de un cuarto. Sobre la marca de la Bestia, cf. 14, 11; 15, 2.

5. El ángel de las aguas: S. Agustí­n y S. Tomás nos llaman la atención sobre la admirable providencia de Dios que aun al cuidado de las cosas materiales ha puesto a un ángel. "Las siete copas (como los otros septenarios del Apocalipsis) se dividen en dos grupos de tres y de cuatro, separados por la intervención del ángel de las aguas. Esta división tiene sin duda por objeto acentuar mejor el simbolismo del número siete, haciendo destacar sus dos elementos significativos: 3, número de Dios y 4, número para el mundo" (Crampon). Que eres y que eras: nótese como en 11, 17, que ya no se agrega que has de venir (enjómenos: cf. Hebr. 10, 37s. y nota) sin duda porque ya sus juicios se han hecho manifiestos (15. 4).

7. Ol al altar: es decir, a los mártires que descansan debajo del altar (6, 9), los cuales han visto su clamor satisfecho con creces

9. ¡No se arrepintieron! (cf. vv. 11 y 20; 9, 21 y nota). ¿No es acaso lo que ya estamos viendo? Dios castiga al mundo con terribles azotes y sin embargo la sociedad humana sigue sus propios planes sin preocuparse por saber cuáles son los de Él. Dios Todopoderoso respeta entonces la libertad de sus creaturas (cf. 22, 11) porque, siendo Padre, no exige por la fuerza el amor de sus hijos; pero derramará sobre los hombres la copa de su ira porque éstos preferirán seguir siendo " hijos de ira", como cuando eran paganos sin redención (cf. Ef. 2, 3 ss.; 5, 6), y quedar sujetos a la potestad de las tinieblas, rehusando trasladarse al reino del Hijo muy amado (Col. 1, 12 s.). La venganza del amor ofendido (cf. Cant. 8, 6 y nota) será tan terrible como acabamos de ver en 14, 20 y como lo veremos en 19, 17 ss. Pirot observa que estas plagas caen sobre todas las naciones de la gentilidad y es de notar que su apostasí­a contrasta con la conversión de Israel (véase 11, 13 y nota) como ya lo advirtió S. Pablo a los Romanos (cf. Rom. 11, 20 y 31 y notas). Tan claro anuncio hecho por Dios bastarí­a para argí¼ir de falsos profetas a todos los creyentes en el progreso indefinido de la humanidad, que la halagan (cf. II Tim. 4, 3) y la adormecen pronosticándole dí­as mejores. Jesús mostró que así­ será hasta el fin (Luc. 18, 8; Mat. 24, 24-30). Cuando digan paz y seguridad vendrá la catástrofe (I Tes. 5, 3). Cf. 11, 15 y nota.

10. De tinieblas: cf. 9, 2; Éx. 10, 22; Sab. 17, 1ss.

12. El Éufrates, en la 6ª copa, como en la 6ª trompeta (9, 14 y nota), será secado como lo fué el Mar Rojo (Éx. 14, 21) y el rí­o Jordán (Jos. 3, 13-17). Algunos piensan que puede haber aquí­ "alusión a la manera como Ciro se apoderó de Babilonia desviando el curso del Éufrates" (cf. Is. 44, 27; Jer. 50, 38; 51, 36). Y ¿quiénes son éstos del oriente? Algunos, pensando en el pasado, responden: "los Partos, terror de Occidente" (cf. 9, 14-19; 17, 12 s. y 16s.). Otros, como Fillion, que serán reyes venidos de esa dirección para combatir al Señor , unidos a los de toda la tierra (v. 14) y cuya reunión aprovechará Él "para ejecutar contra ellos sus proyectos de venganza (cf. 19, 19)". Otros, considerando que los de los vv. 13 s. no se unen con éstos sino contra éstos, ven aquí­ el cumplimiento de lo anunciado sobre la vuelta, para su conversión (Rom. 11, 25s.), de las diez tribus de Israel (Efrain) dispersas (cf. Is. 11, 14-16; 49, 12 texto hebreo; Ez. 37, 12-23; IV Esdr.13, 39-50), las cuales no habrí­an sido comprendidas en la infidelidad de Judá pues sólo a ésta se referí­a y sólo a ella se comunicó la profecí­a de Is. 6, 9 mencionada por S. Pablo en Hech. 28, 25 s.

13 s. Espí­ritus inmundos: como los que vemos actuar en el Evangelio (Mat. 10, 1; Marc. 1, 23). No sabemos si obrarán por medio de algún poseso. Cf. I Tim. 4, 1; Éx. 8, 2. Los reyes de todo el orbe: cf. 17, 4; 19, 19-21; S. 2, 2; 47, 5; Ez. caps. 38 y 39. Como Fillion (cf. v.12 y nota) también Pirot indica que hay en el v. 14 una anticipación de las batallas finales del cap. 19. Sobre el gran dí­a, cf. 6, 17 y nota.

15. Juan parece interrumpir su relato para recordar aquí­, como para consuelo frente a esa horrible visión, estas palabras que, como dice Gelin, son de Cristo (Luc. 12, 39 s.) y se refieren a su Parusí­a (3, 3). Sobre esta reiterada advertencia de Jesús cf. 22, 7, 12 y 20; I Tes. 5, 2 y 4; II Pedr. 3, 10. "Velad, pues, porque no sabéis en qué dí­a vendrá vuestro Señor" (Mat. 24, 42). "La bienaventuranza de los que velan es una de las siete de nuestro Libro" (Pirot). Cf. 22, 7. Sus vestidos: señal de estar preparado, como Él lo dice en Luc, 12, 35.

16. Harmagedón, en hebreo: Har Megiddo, esto es el monte de Megiddo, situado cerca del Monte Carmelo, donde varias veces se decidió el destino de la Tierra Santa. Era el campo de batalla por excelencia. Véase Juec. 5, 19; IV Rey. 9, 27; 23, 29. Figura aquí­ como lugar de una derrota definitiva, la misma que indica el triunfo de Cristo en 19, 19 ss. Cf. Éz. 38, 17 ss.; 39, 8 y 21; Joel 2, 1 ss. y notas.

17. Hecho está: lo ordenado en el v. 1.

18. Otros terremotos hay en 6, 12 y 11, 13. Este es el último y el mayor de todos y corresponde al fin de las 7 copas, paralelamente a 8, 5 y 11, 19.

19. La gran ciudad: véase 17, 18 y nota. Cayeron: algunos identifican esto con el final del tiempo indicado en Luc. 21, 24 (cf. Dan. 2, 34 s.) Babilonia: aquí­, como en 14, 8, se nos da según Crampon, una transición a este punto dominante de los caps. 17 y 18, antes de llegar a la consumación. Gelin, comparando este sismo con el de Jerusalén en 11, 13, hace notar que allí­ sólo fue un décimo y aquí­ es total.

21. De un talento: o sea de 40 kilos, por donde se ve la enorme violencia de las calamidades. Pero, como en 9, 2 s.; 16, 9 y 11, la gentilidad seguirá hasta el fin sin convertirse. Cf. Rom. 11, 25 y nota.



CAPÍTULO XVII

LA GRAN RAMERA

1 Y vino uno de los siete ángeles que tení­an las siete copas y habló conmigo diciendo: "Ven acá; te mostraré el juicio de la ramera grande, la que está sentada sobre muchas aguas; 2 con la que han fornicado los reyes de la tierra, embriagándose los moradores de la tierra con el vino de su prostitución". 3 Y me llevó a un desierto en espí­ritu; y ví­ a una mujer sentada sobre una bestia purpúrea, repleta de nombres de blasfemias, que tení­a siete cabezas y diez cuernos. 4 La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y cubierta de oro y piedras preciosas y perlas, y llevaba en su mano (por una parte) un cáliz de oro lleno de abominaciones y (por otra) las inmundicias de su fornicación. 5 Escrito sobre su frente tení­a un nombre, un misterio: "Babilonia la grande, la madre de los fornicarios y de las abominaciones de la tierra". 6 Y vi a la mujer ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los testigos de Jesús; y al verla me sorprendí­ con sumo estupor.

EXPLICACIÓN DEL MISTERIO DE LA RAMERA

7 Mas el ángel me dijo: "¿Por qué te has asombrado? Yo te diré el misterio de la mujer y de la bestia que la lleva, la que tiene las siete cabezas y los diez cuernos. 8 La bestia que has visto era y ahora no es; está para subir del abismo y va a su perdición. Y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la creación del mundo, se llenarán de admiración cuando vean que la bestia, que era y ahora no es, reaparecerá. 9 Esto para la mente que tiene sabidurí­a: las siete cabezas son siete montes, sobre los cuales la mujer tiene sede. 10 Son también siete reyes: los cinco cayeron, el uno es el otro aún no ha venido; y cuando venga, poco ha de durar. 11 Y la bestia que era y no es, es él, el octavo, y es de los siete, y va a perdición. 12 Y los diez cuernos que viste son diez reyes que aún no han recibido reino, mas con la bestia recibirán potestad como reyes por espacio de una hora. 13 Estos tienen un solo propósito: dar su poder y autoridad a la bestia. 14 Estos guerrearán con el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes; y (vencerán) también los suyos, los llamados y escogidos y fieles." 15 Dí­jome aún: "Las aguas que viste, sobre las cuales tiene su sede la ramera, son pueblos y muchedumbres y naciones y lenguas. 16 Y los diez cuernos que viste, así­ como la bestia, aborrecerán ellos mismos a la ramera, la dejarán desolada y desnuda, comerán sus carnes y la abrasarán en fuego. 17 Porque Dios ha puesto en sus corazones hacer lo que a Él le plugo: ejecutar un solo designio: dar la autoridad de ellos a la bestia, hasta que las palabras de Dios se hayan cumplido. 18 Y la mujer que has visto es aquella ciudad, la grande, la que tiene imperio sobre los reyes de la tierra."


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XVII

1. La gran ramera Babilonia es representante del mundo anticristiano (S. Agustí­n), en particular de la ciudad de Roma (S. Jerónimo), levantada sobre siete montes (v. 9) como la Bestia sobre la cual se asienta la ramera grande (v. 3). En tiempo de S. Juan ella era la capital del mundo y centro de la corrupción pagana. Varios autores, entre ellos S. Roberto Belarmino, creen que en los últimos tiempos Roma volverá a desempeñar el mismo papel que en los tiempos de los emperadores. Los ángeles que tení­an las siete copas acaban de terminar su misión en el cap. 16, pero ello, como observa Pirot, "va a introducir aún no pocos acontecimientos". Véase 14,8 s. y notas. También S. Pedro entiende por Babilonia a la ciudad de Roma (I Pedr. 5, 13). Cf. Dante, Divina Comedia. Inf. 19, 106 ss. Comp. vv. 2 y 5; 14, 8 y 18, 9. El profeta Isaí­as (Is. 1, 21) llama ramera a Jerusalén por su infidelidad. En Is. 23, 15 y Nahum 3, 4 usa igual figura para Tiro y Ní­nive, tomadas según algunos como sí­mbolos proféticos lo mismo que Asiria (cf. Is. 5, 25 y nota). El ángel que aquí­ figura es quizá el mismo que en 21, 9 muestra a S. Juan la Jerusalén celestial. Sentada sobre muchas aguas: cf. v. 15 y nota. En el v. 3 aparece sentada sobre una bestia.

2. Véase v. 5 y nota; Is. 23, 17; Jer. 51, 7.

3 s. A un desierto en espí­ritu: o sea, donde el espí­ritu estaba ausente o muerto. Como se verá en adelante, no se trata de un desierto material, como el refugio de la mujer del capí­tulo 12, sino a la inversa de una opulenta metrópoli dominadora de pueblos. Al respecto dice Fillion que "este retrato, vigorosamente trazado, contrasta con el de la madre mí­stica de Cristo" que vimos en 12, 1 s., pues tanto la púrpura del vestido de la mujer (v. 4) como el color bermejo de la bestia significan, "al mismo tiempo que la alta dignidad" (en Roma la púrpura llegó a ser exclusiva de los emperadores), la sangre de los mártires (v. 6) y la soberbia (cf. I Mac. 8, 14; Bar. 6, 71; Luc, 16, 19; Marc. 15, 17 y 20). Entre la bestia y la mujer hay unión estrecha, representando ambas la misma idea. La bestia es sin duda la que vimos en 13, 1 ss. o sea el Anticristo. Abominaciones: en la Sagrada Escritura, término para señalar la idolatrí­a y los vicios que proceden del culto a los í­dolos. La abominación especí­fica de Roma era el culto de los Césares, Comentando este v. dice S. Juan de la Cruz: "¿Quién no bebe poco o mucho de este cáliz dorado de la mujer babilónica? Que en sentarse ella sobre aquella gran bestia... da a entender que apenas hay alto ni bajo, ni santo ni pecador, al que no dé a beber de su vino, sujetando en algo su corazón."

5. Escrito sobre su frente. "No sin duda en la frente misma sino en un lazo elegante que rodeaba su frente. En Roma las mujeres de mala vida solí­an ostentar así­ su nombre... Un nombre, un misterio: es decir, un nombre misterioso que debe ser interpretado alegóricamente," (Fillion). Este misterio de una Babilonia alegórica, que asombra grandemente a Juan (v. 6), parece ser la culminación del misterio de la iniquidad revelado por S. Pablo en II Tes. 2, 7 ss., refiriéndose tal vez a alguna potestad instalada allí­ como capital de la mundanidad y quizá con apariencias de piedad como el falso profeta (13, 11; II Tim. 3, 5, etc.). Madre de los fornicarios: es decir, de los que como ella fornican con la idolatrí­a y los valores y glorias del mundo (cf. v. 2). La extrema fuerza del lenguaje empleado con esta ramera recuerda las expresiones usadas contra Jerusalén en Ez. 16 (véase allí­ las notas).

6. Ebria de la sangre: cf. 16, 6. Juan habí­a visto ya la bestia (13, 1), pero no a la mujer. Su grande asombro, según explican los comentaristas, procede de verlas juntas. "Esta visión es hoy todaví­a llena de oscuridad para nosotros, al punto que este pasaje es la parte más difí­cil del Libro entero" (Fillion). Esta ebriedad, que no es de la bestia sino de la mujer, es interpretada tanto como la responsabilidad por la sangre cristiana derramada (cf. lo que Jesús increpa a los fariseos en Mat 23, 24 s.) cuanto como una actitud soberbia que usurpa los méritos de los mártires y santos revistiéndose hipócritamente de ellos.

7 s. De la mujer y de la bestia: En realidad el ángel, quizá a causa del asombro de Juan, habla primero de la bestia (vv. 8 ss.) y sólo en el v. 18 vuelve a la mujer. Va a su perdición: Los cristianos perseguidos por los Césares de todos los tiempos no tienen que temer: la bestia va a la ruina: "Vi al impí­o sumamente empinado y expandiéndose como un cedro del Lí­bano; pasé de nuevo, y ya no estaba; lo busqué, y no fué encontrado" (S. 36, 35 s.). Hablando de esta bestia, en la que muchos ven a un imperio romano redivivo, dice Pirot: "Era, no es y reaparecerá; lo cual es una parodia del nombre divino dado en 1, 4 y 8; 4, 8; asimismo la herida que lleva (13, 3 y 14) es la réplica de la del Cordero; y su reaparición (parestai) también imita la "parusí­a" de Cristo." Del abismo: no parece referirse al abismo de 9, 1; 20, 1 y 7 s., sino al de 13, 1, es decir, al mar, sí­mbolo de las naciones o gentiles (v. 15).

9 ss. Que tiene sabidurí­a: es decir, que es para que lo entienda el hombre espiritual, sobrenatural (cf. 13, 8 y 18; I Cor. 2, 10 y 14). Siete montes: alusión a las siete colinas de la ciudad de Roma, con la cual todos los autores clásicos y cristianos la han identificado. "Pero ésta, dice Crampon, no parece personificar la Roma de los Césares, ni exclusivamente ni siquiera principalmente." Añade que ella es "la ciudad de los hombres, opuesta a la ciudad de Dios". Fillion ve en ella "la capital mí­stica del imperio del Anticristo en los últimos dí­as del mundo", y en los siete reyes, "de acuerdo con el cap. 7 de Daniel, las grandes monarquí­as paganas o animadas del espí­ritu pagano... y finalmente el conjunto de los reinos europeos actuales, en lo que tienen de perverso y anticristiano", pues hay que tomar en cuenta que el Apóstol no describe los fenómenos polí­ticos sino en cuanto éstos interesan al aspecto religioso, mostrándonos las consecuencias que de ellos resultan para el orden espiritual. Es de notar la semejanza de este pasaje con Dan. 7, 7-8.

11 ss. Por temor de deformar su sentido, hemos vertido literalmente este v. tal como lo presenta el griego. Se trata del último rey de Roma (v. 10), "simbolizado por la bestia misma, el Anticristo, cuyas son las siete cabezas". En esta 7ª y última cabeza estarán sin duda, como dice Simón-Prado, los diez cuernos o nuevos reyes (v. 12) que le servirán (v. 13). Sobre los diez cuernos, cf. también Dan. 7, 7 y 24 y notas. Por una hora: Parece esto una parodia de realeza, quizá para imitar lo anunciado en Luc. 22, 29 s. Por eso dice Jesús: "Cuando os digan que el Cristo está aquí­ o allí­, no les creáis" (Mat. 24, 23 ss.). Con la bestia: S. Hipólito lee estas palabras uniéndolas a las que siguen: con la bestia tienen esos reyes un mismo designio.

14. El Cordero los vencerá: "Este v. anuncia sin duda lo de 19, 11- 22 donde Cristo (19, 16) es igualmente declarado soberano de los que imperan; su ejército, opuesto al de la bestia, será victorioso" (Pirot). Cf. 16, 14 y 16. También los suyos; cf. 19, 14; I Tes. 4, 14. Llamados y escogidos y fieles: Sobre su escaso número véase Mat. 22, 14. Cf. Rom, 8, 29 s. Este v. relativo al juicio confirma el carácter escatológico del pasaje.

15. Las aguas, etc.: En Is. 17, 12 y Dan 7, 3 las aguas del mar simbolizan, como aquí­, la gentilidad. De las aguas sale también la gran bestia de las siete cabezas (13, 1). Cf. v. 1 y nota.

16. s. Aborrecerán ellos mismos a la ramera, que habí­a sido objeto de su pasión (v. 2) y cuya caí­da deplorarán luego (18, 9 s.). Vemos así­ (v. 17) cuán admirable se vale Dios de sus propios enemigos para realizar sus planes y sacar de tantos males un inmenso bien como será la caí­da de la gran Babilonia (cf. 18, 20; 19, 1 ss.). Así­ esta fortaleza anticristiana en el orden espiritual (18, 8 y nota) perecerá a manos de la otra fuerza anticristiana del orden polí­tico, la cual a su vez, con todos los reyes coligados con ella, será destruida finalmente por Cristo en 19, 19 ss. Sorprende que así­ luchen entre ellos los secuaces de Satanás, cuando sabemos que todos se unirán (v. 13; 16, 14; 19, 19) contra el Señor y contra su Cristo (S. 2, 2). "¿Creerán quizá en ese momento que ella encarna el verdadero Dios y la odiarán por eso?" No lo sabemos. Pirot hace notar que esto es tomado del pasaje de Ooliha (Ez. 23, 22-36) donde se anunciaba a Jerusalén un trato semejante de parte de las naciones con las cuales fornicó (cf. Jer. 50, 41 s.; 51, 1 ss).

18. S. Juan pasa aquí­ de la bestia a la ramera Babilonia sentada sobre ella (v. 3). El cap. 18 es todo sobre el castigo de esta mujer. Aquella ciudad: cf. 16, 19 y nota. Que tiene imperio, etc.: ejerciendo sin duda cierta potestad supranacional (v. 15; cf. IV Esdr. 5, 1). A este respecto es de recordar que Babilonia o Babel (Bab-ilu: puerta del cielo), sea lo que fuere de las inscripciones de su último rey, según el cual habrí­a sido fundada 3.800 años antes de él, tuvo al menos veinte siglos de opulencia, lo que explica el papel de cabeza de oro, es decir, el primero de todos los imperios universales, que Daniel le atribuye en la gran profecí­a de la estatua (Dan. 2). La Babilonia mí­stica aparece aquí­ en el otro extremo de la profecí­a, unida a la última bestia de Daniel 7. "Lo que Babilonia fué para Jerusalén, está lo es para la Iglesia" (Pannier).

 


CAPÍTULO XVIII

ANUNCIO DEL CASTIGO DE BABILONIA

1 Después de esto vi cómo bajaba del cielo otro ángel que tení­a gran poder, y con su gloria se iluminó la tierra. 2 Y clamó con gran voz diciendo: "Ha caí­do, ha caí­do Babilonia la grande, y ha venido a ser albergue de demonios y refugio de todo espí­ritu inmundo y refugio de toda ave impura y aborrecible. 3 Porque del vino de su furiosa fornicación bebieron todas las naciones; con ella fornicaron los reyes de la tierra y con el poder de su lujo se enriquecieron los mercaderes de la tierra."

LA CAÍDA DE BABILONIA

4 Oí­ otra voz venida del cielo que decí­a: "Salí­d de ella, pueblo mí­o, para no ser solidario de sus pecados y no participar en sus plagas; 5 pues sus pecados se han acumulado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus iniquidades. 6 Pagadle como ella ha pagado; retribuirdle el doble conforme a sus obras; en la copa que mezcló, mezcladle doblado. 7 Cuanto se glorificó a sí­ misma y vivió en lujo, otro tanto dadle de tormento y de luto, porque ella dice en su corazón: "Como reina estoy sentada y no soy viuda y jamás veré duelo." 8 Por tanto, en un solo dí­a vendrán sus plagas: muerte y luto y hambre: y será abrasada en fuego, porque fuerte Señor es el Dios que la ha juzgado."

LAMENTACIONES DE LOS ALIADOS Y MERCADERES

9 Al ver el humo de su incendio llorarán y se lamentarán sobre ella los reyes de la tierra, que con ella vivieron en la fornicación y en el lujo. 10 Manteniéndose lejos por miedo al tormento de ella, dirán: "¡Ay, ay de la ciudad grande de Babilonia, la ciudad poderosa, porque en una sola hora vino tu juicio!" 11 También los traficantes de la tierra lloran y hacen luto sobre ella, porque nadie compra más sus cargamentos: 12 cargamentos de oro, de plata, de piedras preciosas, de perlas, de fino lino, de púrpura, de seda y de escarlata, y toda clase de madera olorosa, toda suerte de objetos de marfil y todo utensilio de madera preciosí­sima, de bronce, de hierro y de mármol; 13 y canela, especies aromáticas, perfumes, mirra, incienso, vino y aceite, flor de harina y trigo, vacas y ovejas, caballos y carruajes, cuerpos y almas de hombres. 14 Los frutos que eran el deleite de tu alma se han apartado de ti; todas las cosas delicadas y espléndidas se acabaron para ti, y no serán halladas jamás. 15 Los mercaderes de estas cosas, que se enriquecieron a costa de ella, se pondrán a lo lejos, por miedo a su tormento, llorando y lamentándose, 16 y dirán: "¡Ay, ay de la ciudad grande, que se vestí­a de finí­simo lino, de púrpura y de escarlata, y se adornaba de oro, de pedrerí­a y perlas; 17 porque en una sola hora fué devastada tanta riqueza!" Y todo piloto, y todos los que navegan de cabotaje, los marineros y cuantos explotan el mar se detuvieron lejos, 18 y al ver el humo de su incendio dieron voces, diciendo: "¿Quién como esta ciudad tan grande?" 19 Y arrojaron polvo sobre sus cabezas y gritaron, y llorando y lamentándose, dijeron: "¡Ay, ay de la ciudad grande, en la cual por su opulencia se enriquecieron todos los poseedores de naves en el mar! porque en una sola hora fué desolada." 20 ¡Alégrate sobre ella, oh cielo, y vosotros, los santos y los apóstoles y los profetas, pues juzgándola Dios os ha vengado de ella!

EL JUICIO DEFINITIVO SOBRE BABILONIA

21 Y un ángel poderoso alzó una piedra grande como rueda de molino, y la arrojó al mar, diciendo: "Así­, de golpe, será precipitada Babilonia, la ciudad grande, y no será hallada nunca más. 22 No se oirá más en ti voz de citaristas, ni de músicos, ni de tocadores de flauta y trompeta, ni en ti volverá a hallarse artí­fice de arte alguna, ni se escuchará más en ti ruido de molino. 23 Luz de lámpara no brillará más en tí­, ni se oirá en ti voz de novio y de novia, porque tus traficantes eran los magnates de la tierra, porque con tus hechicerí­as han sido embaucados todos los pueblos. 24 Y en ella fué encontrada sangre de profetas y de santos, y de todos los que fueron sacrificados sobre la tierra."


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XVIII

1 ss. En su estilo este anuncio se parece a los de los profetas antiguos contra Babilonia (cf. Is. caps. 13 y 14; 21, 9; Jer. caps. 50 y 51). Véase en la nota al S. 137, 8 los muchos paralelismos entre ambas Babilonias.

2. Véase 14, 8; Is. 13, 21; 21, 9; 24, 11 ss.; Jer. 50, 39; 51, 8.

3. Véase 17, 2; Jer. 51, 7. Reyes y mercaderes: cf. vv. 9 y 11.

4 s. Salid de ella: la orden recuerda los pasajes que se refieren a la Babilonia histórica en Is. 48, 20; Jer. 50, 8; 51, 6 y 45; Zac. 2, 7. Pirot señala un paralelismo con Jerusalén en Marc. 13, 14; Mat 24, 16. Como observamos al comentar esta expresión en Is. 48, 20, con la caí­da de Babilonia debí­a empezar la redención del pueblo judí­o, que entonces sólo fué imagen de la que habí­a de traer Jesucristo (Luc. 21, 28; cf. Neh. 9, 37 y nota). La salida de los judí­os fué pací­fica por la merced de Ciro (Esdr. 1, 1 ss.), que en la profecí­a es figura de Cristo y fué anunciado dos siglos antes para ser el restaurador de Israel (Is. 44, 28; 45, 1 ss.; cf. II Par. 36, 23; Jer. 25, 11; 29, 10). En cuanto al alcance de aquel anuncio según el cual Babilonia "será barrida con la escoba de la destrucción" (Is. 14, 23 texto hebreo), observa Schuster-Holzammer que lo datos modernos han rectificado la antigua opinión, pues cuando Naboned se rindió al conquistador Ciro éste lo trató con toda suerte de consideraciones, y añade: "Nada dice la Sagrada Escritura de la toma de Babilonia. Efectuóse -contra lo que antes se creí­a - sin resistencia y sin espada, con sorprendente rapidez, al mando de Ugbaru (Goybras), gobernador de Gutium. Ciro, que entró en Babilonia tres meses más tarde, perdonó a la ciudad y adoró a los dioses, tomó el tí­tulo de "rey de Babilonia" y puso de gobernador de ella (¿virrey?) a Ugbaru". Vemos, pues, la perfecta coincidencia entre S. Juan e Isaí­as el gran profeta que "consoló a los que lloraban en Sión y anunció las cosas que han de suceder en los últimos tiempos" (Ecli, 48, 27 s. y nota). Históricamente, dice Vigoroux, "Babilonia hasta quedó como una de las capitales del imperio de los persas" y conservó restos de su civilización y monumentos "más allá aún de la era cristiana". La Basí­lica de S. Pedro, dice el profesor H. Mioni, serí­a casi un pigmeo junto al templo de Baal, que Herodoto asegura tení­a en ladrillo 192 metros de altura. Este historiador, que visitó Babilonia en 450 a. C. (un siglo después de Ciro), habla también de sus muros de 200 codos de altura y 50 de espesor, protegidos por 250 torres y 100 puertas de bronce, Pueblo mí­o: En la ciudad corrompida y en medio de los adoradores de la bestia viven los marcados con el sello del Cordero que, recordando la palabra de Jesús sobre la mujer de Lot (Luc. 17, 32), se guardan de arraigar el corazón en los afectos y respetos humanos. A ellos se dirige esta voz del cielo que, sin duda es la de Jesús, pues Dios Padre es nombrado en tercera persona (vv. 5 y 8). S. Agustí­n observa que con los pasos de la fe podemos huir de este mundo hacia Dios, nuestro refugio.

6. Cf. Jer. 50, 29.

7. Véase Is. 47, 8, donde Babilonia se jacta de la misma manera. Cf. 3, 17; 17, 6; Bar. 4, 12.

8. Será abrasada en fuego: "En el fondo de su simbolismo Juan encierra la idea principal que causa la ruina de la soberbia Babilonia. La pena del fuego (cf. 17, 16; 19, 3) era el castigo reservado por la Ley para el adulterio o la fornicación de carácter sacrí­lego (cf. Lev. 21, 9)" (Iglesias).

11 ss. Los lamentos de los mercaderes son el retrato de los hombres del mundo. Lejos de llorar la perversidad de la ciudad caí­da o siquiera compadecer su trágica suerte como hacen los reyes (v. 9), deploran ante todo sus propias pérdidas, porque nadie comprará ya sus mercaderí­as (v. 11). Su egoí­smo no repara en la inquinidad tremendamente castigada por Dios, sino en que ello le trae un lucro cesante. Cf. Ez. 27, 12 ss.

13. Cuerpos y almas: Tremendo tráfico que recuerda el de Tiro con los esclavos (Ez. 27, 13), pero al que se añade aquí­ el de las almas.

17 ss. Cf. Ez. 27, 29 ss. El humo (La Vulgata dice el lugar). Cf. v. 9.

20. Los santos y los apóstoles: (Vulg.; santos apóstoles). Esta invitación al júbilo tiene un eco deslumbrante en 19, 1-7.

21. Significa la sorprendente rapidez (cf. v. 8) y el carácter irreparable con que será destruida la fortaleza del mundo anticristiano. Véase igual acto en Jer. 51, 63 s., a propósito de Babilonia.

22 s. Recuerda ante todo, como dice Pirot, el duro anuncio de Jeremí­as a Jerusalén (Jer. 25, 10; 7, 34; 16, 9). Cf. Is. 24, 1-13; 47, 9; 23, 8; Ez. 26, 13.

24. Sangre de santos: cf. 6, 10; 16, 6; 17, 6; 19, 2; Mat. 23, 35 ss.; Jer. 51, 49.



CAPÍTULO XIX

ALELUYA EN EL CIELO

1 Después de esto oí­ en el cielo como una gran voz de copiosa multitud, que decí­a "¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios; 2 porque fieles y justos son sus juicios, pues Él ha juzgado a la gran ramera, que corrompí­a la tierra por su prostitución, y ha vengado sobre ella la sangre de sus siervos." 3 Y por segunda vez dijeron: "¡Aleluya!" Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos. 4 Y se postraron los veinticuatro ancianos, y los cuatro vivientes, y adoraron al Dios sentado en el trono, diciendo: "Amén. ¡Aleluya!" 5 Y salió del trono una voz que decí­a: "Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, pequeños y grandes!" 6 Y oí­ una voz como de gran muchedumbre, y como estruendo de muchas aguas, y como estampido de fuertes truenos, que decí­a: "'¡Aleluya!" porque el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso, ha establecido el reinado. 7 Regocijémonos y saltemos de júbilo, y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. 8 Y se le ha dado vestirse de finí­simo lino, espléndido y limpio; porque el lino finí­simo significa la perfecta justicia de los santos." 9 Y me dijo: "Escribe: ¡Dichosos los convidados al banquete nupcial del Cordero!" Dí­jome también: "Estas son las verí­dicas palabras de Dios." 10 Caí­ entonces a sus pies para adorarlo. Mas él me dijo: "Guárdate de hacerlo. Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos, los que tienen el testimonio de Jesús. A Dios adora. El testimonio de Jesús es el espí­ritu de la profecí­a."


CRISTO REY -  EL TRIUNFO DE CRISTO

11 Y vi el cielo abierto, y he aquí­ un caballo blanco, y el que montaba es el que se llama Fiel y Veraz, que juzga y pelea con justicia. 12 Sus ojos son llama de fuego, y en su cabeza lleva muchas diademas, y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino Él mismo. 13 Viste un manto empapado de sangre, y su Nombre es: el Verbo de Dios. 14 Le siguen los ejércitos del cielo en caballos blancos, y vestidos de finí­simo lino blanco y puro. 15 De su boca sale una espada aguda, para que hiera con ella a las naciones. Es Él quien las regirá con cetro de hierro; es Él quien pisa el lagar del vino de la furiosa ira de Dios el Todopoderoso. 16 En su manto y sobre su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores. 17 Y vi un ángel de pie en el sol y gritó con poderosa voz, diciendo a todas las aves que volaban por medio del cielo: "Venid, congregaos para el gran festí­n de Dios, 18 a comer carne de reyes, carne de jefes militares, carne de valientes, carne de caballos y de sus jinetes, y carne de todos, de libres y esclavos, de pequeños y grandes." 19 Y vi a la bestia, y a los reyes de la tierra, y a sus ejércitos, reunidos para dar la batalla contra Aquel que montaba el caballo y contra su ejército. 20 Y la bestia fué presa, y con ella el falso profeta, que delante de ella habí­a hecho los prodigios, por medio de los cuales habí­a seducido a los que recibieron la marca de la bestia y a los que adoraron su estatua. Estos dos fueron arrojados vivos al lago del fuego encendido con azufre. 21 Los demás fueron trucidados con la espada que salí­a de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de la carne de ellos.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XIX

1 s. Véase 4, 11; 16, 7; S. 8, 10; 117, 137. Muchos observan aquí­ cuán dramático es el contraste entre el mundo, que se lamenta por la caí­da de Babilonia (18, 9 y 11), y el cielo, que se llena de la máxima exultación, lo cual se explica, dice Fillion, pues esa caí­da "va a facilitar y acelerar el establecimiento universal del reino de Dios". Cf. 18, 20; Jer. 51, 48.

5 ss. Aleluya: locución hebrea (Hallelú yah), no significa alegrí­a, como suele creerse, sino ¡alabad a Yahvé! Usada frecuentemente en los Salmos, sólo aparece cuatro veces en el Nuevo Testamento y es en los vv. 1, 3, 4 y 6 de este capí­tulo. Es aquí­ la respuesta al petitorio del v. 4 y coincide naturalmente con el colmo del gozo (18, 20) ante el acontecimiento que significa la culminación del Libro y de todo el plan de Dios en la glorificación de su Hijo (cf. 11, 15 ss.). "Voces celestiales cantan la toma de posesión por el Señor de su reino universal y eterno al mismo tiempo que las Bodas del Cordero. Este hermoso pasaje sirve de transición entre la ruina de Babilonia y la derrota, ora del Anticristo ora de Satanás" (Fillion). Cf. sobre el primero v. 19 s.; sobre el segundo, 20, 1 s. y 7 ss.

7. Cf. Mat. 22, 2 ss.; 25, 1 ss.; Luc. 14, 16 ss. La desposada (cf. Cant. 4, 7 nota) se prepara para celebrar las nupcias con su divino Esposo (cf. Ef. 5, 25-27). Pirot opina que aquí­ S. Juan deja solamente entrever las bodas del Cordero y de la Iglesia que se celebran según él en el cap. 21, y recuerda que "la metáfora del matrimonio traducí­a en el A. T. la idea de alianza entre Yahvé e Israel (Os. 2, 16; Is. 50, 1-3; 54, 6; Ez. 16, 7 ss.; Cant.)" . Jí¼nemann ve aquí­ "los desposorios perfectos, triunfales y eternos de Cristo con la humanidad restaurada por Él" (cf. 12, 1 y nota). Los primeros cristianos anhelaban ya la unión final con el Esposo, en la oración que desde el siglo primero nos ha conservado la "Didajé" o "Doctrina de los doce Apóstoles": "Así­ como este pan fraccionado estuvo disperso entre las colinas y fué recogido para formar un todo, así­ también, de todos los confines de la tierra, sea tu Iglesia reunida para el Reino tuyo... lí­brala de todo mal, consúmala por tu caridad, y de los cuatro vientos reúnela, santificada, en tu reino que para ella preparaste, porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos. ¡Venga la gracia! ¡Perezca este mundo! ¡Hosanna al Hijo de David! Acérquese el que sea santo; arrepiéntase el que no lo sea. Maranatha (Ven, Señor). Amén".

8. Contraste con la actitud de Babilonia (17, 4; 18, 16).

9. Dichosos los convidados al banquete nupcial: Véase la parábola de Jesús en Mat. 22, 2 ss. Cf. 3, 20; Is. 25, 6 y Luc. 14, 15 donde esta idea va unida a lo que Jesús llama "la resurreción de los justos" (Luc. 14, 14). He aquí­ la bienaventuranza suprema y eterna (cf. 20, 8; 21, 2 y 9 ss.). Pirot señala la frecuencia de esta idea del banquete en el N. T. y cita además Mat. 8, 11; Luc. 22, 18 y IV Esdr. 2, 38.

10. A Dios adora: "Es decir, reserva para Él solo todos tus homenajes" (Fillion). El ángel se declara siervo de Dios como los hombres (cf. 22, 8; Hebr. 1, 14). S. Pedro nos da a este respecto un bello ejemplo en Hech. 10, 25 s. ·El término adorar, dice Crampon. debe ser tomado aquí­, como en varios lugares de la Escritura, en el sentido lato de venerar, dar una señal extraordinaria de respeto". Cf. S. 148, 13 y nota. El espí­ritu de la profecí­a no ha sido dado sólo al ángel sino también al hombre (cf. Ef. 1, 9 s.; I Pedro 1, 10 ss.) y consiste en dar testimonio de Jesús y de sus palabras (I Cor. 14). Juan tiene también ese espí­ritu, y ello le es asimismo un testimonio de que Jesús está con él. Cf. 1, 9; 12, 17, donde parece mostrársenos que hay una persecución especial para los que tienen este testimonio de orden profético, quizá porque es lo que al orgullo humano más le cuesta aceptar, según sucedió con Israel. Cf. Juan 12, 40-41; Luc. 19, 14.

11 ss. Fiel y Veraz: (Cf. 1, 5; 3, 7 y 14): el mismo Jesucristo, cuyas palabras se llaman por eso "fieles y verdaderas" (21, 5; 22, 6). Él, juez del mundo, vendrá como Rey a derrotar a sus enemigos: juzga y pelea como en Is. 63, 1. Su triunfo, anunciando desde las primeras páginas del Libro sellado (7, 2), va ahora a manifestarse ante todo contra el Anticristo (II Tes. 2, 8). "El Mesí­as en persona se reserva la primera ejecución" (Pirot).

12. Muchas diademas: más que el dragón (12, 3) y que la bestia (13, 1). El Canon de Muratori, fragmento de fines del siglo II, entre los grandes misterios de Cristo sobre los cuales es una sola nuestra fe, señala "su doble advenimiento, el primero en la humildad y despreciado, que ya fué; y el segundo, con potestad real... (aquí­ faltan algunas palabras) preclaro, que será" (Ench. Patristicum 268).

13. Un manto empapado de sangre (v. 13) alude asimismo a la visión de Is. 63, 1-6 (cf. nota). No es la sangre de Jesús, como algunos han creí­do, sino de la vendimia de sus enemigos (cf. 14, 20 y nota). Los hijos de Esaú, Idumeos (de Bosra), siempre aparecen los primeros castigados como los que más odiaron a su hermano Israel (cf. Is. 34, 6; S. 136, 7; Hab. 3, 3; Abd. 17 ss. y notas, etc.).

14. Los ejércitos del cielo son los ángeles (Mat. 25, 31; 26, 51; II Tes. 1, 7) y sin duda también, como observa Pirot, los santos (17, 4) resucitados al efecto (I Tes. 4, 16 s.; Judas 14).

15. "Como en Is. 11, 4... como el Rey de S. 2, 9, será duro para los goyim" (Gelin). Véase además sobre la espada que sale de su boca, 2, 16; II Tes. 2, 8; sobre el cetro de hierro, 12, 5; S. 109, 6; 149, 6 ss.; sobre el lagar del vino de la furiosa ira, v. 13 y nota. Pirot, citando a Lagrange, hace notar que "Jesús durante su vida mortal no dió cumplimiento a estas profecí­as: fué especialmente el Mesí­as doctor y paciente; las perspectivas gloriosas, las promesas de dominación sobre el mundo, el aspecto triunfal del mesianismo, no se realizaron entonces: el mesianismo parecí­a como cortado en dos". Cf. Jer. 30. 3; Mat. 5, 17-18; Luc. 24, 44; Hech. 3, 20 ss.; I Pedro 1, 11.

16. Pí­o XII en su primera Encí­clica, cita este pasaje y dice: "Queremos hacer del culto al Rey de reyes y Señor de señores, como la plegaria del introito de este nuestro Pontificado". Cf. 17, 14; Deut. 10, 17. Resumiendo un estudio de Cerfaux a este respecto, dice Gelin: "El tí­tulo de Señor (Kyrios) tiene una significación real y triunfal: corresponde al belu de la correspondencia de Tell- el Amarna, al Adón de los hebreos, al marana de los papiros de Elefantina. Ese tí­tulo debió ser utilizado en la Iglesia judeo-aramea para expresar la dignidad del Rey Mesí­as. Se puede leer con esta idea los siguientes pasajes donde está usado en su contexto real y triunfal: Marc. 11, 3; 12, 35-37; I Cor. 16, 23 (Marana= Kyrios); 11, 26; Hech. 5, 31; 7, 60; Luc. 19, 11; Mat. 24, 42.

17 s. Véase Ez. 39, 17 ss., donde el Profeta invita a las aves del cielo a comer la carne de los enemigos de Israel; y Dan. 7, 11 y 26, donde se anuncia la destrucción de la bestia que es figura del Anticristo (cf. v. 20). También Isaí­as, después de anunciar la Pasión y Muerte de Jesús, revela su triunfo final sobre todos sus enemigos, diciendo: "Y repartirá los despojos de los fuertes" (Is. 53, 12).

19ss. Véase 16, 16 y nota. "La batalla final es el advenimiento triunfante de Jesucristo para juzgar al mundo" (Crampon). Cf. 20, 11. Matados los dos testigos (11, 8) y tramada la coalición de todas las fuerzas anticristianas (16, 13), el gran enemigo de Dios es derrotado por Jesucristo en Persona. "Esta matanza es obra del mismo Cristo. Aunque hubiese un ejército numeroso, el Verbo de Dios parece ser el único que toma parte efectiva en el combate" (Fillion). Cf. Is. 11, 4; II Tes. 2, 8; Dan. 7, 21 y notas. Sobre la bestia y el falso profeta, véase cap. 13 (cf. Dan. 8, 25 s.; 11, 36). S. Agustí­n cree que, entre la muerte del Anticristo  y el fin del mundo, mediará un tiempo al cual se refiere también S. Tomás diciendo: "Consolará el Señor a Sión (Is. 51, 3)... y a causa de esto, después de la muerte del Anticristo, será también doble la consolación: esto es, la paz y la multiplicación de la fe; porque entonces todos los judí­os se convertirán a la fe de Cristo, viendo que fueron engañados: en aquellos dí­as suyos, Judá será salvo e Israel vivirá tranquilamente y el nombre con que será llamado helo aquí­: Justo Señor nuestro (Jer. 23, 6)".

21. "Los soldados de las Bestias (16, 14; 18, 3) son muertos en el combate y sus almas van probablemente al Hades, de donde no saldrán sino en 20, 14- 15. Hay, pues, en la parte inferior del teatro apocalí­ptico varias mansiones que no coinciden: el Hades, el estanque de fuego (Gehenna); el abismo (cf. 9, 1) del que va a hablarse en seguida" (Pirot). Cf, 20, 3.




CAPÍTULO XX

SATANÁS ES ATADO POR ESPACIO DE MIL AÑOS

1 Y ví­ un ángel que descendí­a del cielo y tení­a en su mano la llave del abismo y una gran cadena. 2 Y se apoderó del dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y lo encadenó por mil años, 3 y lo arrojó al abismo que cerró y sobre el cual puso sello para que no sedujese más a las naciones, hasta que se hubiesen cumplido los mil años, después de lo cual ha de ser soltado por un poco de tiempo. 4 Y vi tronos; y sentáronse en ellos, y les fué dado juzgar, y (vi) a las almas de los que habí­an sido degollados a causa del testimonio de Jesús y a causa de la Palabra de Dios, y a los que no habí­an adorado a la bestia ni a su estatua, ni habí­an aceptado la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. 5 Los restantes de los muertos no tornaron a vivir hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. 6 ¡Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección! Sobre éstos no tiene poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, con el cual reinarán los mil años.

SATANAS ES SOLTADO Y DERROTADO DEFINITIVAMENTE

7 Cuando se hayan cumplido los mil años Satanás será soltado de su prisión, 8 y se irá a seducir a los pueblos que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y Magog a fin de juntarlos para la guerra, el número de los cuales es como la arena del mar. 9 Subieron a la superficie de la tierra y cercaron el campamento de los santos y la ciudad amada; mas del cielo bajó fuego (de parte de Dios) y los devoró. 10 Y el Diablo, que los seducí­a, fué precipitado en el lago de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta; y serán atormentados dí­a y noche por los siglos de los siglos.

EL JUICIO FINAL

11 Y vi un gran trono esplendente y al sentado en él, de cuya faz huyó la tierra y también el cielo; y no se halló más lugar para ellos. 12 Y vi a los muertos, los grandes y los pequeños, en pie ante el trono y se abrieron libros -se abrió también otro libro que es el de la vida- y fueron juzgados los muertos, de acuerdo con lo escrito en los libros, según sus obras. 13 Y el mar entregó los muertos que habí­a en él; también la muerte y el Hades entregaron los muertos que habí­a en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. 14 Y la muerte y el Hades fueron arrojados en el lago de fuego. Esta es la segunda muerte: el lago de fuego. 15 Si alguno no se halló inscrito en el libro de la vida, fué arrojado al lago de fuego.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XX

1. Para apoderarse del dragón (v. 2) el ángel desciende del cielo a la tierra, pues antes Satanás habí­a sido precipitado a ella (12, 9-12). Este ángel parecerí­a ser el Arcángel S. Miguel, que es el vencedor de Satanás (cf. 12, 7 y nota), y a quien la liturgia de su fiesta considera como el ángel mencionado en 1,1 (cf. Epí­stola del 8 de mayo y 29 de septiembre). León XIII lo expresa así­ en su Exorcismo contra Satanás y los ángeles rebeldes al citar este pasaje cuando pide a San Miguel que sujete "al dragón aquella antigua serpiente que es el diablo y Satanás" para precipitarlo encadenado a los abismos de modo que no pueda seducir más a las naciones. El mismo Pontí­fice prescribió la oración después de la misa en que se hace igual pedido a Miguel, "Prí­ncipe de la milicia celestial" para que reduzca a "Satanás y los otros espí­ritus malignos que vagan por el mundo". Véase I Pedr. 5, 8, que se recita en el Oficio de Completas. Cf. II Cor. 2, 11; Ef. 6, 12.

2. "Aquí­, dice Gelin, el ángel malo por excelencia sufre un castigo previo a su punición definitiva (20, 10). Se trata de una neutralización de su poder, que refuerza la que le habí­a sido impuesta en 12, 9". Por mil años: los vv. 3, 4, 5, 6 y 7 repiten esta cifra. Según S. Pedro, ella corresponderí­a a un dí­a del Señor (II Pedro 3, 8; S. 89, 4). S. Pablo (I Cor. 15, 25) dice: "hasta que Él ponga a sus enemigos por escabel de sus pies", como lo vemos en los vv. 7-10.

3. Al Abismo: véase v. 9; 19, 21 y nota. Cf. II Pedro 2, 4; Judas 6. Para que no sedujese: cf. v. 1 y nota. Ha de ser soltado: cf. v. 7 ss.

4 Martini opina que "el orden de estas palabras parece que debe ser éste: Vi tronos, y las almas de los que fueron degollados etc. y se sentaron y vivieron, y reinaron, etc. ". Cf. 3, 21 y nota. Otros piensan que esos tronos serán sólo doce (Mat. 19, 28), reservados a aquellos que se sentaron, pues de esos otros resucitados no se dice que se sentaron aunque sí­ que reinaron por no haber adorado como todos al Anticristo (cap. 13), que fué destruido en el capí­tulo anterior (19, 20), y serán reyes y sacerdotes (v. 6; 1, 6; 5, 10). Véase I Cor. 6, 2-3, donde S. Pablo enseña que los santos con Cristo juzgarán al mundo y a los ángeles. Cf. Sab. 3, 8; Dan. 7, 22; Mat. 19, 22; Luc. 22, 30; I Cor. 15, 23; I Tes. 4, 13 ss.; Judas 14 y notas.

5. La primera resurrección: He aquí­ uno de los pasajes más diversamente comentados de la Sagrada Escritura. En general se toma esta expresión en sentido alegórico: la vida en estado de gracia, la resurrección espiritual del alma en el Bautismo, la gracia de la conversión, la entrada del alma en la gloria eterna, la renovación del espí­ritu cristiano por grandes santos y fundadores de Órdenes religiosas (S. Francisco de Así­s, Santo Domingo, etc.), o algo semejante. Baí­l, autor de la voluminosa Summa Conciliorum, lleva a tal punto su libertad de alegorizar las Escrituras, que opta por llamar primera resurrección la de los réprobos porque éstos, dice, no tendrán más resurrección que la corporal, ya que no resucitarí­an para la gloria. Según esto, el v. 6 alabarí­a a los réprobos, pues llama bienaventurado y santo al que alcanza la primera resurrección. La Pontificia Comisión Bí­blica ha condenado en su decreto del 20-VIII-1941 los abusos del alegorismo, recordando una vez más la llamada "regla de oro", según la cual de la interpretación alegórica no se pueden sacar argumentos. Sin embargo, hay que reconocer aquí­ el estilo apocalí­ptico: En I Cor. 15, 23, donde S. Pablo trata del orden en la resurrección, hemos visto que algunos Padres interpretan literalmente este texto como de una verdadera resurrección, primera, fuera de aquella a que se refiere San Mateo en 27, 52 s. (resurrección de santos en la muerte de Jesús) y que también un exegeta tan cauteloso como Cornelio a Lápide la sostiene. Cf. I Tes. 4, 16; I Cor. 6, 2-3; II Tim. 2, 16 ss. y Filip. 3, 11, donde San Pablo usa la palabra "exanástasis" y añade "ten ek nekróon" o sea literalmente, la ex-resurrección, la que es de entre los muertos. Parece, pues, probable que San Juan piense aquí­ en un privilegio otorgado a los Santos (sin perjuicio de la resurrección general), y no en una alegorí­a, ya que S. Ireneo, fundándose en los testimonios de los presbí­teros discí­pulos de S. Juan, señala como primera resurrección la de los justos (cf. Luc. 14, 14 y 20, 35). La nueva versión de Nácar-Colunga ve en esta primera resurrección un privilegio de los santos mártires, "a quienes corresponde la palma de la victoria. Como quienes sobre todo sostuvieron el peso de la lucha con su Capitán, recibirán un premio que no corresponde a los demás muertos, y éste es juzgar, que en el sentido bí­blico vale tanto como regir y gobernar al mundo, junto con su Capitán, a quien por haberse humillado hasta la muerte le fué dado reinar sobre todo el universo (Filip. 2, 8 s.)". Véase Filip. 3, 10-11; I Cor. 15, 23 y 52 y notas; Luc. 14, 14; 20, 35; Hech. 4, 2.

6. Con el cual reinaron los mil años: Fillion dice a este respecto: "Después de haber leí­do páginas muy numerosas sobre estas lí­neas, no creemos que sea posible dar acerca de ellas una explicación enteramente satisfactoria". Sobre este punto se ha debatido mucho en siglos pasados la llamada cuestión del milenarismo o interpretación que, tomando literalmente el milenio como reinado de Cristo, coloca esos mil años de los vv. 2-7 entre dos resurrecciones, distinguiendo como primera la de los vv. 4-6, atribuida sólo a los justos, y como segunda y general la mencionada en los vv. 12-13 para el juicio final del v. 11. La historia de esta interpretación ha sido sintetizada en breves lí­neas en una respuesta dada por la Revista Eclesiástica de Buenos Aires (mayo de 1941) diciendo que "la tradición, que en los primeros siglos se inclinó en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime". La Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio cortó la discusión declarando, por decreto del 21 de julio de 1944, que la doctrina "que enseña que antes del juicio final, con resurrección anterior de muchos muertos o sin ella, nuestro Señor Jesucristo vendrá visiblemente a esta tierra a reinar, no se puede enseñar con seguridad (tuto doceri non posse)". Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en Parí­s bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje: "La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinarí­a mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final. El autor de la Epí­stola de Bernabé (15, 4-9) es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teorí­a completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesí­aca: 6.000+1.000 años. S. Papí­as es un milenarista ingenuo. S. Justino, más avisado empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia (Diálogo con Trifón 80-81). S. Ireneo lo mismo (Contra las herejí­as V. 28, 3), al cual sigue Tertuliano (Contra Marción III, 24). En Roma, S. Hipólito se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joanea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo". Relata aquí­ Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Diocesano de Alejandrí­a "forzó al jefe de la secta a confesarse vencido", y sigue: "Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio. Por su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaí­as, libro 18). S. Agustí­n, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, habí­a antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclercq)". Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio y continúa: "Algunos crí­ticos católicos contemporáneos, por ejemplo Calmes, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio serí­a inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exégesis -sigue diciendo Pirot - comúnmente admitida por los autores católicos, es la que S. Agustí­n ha dado ampliamente. Agustí­n hace comenzar este perí­odo en la Encarnación porque profesa la teorí­a de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustí­n, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. III, 1-2; Fil. III, 20; cf. Juan V, 25); los tronos del v. 4 son los de la jerarquí­a católica y es esa jerarquí­a misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estarí­amos tentados -concluye Pirot- de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda tenemos allí­ una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano; se sienta porque reina (Mat. XIX, 28; Luc. XXII, 30; I Cor. VI, 3; Ef. I, 20; II, 6; Apoc. I, 6; V, 9)." La segunda muerte: El Apóstol explica este término en el v. 14.

8. Gog y Magog: son aquí­, como en Ez. 39, 2, representantes de los reinos y pueblos anticristianos. Gog se llama en Ezequiel rey de Rosch, Mosoc y Tubal, reinos situados al norte de Mesopotamia, e identificados por algunos intérpretes con Rusia, Moscú y Tobolsk (Siberia). ¿Debe esta rebelión identificarse con aquella invasión de Tierra Santa que anuncia Ezequiel? Véase allí­ los caps. 38-39 y sus notas. Lo que no puede dejar de señalarse es lo que esto significa como "etapa" final de la invariable apostasí­a del hombre frente a Dios (cf. 13, 18 y nota). "Empezó en el paraí­so (Gén. 3), y se repitió diez y seis siglos más tarde en el diluvio (Gén. 4-7) y cuatro siglos después con la torre y ciudad de Babel (Gén 8-11). Después de la elección de Abrahán, la era patriarcal termina paganizada en la esclavitud de Egipto (430 años), y luego de otros quince siglos el pueblo electo de Israel, seducido por sus jefes religioso-polí­ticos, reclamó y consiguió una cruz para el Mesí­as tan esperado. ¿Acaso las naciones de la gentilidad habrán de ser más fieles? Las hemos visto en capí­tulos anteriores siguiendo al Anticristo y las vemos aquí­, apenas suelto Satanás, precipitarse de nuevo a su ominoso servicio. ¡Triste comprobación para la raza de Adán! Digamos, pues, que si toda la humanidad no es salva, no será porque Dios no haya agotado su esfuerzo hasta entregar su Hijo". Cf. Juan, 3, 16.

9. Subieron a la superficie: cf. Ez. 39, 11-16 y notas. La ciudad amada: como anota Pirot "el ataque se hace contra Jerusalén, capital del Reino mesiánico, como en Ez. 38, 12... Los santos no necesitan salir, pues Dios interviene desde el cielo". En efecto, bajó fuego del cielo y los devoró: esto es, súbitamente y sin batalla como en 19, 11 ss. Las palabras entre corchetes son probablemente una glosa. Así­ morirán todos, para ser juzgados con los demás muertos (vv. 5 y 11 ss.). Véase v. 14 y nota. Como los expresa la mayorí­a, este parece ser el fuego que S. Pedro anuncia en II Pedro 3, 7-8 como perdición final de los hombres impí­os (cf. v. 11 y nota) si bien no es fácil conciliar esto con el mencionado en I Cor. 3. 15, pues en la Parusí­a del Señor lo vemos con nubes (14, 14) o sobre caballo blanco (19, 11) pero nunca con fuego.

10. Cf. Is. 24, 21 s. y nota.

11 ss. Descripción del juicio final, cuya explicación encierra todaví­a muchos misterios para la exégesis moderna. Se dirí­a que, como en 19, 11 ss. y en Mat. 25, 31 ss., el juez es Cristo, el Hijo a quien Dios entregó el poder de juzgar al mundo (Juan 5, 22; Hech. 10, 42; 17, 31; Rom. 2, 16; I Pedro 4, 5 s.) después de haber hecho entrega de ese mismo Hijo "para que el mundo se salve por Él" (Juan 3, 16-17). Sin embargo, los autores modernos (Fillion, Pirot, etc.) dan por seguro que S. Juan presenta aquí­ a Dios Padre a quien llama desde el principio "el que está sentado en el trono" (4, 9 y 10; 5, 1, 7 y 13; 7, 15, etc.) y que es el único juez supremo" (Gelin) Cf. 22, 13 y nota. Huyó la tierra, etc.: no es ya parcialmente, como en 6, 14; 16, 20, sino que aquí­ no hay más tierra de modo que, dice Pirot, "es imposible ubicar el lugar del juicio y por tanto no puede aplicarse, como en Mat. 25, 31 ss., lo anunciado sobre el juicio de las naciones al retorno de Cristo en el valle de Josafat (Joel 3, 2), ni expresa allí­ Jesús las otras caracterí­sticas que aquí­ vemos, como la resurrección, el tratarse sólo de muertos (vv. 12 y 13) sin quedar ningún vivo (v. 9; cf. I Tes. 4, 16-17); los libros abiertos; la exclusiva mención del castigo y no del premio (vv. 14, y 15); el contenido general del juicio sin referencia a las obras de caridad (Mat. 25, 35 ss.), ni al Rey (í­d. 34 y 40), ni a su Parusí­a, ni a sus ángeles (í­d. 31), ni a sus hermanos (í­d. 40), ni a las naciones (í­d. 32), ni a la separación entre ovejas y machos cabrí­os (v. 33). Por ahí­ vemos cuánto debe ser aún nuestro empeño en profundizar la doctrina e intensificar nuestra cultura bí­blica. Sobre el Libro de la vida, cf. 3, 5 y nota.

14. Sólo aquí­ se ve que no habrá más muerte sobre la tierra. Por eso S. Pablo dice que "la muerte será el último enemigo destruido" para que todas las cosas queden sujetas bajo los pies de Jesús (I Cor. 15, 26; Ef. 1, 10) y Él pueda entregarlo todo al Padre (I Cor. 15, 24 y 28). La muerte y el Hades parecen personificar a los muertos que habí­a en ellos (v, 13), no nombrándose el mar porque habí­a desaparecido en el v. 11 como se deduce de 21, 1. De lo contrario nadie podrí­a explicar por ahora el significado de ambos personajes.



DIOS EN MEDIO DE SU PUEBLO

CAPÍTULO XXI

CIELO NUEVO Y NUEVA TIERRA

1 Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habí­an pasado, y el mar no existí­a más. 2 Y vi la ciudad, la santa, la Jerusalén nueva, descender del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. 3 Y oí­ una gran voz desde el trono, que decí­a: "He aquí­ la morada de Dios entre los hombres. Él habitará con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos, 4 y les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá más; no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron." 5 Y Aquel que estaba sentado en el trono dijo: "He aquí­, Yo hago todo nuevo." Dijo también: "Escribe, que estas palabras son fieles y verdaderas." 6 Y dí­jome: "Se han cumplido. Yo soy Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. 7 El vencedor tendrá esta herencia, y Yo seré su Dios y él será hijo mí­o. 8 Mas los tí­midos e incrédulos y abominables y homicidas y fornicarios y hechiceros e idólatras, y todos los mentirosos, tendrán su parte en el lago encendido con fuego y azufre. Esta es la segunda muerte."

LA NUEVA JERUSALÉN

9 Y vino uno de los siete ángeles que tení­an las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo diciendo: "Ven acá, te mostraré la novia, la esposa del Cordero." 10 Y me llevó en espí­ritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa Jerusalén, que bajaba del cielo, desde Dios, 11 teniendo la gloria de Dios; su luminar era semejante a una piedra preciosí­sima, cual piedra de jaspe cristalina. 12 Tení­a muro grande y alto, y doce puertas, y a las puertas doce ángeles, y nombres escritos en ellas, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel: 13 tres puertas al oriente, tres puertas al septentrión, tres puertas al mediodí­a, tres puertas al occidente. 14 El muro de la ciudad tení­a doce fundamentos, y sobre ellos doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15 Y el que hablaba conmigo tení­a como medida una vara de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. 16 La ciudad se asienta en forma cuadrada, siendo su longitud igual a su anchura. Y midió la ciudad con la vara: doce mil estadios; la longitud y la anchura y la altura de ella son iguales. 17 Midió también su muro: ciento cuarenta y cuatro codos, medida de hombre, que es (también medida) de ángel. 18 El material de su muro es jaspe, y la ciudad es oro puro, semejante al cristal puro. 19 Los fundamentos del muro de la ciudad están adornados de toda suerte de piedras preciosas. El primer fundamento es jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; 20 el quinto, sardónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. 21 Y las doce puertas son doce perlas; cada una de las puertas es de una sola perla, y la plaza de la ciudad de oro puro, transparente como cristal. 22 No vi en ella templo, porque su templo es el Señor Dios Todopoderoso, así­ como el Cordero. 23 La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la alumbren, pues la gloria de Dios le dió su luz, y su lumbrera es el Cordero. 24 Las naciones andarán a la luz de ella, y los reyes de la tierra llevan a ella sus glorias. 25 Sus puertas nunca se cerrarán de dí­a -ya que noche allí­ no habrá- 26 y llevarán a ella las glorias y la honra de las naciones. 27 Y no entrará en ella cosa vil, ni quien obra abominación y mentira, sino solamente los que están escritos en el libro de vida del Cordero.


NOTAS Asociadas al Capí­tulo XXI

1. Habí­an pasado en 20, 11, sin duda junto con el mar, como aquí­ vemos. No se dice que esto sucediese mediante el fuego de 20, 9, sino que "huyeron" ante la faz de Dios (20, 11). También se habla de fuego en I Cor. 3, 13 y en II Pedro 3, 12 (cf. notas), pero rodeado de circunstancias que no es fácil combinar con las que aquí­ vemos. Por ello parece que hemos de ser muy parcos en imaginar soluciones, que pueden ser caprichosas, en estos misterios que ignoramos (cf. 20, 11 y nota). Aquí­, como observa Gelin, aparece a la vista de los elegidos "un cuadro nuevo y definitivo", por lo cual parecerí­a tratarse ya de lo que S. Pablo nos hace vislumbrar en I Cor. 15, 24 y 28. Cielo nuevo y tierra nueva se anuncian también en Is. 65, 17 ss. como en 66, 22 (cf. notas); pero allí­ aún se habla de algún muerto, y de edificar casas y de otros elementos que aquí­ no se conciben y que Fillion atribuye a "la edad de oro mesiánica" y Le Hir llama retorno a la inocencia primitiva (cf. Is. 11, 6 ss.; Ez. 34, 25; Zac. 14, 9 ss.; Mat. 19, 28; Hech. 3, 21; Rom. 8, 19 ss.; etc.).

2. Pirot observa que la Jerusalén de Ez. 40-48 era todaví­a terrestre, y añade que la de Is. 54, 11 ss. está descrita con un lirismo deslumbrante, pero no establece ni explica que haya diferencia entre ambas (cf. v. 22 y nota). La Jerusalén que aquí­ vemos desciende toda del cielo, como dice S. Agustí­n y es la antí­tesis de Babilonia la ramera (caps. 17- 18); la imagen es tomada de la Jerusalén terrenal, pero la idea es otra y no podemos confundirla con nada de lo que era la tierra, fuese o no transformada.

3. La morada de Dios entre los hombres: Algunos suponen a este respecto que la substancia de los elementos adquirirá nuevas cualidades convenientes y relativas a nuestros cuerpos inmortales. Otros observan que en esta consumación definitiva de los misterios de Dios seremos en realidad nosotros, y no las cosas eternas, los que nos transformaremos, como "nueva creación" (II Cor. 5, 17; Gál. 6, 15) y asumiremos como tales esa vida divina. Desde ahora la poseemos por la gracia, pero entonces la disfrutaremos plenamente con lo que se ha llamado el lumengloria. Porque esa vida eterna, sin fin, tampoco tuvo principio y nosotros fuimos, desde la eternidad, elegidos para poseerla gracias a Cristo (véase Ef. 1,1 ss y notas) y con Él y en Él como los sarmientos en la vid (Juan 15, 1 ss.), como los miembros en la cabeza (Col. 1, 19). ¿No es ésta la Jerusalén "nuestra madre" de que habla el Apóstol en Gál. 4, 26? ¿No es éste el Tabernáculo "que hizo Dios y no el hombre" (Hebr. 8, 2), "el mismo cielo" donde entró Jesús (Hebr. 9, 24), "la ciudad de fundamentos cuyo artí­fice y autor es Dios" a la cual aspiraba Abrahán (Hebr. 11, 10), "la ciudad del Dios vivo, Jerusalén celeste" a la cual convoca S. Pablo a todos los hebreos (Hebr. 12, 22)? Ella viene aún como novia, no obstante haberse anunciado desde 19, 6 ss. las Bodas del Cordero. ¿Encierra esto tal vez un nuevo misterio de unidad total, en que habrán de fundirse las bodas de Cristo con la Iglesia y las bodas de Yahvé con Israel? (Véase 19, 9 y nota). He aquí­ ciertamente el punto de más avanzado, donde se detiene toda investigación escatológica y que esconde la clave de los misterios quizá postapocalí­pticos del Cantar de los Cantares (véase nuestra introducción a ese Libro).

5. Yo hago todo nuevo: Ya habló de cielo nuevo y tierra nueva (v. 1) y de la Jerusalén celestial (v. 24). ¿Qué nueva novedad encierra todaví­a esta asombrosa declaración de Dios? Algunos la refieren a lo precedente, como si fuera una redundancia. Parece sin embargo que en estos capí­tulos finales el Padre acumula uno sobre otro los prodigios de su esplendidez hasta más allá de cuanto pudiera fantasear el hombre. Crampon lo considera simplemente como una nueva creación, algo que no está ya expuesto a un "fracaso" como el de Adán, y comenta: "Es una renovación de este mundo donde vivió la humanidad caí­da, el cual desembarazado al fin de toda mancha, será restablecido por Dios en un estado igual y aún superior a aquel en que fuera creado; renovación que la Escritura llama en otros lugares palingenesí­a, o sea regeneración (Mat. 19, 28) y apocatástasis pántoon, esto es, la restitución de todas las cosas en su estado primitivo (Hech. 3, 21)." Bien puede ser sin embargo que Dios, vaya más lejos en ese empeño que el hombre no puede sino adorar sin comprenderlo ya, a causa de la estrechez de nuestra mente y la mezquindad de nuestro corazón. Traigamos a la memoria las palabras de Dios en Isaí­as: "Mira ejecutado todo lo que oí­ste... Hasta ahora te he revelado cosas nuevas, y tengo reservadas otras que tú no sabes" (Is. 48, 6; cf. Is. 42, 9; 43, 19). Aquí­ es tal vez el caso de "volvernos locos para con Dios" según la expresión de S. Pablo (II Cor. 5, 13) y admitir, como un kaleidoscopio sub specie aetermitatis,un fluir de la creación eternamente renovado para nuestro éxtasis, un fluir inexhausto de "la sabidurí­a infinitamente variada de Dios" (Ef. 3, 10) y de su amor en Cristo "que sobrepuja a todo conocimiento", para que seamos "total y permanentemente colmados de Dios, a quien sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de la edad de las edades, amén" (Ef. 3, 19-21).

6. El agua de la vida. Sobre esta imagen, que significa la inmortalidad, véase 7, 17; 22, 1; Is. 4, 1; Ez. 47, 1-12; Juan 4, 10 y nota.

7. El mismo trato de hijo que tiene Jesús a la diestra del Padre, tal es lo que se nos ofrece para siempre (cf. v. 23 y nota) y lo que desde ahora podemos vivir en espí­ritu (Gál. 4, 6; Ef. 1, 5 y notas). Cumplida totalmente la adopción (Rom. 8, 23) oiremos del Padre lo mismo que Jesús oyó en S. 2, 7. ¿Qué somos pues nosotros en  la vida de Dios? Lo que un niñito pequeño e insignificante es para su padre: nada, en cuanto es incapaz de prestarle el menor servicio; todo, en cuanto es el objeto de todos los desvelos y de los más bellos planes de su padre, que han de cumplirse en él (Rom. 8, 17; Gál. 4, 7).

8. En contraste diametral con lo del v. 7, y ya sin ningún término medio, muestra este v. la segunda muerte, o sea, el lago de fuego y azufre, el mismo infernal destino que la Bestia y el Falso Profeta inauguraron según 19, 20 y adonde Satanás acaba de ser arrojado (20, 9, s.). Cf. 21, 6. Llama la atención ver allí­ a los tí­midos. Ni es esto lo que Israel llamaba santo temor de Dios (la reverencia con que lo honrramos). ni tampoco es lo que el mundo suele llamar cobardí­a, en los que no hacen alarde de arrojo y estoí­cismo, pues la suavidad de las virtudes evangélicas no lleva por ese rumbo sino por el de la pequeñez infantil (Mat. 5, 3; 18, 3; S. 68, 15 y 21 y notas). Los tí­midos que no llegarán a este cielo maravilloso son los que fluctúan entre Cristo y el mundo (Mat. 6, 24 y nota); los que se escandalizan de las paradojas de Jesús (Mat. 11, 6; Luc. 7, 23 y notas); los de ánimo doble, que dan a Dios todo, menos el corazón, lo único que a Él le interesa, y no se deciden a pedirle la sabidurí­a que Él ofrece porque temen que el divino Padre les juegue una mala partida (Sant. 1, 5-8 y notas); los que se dejan llevar "a todo viento de doctrina" (Ef. 4, 14; I Cor 12, 2; Mat. 7, 15) y, por falta de amor a la verdad, concluyen siempre seducidos por la operación del error para perderse (II Tes. 2, 10 y nota).

9. El mismo ángel que antes le presentó a la ramera (17, 3) le muestra ahora a la novia. Cf. IV Esdr. 10, 25 ss.

10. A un monte grande y alto: cf. Ez. 40, 2; Is. 2, 2.

11. Cf. Tob. 13, 21-22; Is. 54, 11-12 y notas. Su luminar es Cristo (v. 23 s.).

12. El muro (cf. v. 17 s.) no existí­a en la de Zac. 2, 4. En ésta sólo es un atributo de su belleza pues ya no teme ataques como en 20, 9. Nótese el simbolismo invertido de las doce puertas y doce cimientos: aquéllas (lógicamente posteriores al cimiento) con los nombres de las doce tribus de Israel (cf. v. 21) y éstos (v. 14) con los de los doce apóstoles. ¿No significa esto la unión definitiva entre los dos Testamentos en el Reino del Padre? Cf. v. 2; 12, 1 y notas.

16. Cuadrada: (cf. Ez. 43, 16; 48, 15 ss.). Doce mil estadios: o sea 2.220 kilómetros (cf. 14, 20). Como se ve, esta cifra parecerí­a simbólica a causa de la magnitud e igualdad de las dimensiones, lo cual significa perfección. No se puede, empero, asegurarlo, pues para Dios nada es imposible. En Ez. 48, 16 la ciudad es cuadrada, de 4.500 "cañas" de lado "Interpretar en sentido figurado lo que podemos interpretar en sentido propio, es digno de los incrédulos o de los que buscan rodeos a la fe" (Maldonado). "La ciudad formaba un cubo perfecto, dice Fillion, como el Santo de los santos en el tabernáculo de Moisés y en el Templo; lo cual quiere expresar que la nueva Jerusalén toda será el sitio de la manifestación directa y muy í­ntima del Señor."

17. Es que el ángel se apareció en forma humana.

18. Los preciosos metales y gemas pueden ser figuras materiales de aquella belleza inefable (II Cor. 12, 4) que "ni ojo vió ni oí­do oyó, ni pasó a hombre alguno por pensamiento" (Is. 64, 4; I Cor. 2, 9). Mas no lo sabemos, y por tanto no hemos de empeñarnos en negar de antemano todo sentido real y perceptible a estos esplendores, prometidos aquí­ por el mismo Dios que nos enseña la vanidad del mundo presente. Bien podrí­a el Enemigo, so pretexto de espiritualidad, quitarnos así­ el ansia de tener "un tesoro en el cielo", sabiendo él que "donde está nuestro tesoro está nuestro corazón" (Luc. 12, 33-34) ¿Acaso la belleza visible habrí­a de quedar sólo para los pecadores de este mundo? ¿Por qué, dice un autor, no cabrí­a una perfección en el orden de la materia restaurada, pues que hemos de resucitar con nuestro cuerpo? El Dios de los crepúsculos, de las flores, de los lagos es quien nos hace estas promesas. Si no le creemos a Él, dice S. Ambrosio, ¿a quién le creeremos? Si alegorizamos todo, nos quedaremos sin entender nada. Hoy podrí­amos agregar que si las vidrieras de una catedral gótica, por ejemplo, deslumbran nuestra sensibilidad aún carnal, con una belleza de color que nos parece casi sobrehumana ¿porqué no habrí­amos de creer simplemente a Dios cuando nos promete toda esta pedrerí­a como un marco digno de la patria divina, sin perjuicio del amor puro pues ya no la miraremos con afectos carnales? Véase v. 23; 22, 4 y notas.

19. Zafiro: cf. Is. 54, 11.

20. Sardónice: "un sardio mezclado con ónice. El sardio es amarillento o rojizo; cuando es veteado con vetas regulares, se llama sardónice porque el ónice tiene vetas irregulares" (Jí¼nemann).

21. Perlas: en Is. 54, 12 las puertas son carbunclos (Vulg: "piedras deseables").

22. No habrá templo en ella. Cf. Ez. 44, 2 y nota sobre las diferencias con la que allí­ se describe. Sin duda la ciudad misma será toda un santuario, y los comentadores exponen que en la Jerusalén celestial no habrá altar ni sacrificios como en Ez. 43, 13 ss.; S. 50, 20 s. (cf. notas), suponiendo que al renovarse todo (v. 5) habrán pasado los tiempos de la intercesión en el Santuario celestial (cf. Hebr. 7, 24 s.). Dios y el Cordero serán el divino templo de la continua alabanza, así­ como serán también la recompensa de la esperanza (22, 2 y nota; cf. Hebr. 10, 19). Es muy hermoso ver aquí­ a Jesús con igual gloria y honor que "su Dios y Padre", ante quien se postraba con profunda adoración y a quien ya habrá entregado el Reino para quedarle Él mismo sujeto por siempre "a fin de que el Padre sea todo en todo" (I Cor. 15, 24 y 28). Cf. Ez. 48, 35.

23. Cf. Is. 60, 19 s. Al admirar, con el alma colmada de gratitud, esos esplendores, no olvidemos que todo viene de que el Cordero será el luminar, y que sin Él nada podrí­a ser apetecible (cf. S. 15, 2 texto hebreo). La novia (v. 1) no desdeña el palacio que le brindará el Prí­ncipe, pero es a él a quien desea. Recordemos también que Jesús, esa lumbrera de los cielos, nos ilumina ya desde ahora si nos dejamos guiar por su Palabra (Luc. 11, 36: Juan 9, 5; II Tim. 1, 10; S. 118, 105 y nota). El misterio del Hijo como antorcha de la claridad del padre -luz de luz dice el Credo- es el que nos anticipa el S. 35, 10 al decir a Dios: "En tu luz veremos la luz". A este respecto algunos autores, desde la época patrí­stica, han distinguido entre los justos varias esferas de bendición. Parece fundado pensar que, siendo el Cordero la lumbrera de la Jerusalén celestial, los que le están más í­ntimamente unidos y viven aquí­ de la vida de Él con fe, amor y esperanza, estarán incorporados a Él compartiendo su suerte (cf. v. 7; Juan 14, 3; 17, 22-24) en lo más alto de los cielos (Ef. 1, 20; 2, 6), es decir, formando parte de ese luminar... Hic taceat omnis lingua. Cf. 22, 4 y nota.

24. La expresión usada aquí­ por el Apóstol recuerda el vaticinio de Isaí­as (Is. 60, 3). Cf. Zac. 2, 11; 8, 23. Gelin hace notar que aún se mantiene aquí­ esa diferencia entre israelitas y naciones de la gentilidad. Dato ciertamente digno de atención y estudio; pero no nos apresuremos a juzgar sobre él ni a criticar audazmente el divino Libro, y menos aún en materia como la escatológica en que bien puede decirse que estamos en pañales. Nuestro empeño ha de ser, cuando no vemos soluciones ni las han visto otros, confesarlo para suscitar en el lector el anhelo ardiente de ahondar cuanto pueda la investigación hasta que Dios quiera entregarnos la llave de los misterios adorables que envuelven lo que tan de cerca interesa a nuestra eterna felicidad. Sobre los reyes, cf. también 20, 4.

25 ss. Cf. Is. 60, 11; 35, 8; 52 1. Véase en Ez. 44, 2 y 48, 35 y notas otros paralelismos y diferencias entre esta Jerusalén celestial y la Jerusalén anunciada por los antiguos  profetas.




CAPÍTULO XXII

EL RÍO Y EL ÁRBOL DE LA VIDA

1 Y me mostró un rí­o de agua de vida, claro como cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero. 2 En medio de su plaza, y a ambos lados del rí­o hay árboles de vida, que dan doce cosechas, produciendo su fruto cada mes; y las hojas de los árboles sirven para sanidad de las naciones. 3 Ya no habrá maldición ninguna. El trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos lo adorarán, 4 y verán su rostro: y el Nombre de Él estará en sus frentes. 5 Y no habrá más noche; ni necesitan luz de lámpara, ni luz de sol, porque el Señor Dios lucirá sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos.

CONFIRMACIÓN DE LAS PROFECÍAS DE ESTE LIBRO

6 Y me dijo: "Estas palabras son seguras y fieles; y el Señor, el Dios de los espí­ritus de los profetas, ha enviado su ángel para mostrar a sus siervos las cosas que han de verificarse en breve. 7 Y mirad que vengo pronto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecí­a de este libro." 8 Yo, Juan, soy el que he oí­do y visto estas cosas. Y cuando las oí­ y ví­, me postré ante los pies del ángel que me las mostraba, para adorarlo. 9 Mas él me dijo: "Guárdate de hacerlo, porque yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. A Dios adora."

EL TIEMPO ESTÁ CERCA

10 Y dí­jome: "No selles las palabras de la profecí­a de este libro, pues el tiempo está cerca. 11 El inicuo siga en si iniquidad, y el sucio ensúciese más; el justo obre más justicia, y el santo santifí­quese más. 12 He aquí­ que vengo presto, y mi galardón viene conmigo para recompensar a cada uno según su obra. 13 Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin. 14 Dichosos los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y a entrar en la ciudad por las puertas. 15 ¡Fuera los perros, los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y obra mentira! 16 Yo Jesús envié a mi ángel a daros testimonio de estas cosas sobre las Iglesias. Yo soy la raí­z y el linaje de David, la estrella esplendorosa y matutina." 17 Y el Espí­ritu y la novia dicen: "Ven." Diga también quien escucha: "Ven". Y el que tenga sed venga; y el que quiera, tome gratis del agua de la vida.


EPÍLOGO

18 Yo advierto a todo el que oye las palabras de la profecí­a de este libro: Si alguien añade a estas cosas, le añadirá Dios las plagas escritas en este libro; 19 y si alguien quita de las palabras del libro de esta profecí­a, le quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, que están descritos en este libro. 20 El que da testimonio de esto dice: "Sí­, vengo pronto." ¡Así­ sea: ven, Señor Jesús! 21 La gracia del Señor Jesús sea con todos los santos. Amén.

NOTAS Asociadas al Capí­tulo XXII

1. El agua que fluye es el sí­mbolo de la vida inmortal perpetuamente renovada (cf. 21, 5 y nota). S. Juan recuerda aquí­ a Ez. 47, 1-12 (cf. S. 45, 5; Is. 66, 12; Zac. 14, 8). Así­ fluí­an también los cuatro rí­os del Paraí­so (Gén. 2, 10 ss.). Los SS. PP. entienden este rí­o de muy distintas maneras. Algunos, del mismo Jesucristo; S. Ambrosio, del Espí­ritu Santo. Benedicto XV, citando a S. Jerónimo, dice: "No hay más que un rí­o que mana de bajo el trono de Dios y es la gracia del Espí­ritu Santo, y esta gracia está encerrada en las Sagradas Escrituras, en ese rí­o de las Escrituras. Y éste corre entre dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en cada orilla se encuentra plantado un árbol, que es Cristo" (Enc. "Spiritus paraclitus"). ¿Acaso no son éstas, en el desierto de este siglo (Gál. 1, 4), el "agua viva" que da Jesús (Juan 3, 5; 4, 10; 7, 37 ss.), de la cual sale vida eterna (Juan 4, 14; 17, 3)? En el v. 17 nos la ofrece gratis desde ahora, como lo habí­a hecho Is. 55, 1-11.

2. En el nuevo Paraí­so no habrá ya árbol prohibido y sí­ multitud de árboles de vida. El griego no usa el término dendron =árbol, sino xylon, literalmente leño, que puede traducirse también bosque Véase 2, 7; Gén. 2, 9 ss. Su fruto cada mes: Estos frutos, de árboles plantados por el mismo Dios (cf. Is. 60, 21) ¿no serán los que el Esposo y la esposa van a recoger después de la unión definitiva en Cant. 7, 10-13? Hay que confesar que la mayorí­a de los enrolados como cristianos están harto lejos de preguntarse estas cosas que tanto les interesan, y menos con la idea que muchos se hacen del cielo con las almas solas. Olvidando el gran hecho de la resurrección de los cuerpos (cf. I Cor. 15; Rom. 8, 23; Filip. 3, 20 s.).

4. Y verán su rostro: en una visión fruitiva (véase Juan 17, 24 y nota; I Juan 3, 2). Imaginando las maravillas de esta Jerusalén de gloria que Dios prepara a los suyos, dice Bossuet: "Si en el cielo se terminan todos los designios de Dios (qué obra no será ésa cuyo creación todo el universo no ha servido sino de preparación, que Dios tuvo en mira en todo cuanto hizo, que ha sido el blanco de todos los deseos divinos y concluí­da la cual Dios quiere descansar por toda la eternidad?" (Cf. 21, 18 y nota). Pero en vano querrí­amos suponer cosas deleitosas más allá de Dios mismo, más allá del goce y la posesión í­ntima de la divinidad (Juan 17, 22 s.), incorporados al padre en Cristo mediante la filiación divina operada en nosotros por el Espí­ritu Santo (cf. 21, 7 y nota). En la introducción al Libro de la Sabidurí­a mostramos esa sí­ntesis de conocimiento y amor, semejante a la de la luz y el calor en un rayo de sol.  Pero aquí­ estaremos ya como fundidos y transformados en el mismo Sol divino (cf. Cant. 2, 6 y nota). Así­, pues, en el v. 12 nos dice Jesús que su galardón viene con Él mismo, y Dios lo anunciaba desde el Antiguo Testamento diciendo a Abrahán: "Soy Yo tu inmensa recompensa" (Gen. 15, 1). Cf. 21, 23 y nota.

5. Lucirá sobre ellos; cf. 21, 24. Reinarán por los siglos de los siglos: Con este anuncio definitivo termina aquí­ la fase final de la profecí­a. Cf. 20, 4 y 6; Is. 60, 20. Lo que sigue es un epí­logo para confirmar su extraordinaria importancia y volver el ánimo del lector a la expectación de la Parusí­a de Cristo, acto inicial de este último proceso revelado a S. Juan.

7. No se trata aquí­ de mandamientos que cumplir, sino de palabras que retener y para ello hay que conocerlas muy bien. Cf. 1, 3 y nota.

10. No selles: no cierres, no ocultes, porque el tiempo está cerca y la venida de Cristo será cuando menos se la espera (16, 15 y nota). Sobre el valor espiritual de esta actitud expectante, cf. Sant. 5, 7 ss.; I Juan 3, 3 y notas. Nótese el contraste con lo que se le dice a Daniel cuando estos misterios estaban aún muy lejanos (Dan. 12, 4). Ello confirma que en la Revelación divina no hay nada esotérico ni reservado a una casta especial, nada incomprensible para los espí­ritus simples (Luc. 10, 21), sea en doctrina o en profecí­a. "Lo que os digo al oí­do, predicadlo sobre los techos", dijo el Señor en las instrucciones a los apóstoles (Mat. 10, 27); y al Pontí­fice que lo interroga sobre su doctrina, le responde: "Yo he hablado al mundo abiertamente. Interroga tú a los que me han oí­do, ellos saben lo que Yo he dicho" (Juan 18, 20). Recordemos que al iniciarse el cristianismo, en el instante de la muerte del Redentor, el velo del Templo, que representaba su carne (Hebr. 10, 20), se rompió de alto a bajo (Marc. 15, 38), mostrando el libre acceso al Santuario celestial, que S. Pablo llama "el trono de la gracia" (Hebr. 4, 14-16). Lo mismo se nos enseña aquí­ con respecto a la profecí­a. "Preguntadme acerca de las cosas venideras", dice el Señor (Is. 45, 11). "Yo no he hablado en oculto... ni dije buscadme en vano... Yo hablo cosas rectas" (Is. 45, 19); "desde el principio jamás hablé a escondidas" (Is. 48, 16). Es de notar que las célebres palabras de la Vulgata: "Tú eres un Dios escondido" están en el citado capí­tulo (Is. 45, 15), puestas en boca de los extranjeros paganos y desmentidas por las que hemos transcripto. Por lo demás, otra versión según el hebreo dice: "Tú eres Dios y yo no lo sabí­a." Es muy interesante observar en el mismo Isaí­as cómo Dios sólo esconde su rostro cuando está indignado (Is. 8, 17; 54, 8; 57, 17; 64, 7). Y lo explica el profeta diciendo: "Vuestros pecados son los que han escondido su rostro de vosotros" (Is. 59, 2); "porque la sabidurí­a no entrará en alma maligna" (Sab. 1, 4). Es la bienaventuranza de los limpios de corazón, que "verán a Dios" (Mat. 5, 8 y nota). Así­ lo entiende también S. Agustí­n en la doctrina de la "mensmundata". Y se aplica una vez más la fórmula del Crisóstomo: "El que no entiende es porque no ama". Véase 1, 3; 2, 24 y notas. Cf. 10, 4.

11. Pirot trae esta notable observación de Andrés de Creta. "Es como si Cristo dijera: que cada uno obre a su guisa: Yo no fuerzo las voluntades" (cf. Cant. 3, 5 y nota). Buzy traduce la primera parte en futuro: el impí­o seguirá adelante; siga también el justo. Es decir, que "la sorpresa de la parusí­a o el Retorno será tal que cada uno será hallado en su habitual estado: el pecador en su pecado; el justo en su justicia" (Calmes).

12. Vengo presto. cf. v. 2 y nota sobre el premio que aquí­ se promete. Cuatro veces repite Cristo, en este capí­tulo final de toda la Biblia, el anuncio de su Venida (vv. 7, 10, 12 y 20), porque ella es la meta y el cumplimiento del plan de Dios y por lo tanto de la historia del género humano, o sea, como dice el Cardenal Billot, "el acontecimiento supremo al cual se refiere todo lo demás y sin el cual todo lo demás se derrumba y desaparece". Como observa un escritor moderno, vengo presto no se refiere necesariamente a un tiempo inmediato, sino que significa que Él viene con diligencia, que viene a su tiempo, como lo hizo la primera vez (Gál. 4, 4). Es decir, que para ese encuentro anhelado Él está pronto siempre (Cant. 7, 10) y así­ hemos de estar nosotros (v. 17). Ignoramos el dí­a fijo (Hech. 1, 7) pero conocemos las señales próximas del dí­a (Mat. 24, 33; Luc. 21, 28; cf. IV Esdr. 5, 1 s.), y aún podemos apresurarlo (II Pedro 3, 12). Y aquí­ se aumenta nuestro consuelo al saber que vendrá sin demora no bien suene el instante (II Pedro 3, 9). En cuanto a nosotros, esta espera, como bien dice un predicador, comporta la esperanza de que Él llegue en nuestros dí­as, pues su anuncio, repetido por S. Juan mucho después de la caí­da de Jerusalén, ya no podrí­a confundirse con aquel acontecimiento. Si se nos dice que vivamos esperando a Jesús y que "el tiempo está cerca" (v. 10), ello significa la posibilidad de que Él llegue en cualquier momento, sin que nada pueda oponerse a la dichosa esperanza (Tito 2, 13), pues vendrá "como un ladrón". (16, 15), esto es aunque muchos piensen que aun no se han cumplido los signos precursores. Mi galardón: porque éste es Él mismo (cf. v. 4 y nota). No obstante que la Redención fué obtenida por la divina Ví­ctima en el Calvario (Col. 2, 14; Hebr. 9, 11), tanto el Señor como los apóstoles insisten en que ella será manifestada cuando Él venga (Luc. 21, 27; Hech. 3, 20 s.; Rom. 8, 23; Ef. 1, 10; Filip. 3, 20 s.; Col. 3, 3s. Hebr. 9, 28; I Pedro 5, 4; II Pedro 2, 19; 3, 13; I Juan 3, 2 s., etc.).

13. Aplicados indistintamente al Padre y a Cristo, como observa Gelin (1, 8 y 17; 2, 8; 21, 6; Is. 41, 4; 44, 6; 42, 12), estos tí­tulos muestran en Ambos, tanto la potestad creadora como la judicial. Cf. 20, 11 y nota.

14. Vestiduras, literalmente estola. El mismo Jesús es la Puerta (Juan 10, 9), pues sin su Redención nadie entra en la Jerusalén celestial (21, 10). Cf. 21, 27; Hebr. 9, 14; Juan 14, 6. La Vulgata añade aquí­, como en 1, 5 y 7, 14 en la Sangre del Cordero.

15. En esta lista, como en 21, 8, se pone el acento más aún que en los pecados, en la doblez e infidelidad, pues los celos del Amor ofendido son "duros como el infierno" (Cant. 8, 6). De ahí­ que los perros, más que a los sodomitas como en Deut. 23, 18, designan aquí­ a los de Filip. 3, 2, que en Gál. 2, 4 se llaman "falsos hermanos" (cf. II Tim. 3, 5). El Señor lo usa para los paganos en Mat. 15, 22, queriendo solamente probar la fe de la cananea. Más fuerte es el sentido que le da en Mat. 7, 6 aplicándolo a los que serí­a inútil evangelizar, pues rechazando la palabra de amor de Dios (Juan 12, 48) se excluyen de la sangre salvadora del Cordero (v. 14) y bien merecen el nombre de perros.

16. Las iglesias: cf.1, 1; 2, 28 y nota. La raí­z etc. cf. 5, 5. La estrella... matutina: "Precursora del Dí­a eterno" (Jí¼nemann).

17. El espí­ritu y la novia dicen: Ven: "Ven, Señor Jesús" es el suspiro con que termina toda la Biblia (v. 20) y con ella toda la Revelación divina; es el mismo con que empieza y acaba el Cantar de los Cantares (cf. Cant. 1, 1; 8, 14 y notas). El mismo suspiro de Israel para llamar al Mesí­as, es el que hoy, con mayor motivo después de haberlo conocido en su primera venida, emite la Iglesia ansiosa de las Bodas (19, 6 ss.). Aquí­ vemos que ese suspiro es igualmente el de cada alma creyente, que también es novia (II Cor. 11, 2). Diga también quien escucha: Ven. El vehemente pedido de que Él venga sin demora, nos parecerí­a tal vez una insistencia egoí­sta y atrevida, como que pretendiera enseñarle a Él cuando ha de venir (cf. v. 12 y nota). Bien vemos aquí­, sin embargo, que es Él quien nos enseña que así­ lo llamemos (cf. II Pedro 3, 12). Fácil es entender esto comparándolo con el caso de cualquier esposo a quien la esposa ausente llamase con ansias, porque él lo es todo en su vida. ¿Cómo no habrí­a de complacerlo a él tal deseo de verlo, que es la mejor prueba del amor? Así­ la Esperanza es la mejor prueba de la Caridad. Pero la amada no lo fuerza, porque sabe que sólo algo muy importante puede detenerlo a que demore la unión (cf. 6, 10 s.; II Tes. 2, 3 ss.; Luc. 21, 24; Rom 11, 25 ss.; II Pedro 3, 9): debe antes completarse el número de los elegidos, y la novia ha de estar vestida de blanco (9, 7 s.), sin mancha ni arruga alguna, como Él la quiere (Ef. 5, 25 ss.; cf. Cant. 4, 7 y nota; Os. 2, 19 s.; 3, 3-5). En esto se vive, pues, muy intensamente el precepto de la caridad fraterna, al compartir la longanimidad de Dios (Rom. 3, 26); y también el misterio de la comunión de los Santos, al solidarizar nuestra esperanza con la de toda la Iglesia (como lo hací­a todo buen israelita, cuya esperanza mesiánica se confundí­a con la de todo Israel) y al aceptar de buen grado que esa plenitud de felicidad, que esperamos junto con la glorificación del Amado, esté sometida, por obra de su insondable caridad divina, a esa gran paciencia con que sólo Él sabe esperar a los pecadores durante el justo tiempo hasta completar el ramillete que ha de ofrecer un dí­a "a su Dios y Padre" (I Cor. 15, 24, Juan 17, 2 y nota). Sobre el agua de la vida véase v. 1; 21, 6 y notas. El tener sed es la condición para recibirla (cf. S. 32, 22; 80, 11; Is. 55, 1; Luc. 1, 53 y notas).

16. Cf. 5, 5; 2, 28 y notas.

18 s. Véase sobre esto los graves textos de Deut. 4, 2; 12, 32; Prov. 30, 6; Is. 1, 7. Sobre el que añade cf. Deut. 18, 20; Jer. 14, 14. Sobre el que quita (v. 19) cf. 13, 18 y nota. Ser excluido del Libro de la vida significa el lago de fuego (20, 15), o sea el infierno eterno (20, 9 s.). Como confirmando la maldición que caerá sobre los que falsifican las palabras de este Libro, leemos en el v. 7 la bendición de que gozarán quienes guarden esta divina profecí­a. Véase en 1, 3 y nota la sanción bajo la cual el Concilio IV de Toledo decretó la predicación anual del Sagrado Libro del Apocalipsis.

20. ¡Ven, Señor Jesús! Véase v. 17 y nota. El Espí­ritu Santo nos enseña aquí­ a usar con nuestro Salvador esa hermosa y breve expresión: el Señor Jesús, que tanto usaba San Pablo y que está muy olvidada entre nosotros. Sobre este gran misterio de la Parusí­a como asunto de predicación y objeto de nuestro constante anhelo, dice el Catecismo Romano: "Esta segunda venida se llama en las Santas Escrituras dí­a del Señor, del cual el Apóstol habla así­: "El dí­a del Señor vendrá como el ladrón por la noche" (I Tes. 5, 2) - es decir que dicho texto no se refiere a la muerte, como muchos creen - y agrega: "Toda la Sagrada Escritura está llena de testimonios (y el comentario cita muchos, como I Rey, 2, 10; S. 95, 13; 97, 8; Is. 66, 15 s.; Joel 2, 1; Mal. 4, 1; Luc. 17, 24; Hech. 1, 11; Rom. 2, 16; II Tes. 1, 6 ss.; etc.), que a cada paso se ofrecerá a los Párrocos, no solamente para confirmar esta venida, sino aún también para ponerla bien patente a la consideración de los fieles; para que, así­ como aquel dí­a del Señor en que tomó carne humana, fué muy deseado de todos los justos de la Ley antigua desde el principio del mundo, porque en aquel misterio tení­an puesta toda la esperanza de su libertad, así­ también después de la muerte del Hijo de Dios y de su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con vehementí­smo anhelo el otro dí­a del Señor esperando el premio eterno y la gloriosa venida del gran Dios". El dí­a y la hora nadie lo sabe (Mat. 24, 36), pero "el tiempo está cerca" (1, 3; Fil. 4, 5). Un dí­a veremos realizarse el anuncio (1, 7), y el Señor Jesús reinará el anuncio (1, 7), y el Señor Jesús reinará con los santos del Altí­simo (Dan. 7, 22), y su reino no tendrá fin (S. 2, 8 s. y nota). Esta es la insuperable felicidad a que aspiramos y que esperamos y que muy especialmente deseamos a todos los lectores de la Sagrada Biblia, al despedirnos aquí­ de ellos (hasta la próxima lectura, porque la primera es apenas para empezar) y decirles, como Bossuet, que Dios les haga la gracia de repetir de veras este último llamado en el silencio gozoso de su corazón.


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(1) Breve Biografí­a de Mons. Juan Straubinger


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Publicado en nuestro Dominio el 25 de Marzo de 2013 - Fiesta de La Anunciación

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